Copa del Mundo 2002 

Al norte del sur también se juega

Leticia Martínez Chirinos (*)

Colas, bocinas, banderas en los carros... ¿qué pasa?
“Braaasil, Braaasil, Braaasil...” coreaban, ya roncas, las caravanas de hinchas, no por las calles de Sao Paulo, ni de Río de Janeiro, sino por las calles de las metrópolis venezolanas.

Brasil no había ganado todavía la copa, y la gente sentada en las heladerías de Maracaibo se reía al ver pasar a jovencitos gritando como locos desde sus carros a la hora en que Brasil no jugaba ningún partido, semanas antes de la final.

El espectáculo era digno de aparecer en los programas de People and Arts, pues eriza la piel el ver a la gente de un país en plena crisis política y económica volcarse de esa forma a apoyar con gritos y banderas a una selección de fútbol que no es la nacional.
Venezuela, país de ínfima tradición futbolística, se desvive en pasiones cuando un Mundial se desarrolla a miles de kilómetros y de diferencia horaria.

El sueño de nuestra selección, la cenicienta del fútbol mundial, es llegar algún día a pisar la grama y pelearse un balón de tú a tú con los mejores equipos del mundo, ésos de los que los jóvenes venezolanos llevan camisetas y cortes de pelo.

El Mundial de Japón y Corea de este año estuvo adornado en Venezuela con la esperanza de las selecciones de Argentina, Brasil, México, Ecuador, Costa Rica, Uruguay, Paraguay. El gusto y admiración por las selecciones de España e Italia nunca faltan, motivados por la innumerable cantidad de descendientes venezolanos de estas fuertes colonias y potencias futbolísticas.

A horarios madrugadores, miles de venezolanos gozaban de los partidos, cerveza en mano, en sus casas y en bares, que aquí llamamos cafés, disfrazados de Ronaldos, Batistutas o Raúles. No faltaba algún que otro perdido Zidane.

Y si de contrastes hablamos en este país de costas caribes, creo que Venezuela fue el único en el mundo donde se organizó un estriptís femenino cuando Brasil ganó la codiciada copa a los alemanes: en Maracaibo, una docena de chicas desnudaron su pecho (y algunas, y algo más) cuando una emisora de radio regalaba teléfonos móviles a las capaces de semejante proeza en un país donde impera la censura televisiva para los desnudos. ¿Increíble, no?

Pero hay más...

En Venezuela nunca hubo derechos de transmisión del Mundial hasta este año. En el Mundial de Francia 98, así como en los mundiales anteriores, encender la televisión significaba luchar contra una cadena futbolística, pues todos los canales transmitían el mismo partido. Y todos ellos con corresponsales y equipos de transmisión desde el campo de juego. Este año, la continental Direc TV obtuvo los derechos de transmisión, que dieron el lujo a todos los venezolanos de gozar de todos los partidos en transmisión abierta por Venevisón, delicia imposible para muchos europeos, por ejemplo, quienes debían abonarse a canales de satélite si no querían sufrir buscando un bar donde ver los partidos. Y la narración de nuestros comentaristas está cargada de poesía pura, de metáforas y datos históricos, donde el espectador puede saber hasta qué hacía la abuelita de Chilavert para ganarse la vida.

Hasta el año pasado, la hstoria de la narración del deporte rey estuvo encargada a la garganta del gran Lázaro "Papaíto" Candal, un inmigrante gellego que jugó fútbol en su España natal y que la buena suerte hizo que anclara en este país para quedarse para siempre. En sus años de comentarista en Radio Caracas Televisión supo ganarse el respeto y el cariño de los venezolanos por su particular acento y maneras de narrar las emociones del deporte. Candal se jubiló del Mundial y apenas pudimos escucharlo comentar algunos partidos por el canal deportivo Meridiano.

Y entonces nos preguntamos cómo es que si gusta tanto el fútbol por estos lares, nuestra selección sigue siendo la única de Sudamérica que continúa sin jugarse la camiseta en un Mundial: ¿cero apoyo monetario al fútbol, malos técnicos, poco apoyo de la fanaticada...?
Sigue siendo una incógnita, pero lo cierto es que la pasión que despierta en toda la población este deporte de masas es desproporcionado si consideramos el seguimiento del béisbol, el deporte nacional, y las victorias conseguidas en el campo triangular.

Y es tanta la diferencia que observé que no pude menos que comentarla con mis amigos de los dos continentes: la mitad del Mundial la vi en Madrid, y la otra mitad la “viví” en Maracaibo.
Y es que la pasión no es la misma ni queriendo. Y no deseo pecar de “comparona”, porque lógicamente hay que comparar... pero, disfruto más un Mundial en Venezuela que en España, mi patria segunda y de adopción (y hasta “madre” patria, como solemos decirle los hispanoamericanos, todavía, como nos enseñaron en la escuela primaria).

Conversando con decenas de amigos, entre ellos, Jesús (español), Giovanna (italiana), Leandro (argentino), Jorge (mexicano), Heberto (venezolano), John (colombiano), Cecilia (chilena), y otro montón de amigos venezolanos y españoles, nos asombraba el hecho de no ver ni una sola bandera española ondeando de alegría por los triunfos del equipo de Camacho, así como veíamos por la tele a los argentinos y brasileños volcados en un asunto de vida o muerte cuando su uniforme se batía en duelo con otro. Estaba en juego para ellos la dignidad de su pueblo, su honor de nación.

Cuestiones históricas relacionadas con sus colores nacionales, sea cual sea la razón para la ausencia de un sentimiento nacional, ningún venezolano imaginaría que puede ser igual o más fanático loco que un madrileño o castellano celebrando los goles de su escuadra. Y eso es fácil de percibir en Venezuela. Da risa, pero siete de cada diez carros (coches) llevaban o ilustraban banderitas verdes, rojiamarillas, albicelestes, alemanas, “azzurras”, francesas y portuguesas.

Aquí, al norte del Sur, estamos acostumbrados a celebrar los triunfos de los demás en el fútbol, y siempre se ha sentido especial simpatía por el uniforme azul y amarillo: su juego, sus estrellas, la samba, ese sabor a fiesta que despide el juego brasileño. No sabemos por qué. Será que jugamos a ganador o... quién sabe. 
El dolor del despertar del sueño español, la sucia jugada a los italianos, la trampa a los ratones verdes mexicanos, la mala suerte de argentinos y uruguayos, el imposible de los paraguayos, y el inasible sueño para Costa Rica y Ecuador inyectaron de energía a los seguidores venezolanos a rezar por el milagro sambero.

El hecho es que este Mundial ha impulsado un fuerte sentimiento por la apuesta al balompié nacional. Nunca como antes se había invertido tanto en publicidad y tengo amigos que, como yo, hemos llorado viendo las cuñas televisivas, donde jóvenes y ancianos pasan del aburrimiento de las derrotas de la camiseta vino tinto a la celebración de los próximos triunfos. La pegajosa canción de Diego Torres decoró la cuña, y el “color esperanza” de Venezuela no será el verde de siempre, pues todos esperamos que sea del color de la uva.

Un justo torneo de eliminatoria continental donde nos midamos también con Centroamérica podría darnos el empujón a los campos mundialistas pues, todo hay que decirlo, muchos de los equipos europeos temblarían al tener que eliminarse con los grandes monstruos suramericanos.

Afortunadamente, las últimas hazañas de la oncena venezolana han aumentado las esperanzas de que algo grande podemos lograr, pues si somos capaces de tener decenas de jugadores en la liga estadounidense de béisbol, también podemos formar goleadores y demostrar que al norte del Sur también se juega.
El apoyo de la mayor empresa cervecera nacional, Polar, tal vez le augure alegrías al pueblo fanático venezolano, tan necesitado de esa gloria que no conoce: ver jugar su camiseta con los grandes del fútbol mundial. Quién sabe si Richard Páez, el actual entrenador, será el artífice de ese deseo.

Y entonces, ¿qué pasará? Pues que se oirá “Venezueeelaaa, Venezueeelaaa, Venezueeelaaa” y veremos venderse nuestra bandera en los semáforos y gritaremos vivas a la cenicienta convertida en princesa, entre pitos, cornetas y banderas.

__________

(*) Periodista

 

www.jesuscastanon.com