XVI Encuentro de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación

¡Aficionados que viven con intensidad la destrucción del lenguaje! (Los comentaristas: admirados, imitados, pero nunca objetos de investigación de la comunicación)

Dr. Germán Martínez Aceves

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La narración deportiva por radio. "Se va para no volver": Óscar El Rápido Esquivel.

Cada medio de comunicación tiene su propio lenguaje, si bien una crónica deportiva o una nota bien hecha alcanzan niveles literarios gracias al manejo del buen escribir, la radio es una verdadera caja auditiva de sorpresas que puede echar a volar la imaginación del radioescucha si el locutor o narrador cuenta con el don de comunicar adecuadamente lo que ve y vive.

Las transmisiones a control remoto pusieron el ambiente necesario a las actividades deportivas, el estadio y la cancha ingresaron a los hogares, al auto, al lugar del trabajo, gracias a las narraciones, muchas veces fantásticas, de los cronistas de radio.

Si bien la prensa era un recuento puntual de lo acontecido en los encuentros deportivos, la radio alentó la imaginación de sus escuchas.
Muy probablemente la escuela norteamericana, encabezada por Buck Canel, influyó en los locutores nacionales para narrar con imaginación, buena dicción y ritmo, los acontecimientos que sucedían en el mismo momento.

Grandes cronistas surgen de esa etapa, tal vez el ejemplo por antonomasia sea Pedro El Mago Septién, verdadero hechicero del micrófono quien cuenta con una memoria prodigiosa, una sagacidad mental envidiable y un manejo de lenguaje, que si hubiera sido pitcher, muchas veces habría logrado juegos perfectos.

El Mago Septién es célebre por la diversidad de anécdotas que lo encumbraron como uno de los grandes maestros de la crónica deportiva radiofónica. De El Mago fácilmente se podrían hacer varios tomos de su vida en la radio y la televisión.

La magia de su narración aparece desde poner efectos especiales para simular que se encontraba transmitiendo desde el Yankee Stadium hasta inventar un partido cuando perdieron la señal que provenía de los Estados Unidos; "El Mago" hacía de cada jugada de béisbol una hazaña y de cada partido una epopeya. Pero no sólo transmitía el rey de los deportes, sino también luchas o fútbol americano; pero sin duda, las narraciones beisboleras siempre serán las más recordadas con su infinita sapiencia de datos de cada jugador, su archivo mental de jugadas y su enseñanza permanente para convertir un deporte en filosofía. Inteligencia, buena dicción, voz con cuerpo y presencia, claridad, narración puntual, pasión, todos los atributos para hacer un narrador perfecto. Y al final del partido, después de haber impartido cátedra, la frialdad de los números daba forma a la hazaña y ubicaba el drama de la derrota.

Otros cronistas que hicieron época en las transmisiones beisboleras fueron, Oscar "El Rápido" Esquivel, quien le ponía sus dosis de sentido del humor; o Enrique Keerlegand y Tomás Morales, quienes manejaban a la perfección el lenguaje del béisbol, así como sus tácticas y estrategias básicas, combinadas con los datos especializado para las cofradías de aficionados que se acostumbraron a llevar sus radios portátiles a los estadios para ser guiados por los comentaristas.

Igual, como en el caso de la prensa, los estados de la República también contaron con sus propios locutores que eran conocidos por los enlaces que lograban las cadenas radiales para seguir a un equipo.
Recuerdo un ejemplo típico de localismo de un comentarista de Reynosa (nunca supe el nombre) en un partido final de béisbol entre los Broncos y los Diablos Rojos. Era 1981, la serie estaba empatada a tres juegos por bando, en la novena entrada la pizarra estaba 3 a 3, y Sergio Kalimán Robles, catcher de los Diablos, estaba al bat. Los tamaulipecos esperaban coronarse en su estadio, se oía un ambiente triunfalista en la tribuna, lanza el pitcher y el Kalimán conecta un batazo profundo por el jardín izquierdo. El comentarista empieza a narrar con sufrimiento. La exclamación sorpresiva y casi silenciosa de oye por la radio. La voz del locutor narra el vuelo de la pelota con el clásico "se va, se va, se va, se va..." y en la desesperación y coraje grita descontrolado "¡se va a la chingada!". Con ese cuadrangular, los Diablos Rojos se coronaron en patio ajeno. El funeral en que se había convertido el estadio de Reynosa era palpable en la transmisión, las palabras entrecortadas del comentarista no mentían. A lo lejos, se escuchaba el júbilo de los campeones en una final que El Rápido Esquivel catalogaría como "de película".

La radio propició también la excelencia de la crónica en deportes como el box, donde se pudieron escuchar grandes narraciones, exactas y emotivas de Antonio Andere, Jorge Soni Alarcón o Enrique Yáñez. Los aparatos receptores lograron el milagro de reunir a familias, amigos, vecinos y extraños para oír diversos programas pero, sin duda, las actividades deportivas eran las que más conglomeraban un auditorio que escuchaba, sin perder detalle, a los cronistas que estaban en ring side narrando los pormenores de las peleas.

Las corridas de toros fueron otro espectáculo en el que lucieron, con sus crónicas, personajes como Paco Malgesto y su frase "hoooonndo y profundo"; o Pepe Alameda con su sentencia " el toreo es apasionada entrega o graciosa huida" para narrar la lucha de la vida y la muerte, entre el esteta del toreo y la fortaleza guerrera de la bestia en esa danza que adquiere aires de arte.
Y del fútbol, si bien su historia en la narración comienza en la radio, su máximo esplendor lo encontrará en la televisión,

La narración en la televisión: ¡El lenguaje está en el fondo!

El vocabulario limitado, la estridencia en la voz, las frases cuan más absurdas, mejor y la adulación sin limitaciones hacia un jugador o algún equipo, parece ser la fórmula banal por la que se rige un cronista de fútbol.

"Simplifiquemos la gramática antes de la que la gramática termine por simplificarnos a nosotros", dice Gabriel García Márquez, sin embargo, si bien puede ser una opción del respetable Premio Nobel de Literatura, no olvidemos que nuestra formación cultural y educativa tiene que ver precisamente con la forma de usar nuestro lenguaje, que entre más simple se vuelva, reflejará la pobreza de nuestros signos, formas y estilos de hacer el idioma.

La televisión es una de las grandes maestras de los tiempos actuales, pero su educación deja mucho que desear al dar preferencia a lo banal como vía de obtener ganancias económicas sin importar que lo insulso sea disfrazado como entretenimiento.

En un principio, transmitir actividades deportivas por televisión era una proeza, pero al poco tiempo los directivos de las grandes empresas televisivas de todo el mundo, se darían cuenta de la penetración que tendrían entre la sociedad y las ganancias que de ello obtendrían al difundir uno de los deportes más populares: el fútbol.

Los primeros comentaristas tras el micrófono televisivo llevaban la escuela de la radio y los buenos oficios de la prensa escrita como eran los casos de Agustín González Escopeta, Fernando Luengas, Antonio Andere o Fernando Marcos, este último, comentarista incisivo pero a la vez apasionado quien subrayaba las acciones con comentarios completamente subjetivos y llenos de emotividad que empezaron a demostrar la potencialidad de la televisión unida con voz e imagen. No olvidemos su famoso "Editorial del cuatro palabras" o frases como "el último minuto también tiene 60 segundos".

En el camino de la historia, el dueño de la empresa televisiva más importante de América Latina, Emilio Azcárraga Milmo, tenía que cruzarse con el fútbol. En febrero de 1960 adquiere al América, un equipo que deambulaba en la mediocridad con una gran deuda que había adquirido su entonces propietario Isaac Bessudo con Azcárraga, quien presiente la fórmula del potencial económico (televisión más manipulación del deporte más espectáculo) y se plantea tres objetivos centrales: contratar al mejor hombre posible en ese negocio (Guillermo Cañedo); edificar un gran estadio de fútbol, el Azteca; y hacer un equipo que fuera amado u odiado por la afición, pero que generara ganancias.

La década de los 60 es la del rock and roll, la balada bobalicona y el auge de la televisión y, al margen, las rebeliones juveniles luchando contra el autoritarismo.

En ese marco, se forma el comentarista ideal para la televisión comercial: Ángel Fernández; ocurrente, con agilidad mental, grandilocuente, exagerado, gritón, festivo, creador de frases y apodos y capaz de convertir el partido más aburrido en una batalla memorable: "Aficionados que aman y quieren al futbol"... "Me pongo de pie"... "Cerca la bala"... "Prepara, apunta, fuego"..."Donde las arañas tejen su nido".... " Y la Máquina sigue pita y pita y caminando".... "El Confesor Cornero".... "La nave se hunde, mujeres y niños primero" y el largo, festivo y estruendoso ¡¡¡Gooooooooooooooool!

En Ángel Fernández la televisión comercial encontró a su comentarista show man, pero a su vez, el inicio de la escuela de merolicos a sueldo.
En contraste, en la década de los 70, en el entonces modesto Canal 13, nacía un proyecto diferente de transmitir deportes a través del respeto al lenguaje, el análisis, el conocimiento profundo del deporte, pero sobre todo, a la crítica, misma que estaba proscrita en un sistema autoritario como el impuesto por Azcárraga, ese proyecto fue lidereado por José Ramón Fernández convertido en férreo opositor al odiado América y por ende, a Televisa, pero impulsor de otros equipos desdeñados por la televisora de Chapultepec 18 como PUMAS de la UNAM, Cruz Azul y Chivas; pero dándole énfasis a otros deportes como el tenis, el fútbol americano, el automovilismo, el basquetbol, el ciclismo y, sobre todo, resaltando de manera especial a las Olimpiadas y dándole hondura y proyección a los Mundiales de fútbol, en contraste con Televisa, que sólo enfocaba sus baterías en la explotación hasta la saciedad del fútbol, algunas transmisiones de béisbol, sobre todo la Serie Mundial, el box y los toros, estos dos últimos eliminados de las transmisiones tradicionales por no convenir a toreros y boxeadores las condiciones desventajosas que le imponía la cadena televisiva.

Antonio Gala, el dramaturgo español, dice: "En la televisión, que es donde aprenden la innumerable mayoría su idioma vivo, se habla muy mal y con un escasísimo y decreciente vocabulario. Además atrofia la capacidad imaginativa y engendra remedios idiomáticos horrendos".
Razón no le sobra, la creación de barbarismos, gracias a la escasa preparación intelectual de algunos comentaristas, son una producción constante en esa fábrica de absurdos idiomáticos que cada semana reúne a los fanáticos frente a la pantalla, ya sea en la casa, en la cantina o el antro.

En esos horarios que los fanáticos saben muy bien, se forman y deforman las clases involuntarias del lenguaje. Se construyen mitos, se tejen historias y se manipula la opinión pública.

Tomemos unos ejemplos:
Raúl Sarmiento: "La pelota está en el fondo"
Con el afán de ser original ha popularizado esa frase pero le ha quitado el sabor esencial del fútbol: el gol. En la frase "la pelota está en el fondo" no está el significado de logro, éxito, culminación en la meta o el ingreso del balón a la portería para obtener esa acción orgásmica colectiva que provoca el gol.

Decir que la pelota está en el fondo, en términos estrictos del significado, indica que se encuentra en la parte inferior, en la profundidad o extremo de algo. Sin embargo, ya es grito de batalla de Sarmiento que, si fuera exacta su definición, cada vez que un balón se encuentre en el fondo de una bodega, un desván o un costal, sería igual a un gol.

Si uno le pone atención a los análisis de Eduardo Trelles podría llegar a la conclusión de que es fácil ser comentarista, pues su estilo es un compendio de obviedades. Por ejemplo: "porque es claro que si el balón rebasa la línea de meta es gol"... "si la defensa juega atrás evitará pasar al contrario", "si el portero despeja el balón lo más lejos posible de su portería es para evitar que los rivales se acerquen a su meta", "si el atacante toca el balón con la mano es falta". Y así nos podemos ilustrar en cada partido sobre el significado del fútbol o bien ser partícipes del curso permanente "Fútbol para principiantes" de Eduardo Trelles.

La profundidad de visualización de un partido no es el estilo Eduardo Orvañanos, quien abusa de los pujiditos para finalizar las frases como si con ello ayudara a darle más emotividad a su narración o bien se regodea en la pantalla electrónica del mismo modo que lo hace Javier Alarcón para explicarnos movimientos obvios de los futbolistas como si fuéramos público en el kinder del fútbol.

Pero quien se consagra en la creación de barbarismos y estridencias es Enrique Perro Bermúdez, el cronista por excelencia del mal decir y mala copia de la estridencia impuesta por Ángel Fernández. Su voz nasal ha llevado a transformar muchas palabras finalizadas en vocal para terminarlas en "e"; confiado en la mala memoria colectiva repite frases hechas en años pasados e impone apodos estrafalarios.

Veamos por ejemplo una muestra de quien tiene una cultura general más amplia, como Ángel Fernández, quien ponía sobrenombres que eran la marca del jugador como a Enrique Borja, "El Gran Cyrano", por la nariz que caracteriza al ex goleador de los Pumas; en comparación del "Perro" Bermúdez, que bautizó como "Gatillero" a Francisco Palencia, que por cierto, quien vea jugar ahora al delantero chiva, no se explicará ese apodo. Pareciera clara la diferencia entre comentaristas, mientras uno lee literatura, el otro se conforma con lecturas menores como Sensacional de traileros.

Y entre las frases repetidas hasta el cansancio como "tuya, mía, toma-te-la-presto" y "era suya, la tenía y la dejó ir", se intercala de nueva cuenta la narración de lo obvio: (léase al grado de un éxtasis inexistente): "¡Bebé Pavel se la pasa a Frankie Oviedo; Frankie a Cuau; Cuau a Navia, Navia, Navia Navia, Navia! ¡ La tenía, era suya y la dejó ir! Pero ya la iba a poner ¡Dónde las arañas tejen su nido! Y así por el estilo, con frases hechas y resaltando jugadas simples, la narración se desarrolla como si fuera una receta rutinaria de sopa Campbells.
El exceso de cronistas especializados en lo burdo, falso y manipulador lo podemos ver en el "Doctor" Alfonso Morales, Magadán y Arturo Rivera, los encargados de las transmisiones de box y lucha, quienes traspasan el uso de los micrófonos para convertirse en actores que retan a los contendientes del cuadrilátero en un guión preestablecido. Este trío, junto con "Perro" Bermúdez, son los ejemplos clásicos para demostrar el objetivo de producción de Emilio Azcárraga Milmo: "hacer una televisión para jodidos".

En el béisbol hubo un trío de cronistas formado por Pedro El Mago Septién, Jorge Soni Alarcón y Antonio de Valdés que ha sido insuperable. Una verdadera delicia narrativa conjuntada con datos, observaciones pertinentes, orientación y educación básica, desciframiento de estrategias, buena dicción, cultura, imaginación y buen humor.

Lo curioso es que las buenas escuelas no logran transmitir sus aciertos, en cambio las malas, sí; y logran incluso hacer válida la frase "todo es susceptible de empeorar". Como el caso de Pepe Segarra, otro fabricante de frases hechas repetidas ante la falta de creatividad: "apagó el cohetón", "a morder el polvo" y su "obra maestra" de la fraseología: "degolló la paloma" en esa figura extraña que intenta hacer de la pelota cuando sale de línea producto de un batazo que el fildeador atrapa de manera espectacular. ¿Degolló la paloma quiere decir que dejó sin cabeza a la esférica tejida?

En la cadena ESPN existe un cronista llamado Ernesto Jerez, que al estilo Raúl Sarmiento, se ha hecho de una frase que intenta ser espectacular pero quita la esencia de la acción. "¡No, no, no, no, no, no...díganle que no a esa pelota!", refiere, según Jerez, cuando un bateador conecta un jonrón. El mismo cronista ha borrado de su vocabulario la palabra "ampayer" tan familiar en los ambientes beisboleros, para nombrarlos como "árbitros", igual que a los jueces del fútbol u otro deporte.

Pero el que recientemente ha superado los niveles destructivos de palabras es un cronista que no he podido localizar su nombre, pero también de la cadena ESPN, que nombra "¡Homeros!" a los home runs. "¡Barry Bonds conecta otro homero!".

Por lo visto, la labor central de la mayoría de los comentaristas es pervertir el lenguaje.

Los fanáticos del deporte por televisión se acostumbran a las palabras del comentarista y una gran mayoría no se siente a gusto si no oye al locutor. Hay quienes llegan al bar y exigen que le pongan la televisión a todo volumen para "oír el partido", o bien hay discusiones para sintonizar una transmisión de un partido de la Selección Nacional donde no tiene nada que ver si la señal es buena, sino que grupo de cronistas es mejor, los de Televisa o los de Televisión Azteca. Incluso, en el fomento a la pereza de usar su propio criterio, los aficionados llevan sus radios o televisores al estadio para dejarse guiar por los comentaristas.

"No se vayan que esto se pone bueno": Buck Canel

La difusión del deporte es el fenómeno social más característico de las sociedades actuales. Sus jugadores, reglas, estadios y los medios de comunicación, crean toda una estructura basada en un idioma, independientemente del nivel cultural y social, que es entendido por cualquier persona.

La riqueza de un tema como los comentaristas deportivos de los medios de comunicación, el uso del lenguaje y las repercusiones que tiene para la sociedad es una gran veta que podría ser explotada por los comunicólogos interesados.

Los temas serían varios:

a) Una historiografía de los comentaristas en la prensa, radio y televisión, a nivel nacional y estatal. Alrededor del tema sólo existen anécdotas y algunos intentos de acercarse a estos estudios. Aparte de convertirse en una memoria muy valiosa, nos daría elementos del uso del lenguaje.

b) Encontrar las características básicas para ser un buen comentarista. Entre ellas deben considerarse: la formación de una cultura general, buena dicción, conocimiento amplio del o los deportes que transmita, capacidad de análisis, carisma, respeto al lenguaje y, por ende, al auditorio.

Hay universidades que poco a poco abren sus planes de estudio a la especialidad del deporte, no estaría por demás que una investigación sobre el adecuado uso del lenguaje por parte de los comentaristas, influyera en los objetivos de los módulos o materias.

Desgraciadamente, en las facultades se aprende teoría, si bien nos va, pero la televisión, en la mayoría de los casos, es la que realmente impone sus condiciones y crea los hábitos de hablar y "pensar".

Es curioso que a pesar de que aumentan las facultades y escuelas de comunicación, los comentaristas deportivos resulten ser los menos educados, es común encontrar en periódicos, radios y televisoras que aparezcan cada día "comentaristas" sin ningún estudio -la mayoría de las veces-, que fueron jugadores, árbitros o dirigentes y hasta cómicos, que engrosan las filas de la escuela del mal decir en los medios.

No olvidemos que una lengua siempre está en constante cambio, las sociedades así la desarrollan y el uso del lenguaje es el alma de un pueblo, pero debemos de tener muy claro que una cosa es construir un lenguaje y otra destruirlo, quitarles sus significados, su esencia, que a la vez forman parte de la cultura.

El maltrato al idioma tal vez no sea el abuso de neologismos, sino la falta de creatividad o exceso de banalidad que caen en el mal gusto, es una falta de respeto al público en general.

También hay que considerar que la lengua es algo vivo, y por lo tanto, mutante, no hay que espantarse por ello, pero se enriquece leyendo, escribiendo y dialogando.

El diccionario de la Real Academia Española tiene 80 mil palabras y los comentaristas, en su mayor parte, usan las menos, repiten la mayoría de las veces las frases hechas y en lugar de mejorar al lenguaje lo empobrecen con sus barbarismos, producto, como un signo evidente, de la falta del hábito de la lectura.

c) Las investigaciones de comunicación, como en muchos casos, se quedan en los anaqueles de las facultades y no trascienden a la sociedad, sin embargo, para el interesado en este tema, debería buscar influir en los comentaristas, provocar que la inteligencia y el buen decir, no están peleados con el espectáculo. Sabemos bien que los trabajos nacidos en las aulas universitarias, sobre todo si son de análisis social de la comunicación, no son prioridad en los objetivos de una empresa de medios, pero un comunicólogo, conciente de su oficio como intelectual, nunca debe soslayar los puntos básicos humanistas y creativos de la comunicación y cultura, más allá del simple consumismo.

d) Promoviendo formas de participación, el espectador debe de tomar un papel más activo, no ser siempre el personaje pasivo, la opinión pública tiene que influir y traspasar ese eterno círculo vicioso de entretenernos con lo vulgar y bajo de calidad, la broma no está peleada con la inteligencia, ni el adecuado uso del lenguaje, es más, es una combinación adecuada que ayuda al análisis, a ejercer el pensamiento, a crear y proponer en una sociedad participativa y por lo tanto, democrática.

Los teleadictos a los deportes por televisión agradecemos que en lo técnico hay una superación notable en la transmisión, a veces se convierte en una verdadera delicia visual ver la perspectiva del campo, las repeticiones justas que desnudan lo que no se observó a simple vista o los diferentes ángulos de la jugada.

¿Por qué no se hace lo mismo con la palabra, esencia del espíritu del hombre?

Una sociedad bien informada, con amplios conocimientos, formada con diversos criterios, eleva su calidad de vida, aprende a disfrutar y a exigir mejores propuestas de comunicación.

Como esencia del deporte, la creación y recreación de su lenguaje por parte de los comentaristas, no debe caer en la banalidad y el comentario fácil, y sí fomentar el buen uso de nuestro idioma, sin dejar a un lado, como dijera Fernando Savater, que: "Nada grande se ha hecho sin pasión".

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