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Audentis
Fortuna iuvat (La fortuna ayuda a los valientes)
José
Palacios Royán (*)
Querido
amigo:
Dice
el poeta Virgilio (1) que la Fortuna
ayuda a los atrevidos, a los osados, a los valientes. No faltó
la Fortuna cuando parecía que nos precipitábamos definitivamente,
otra vez, en las pálidas sombras y en la noche profunda del
Erebo.
Nuestro
sino, nuestro fatídico sino, parecía cumplirse inexorablemente.
¡Esta vez, no!, gritamos todos a una. El clamor llega al cielo.
Deliberan apresuradamente los dioses, siempre tan distraídos.
Concluyen que no pueden conceder la palma a quien sólo ha
puesto los codos para alcanzarla. Se acuerdan de Fran, el capitán
gallego, la frente rota por el pérfido compañero,
el del ceño fruncido, el que no conoce la sonrisa. Miran
al pueblo. El pueblo estaba expectante y tenía el miedo en
el rostro. Miran al campo de batalla, y deciden hacer justicia.
¡Ya no hay tiempo! Siempre hay tiempo para el que bien lo
merece. Los nuestros lo merecían. Castigan los dioses a los
innobles guerreros azules, maestros en las malas artes. Eneas, el
timonel catalán, que lleva a su pueblo en busca de nuevos
horizontes tras el desastre de esa otra Troya que fueron las Galias
años atrás, lanza el balón a los cielos; surge
por los aires, nuevo Hércules, Urzáiz. Mira a Alfonso,
el de los pies blancos - y ligeros -, el de las muchas cicatrices.
Alfonso ve llegar el arma salvadora, dibuja en el aire un escorzo
imposible, afloja los brazos, levanta la pierna izquierda - contiene
el pueblo el aliento - y del zurdo pie sale un rayo que fulmina
a sus mezquinos rivales.
Comprenden
éstos ahora por qué los antiguos representaban a la
diosa Fortuna sobre una navaja de afeitar: porque sabían
lo repentinamente que puede cambiar.
Se
inclinó la Fortuna del lado de quienes la buscaron con nobleza.
El lazo de Alfonso es ahora una corona de laurel. El varón
que, arrastrado por la fuerza del destino, había sufrido
tanto, tiene ya su sitio en el Olimpo. Para siempre.
El
pius Eneas de Santpedor, conductor de pueblos, abraza a Prometeo,
el Titán bueno, el hijo de Cieza, que traza con sus brazos
señales de victoria. Los torpes rivales yacen por los suelos.
Los vencedores elevan sus ojos a lo alto. La multitud llora de alegría.
Los dioses sonríen. La Fortuna había ayudado a los
valientes. Pero, ¡cuidado!, los antiguos la representaban
sobre una navaja de afeitar.
P.
D. Tengamos en el recuerdo a Dubovsky, el que nunca volverá.
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(1)
Eneida, X, 284.
(*)
José Palacios Royán es profesor de Latín de
la Universidad de Málaga, en la que ha sido vicerrector y
responsable de deportes.
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