Carta a un hincha del Boca Juniors

Óscar Domínguez (*)

Joshua, que Jehová esté contigo.

Ya con un poco más de perspectiva, recibe mis desganadas felicitaciones, por el triunfo de tu equipo, el Boca Juniors, que nos volvió ripio a más de 44 millones de colombianos que por una noche fuimos orgullosamente "cucutoches".

Por un momento creí que ibas a perder la postura de la camiseta del Boca en un bar lleno de colombianos que te silbamos civilizadamente. Comprenderás que no es usual ver a un gringo de Clevelend hablando español del Río de La Plata y enfundado en la camiseta que identifica a los “bosteros”.

Los “cucutoches” acariciamos la ilusión de que los dirigidos por Bernal -quien tiene un remoto parecido con el juglar vallenato Leandro Díaz- se iban a salir con la suya.

Pero no. Los presagios iniciales vaticinaban lo peor: tangos de Gardel y Lepera a la una de la madrugada para no dejar dormir a nuestros atletas, piedra al principio del partido contra el excelente arquero “Rufay”, y una neblina que solo les permitía ver el balón a los gauchos, no a los nuestros, acostumbrados a un sol que brilla para todos.

Estoy por creer que esa neblina fue mandada a hacer para la ocasión por algún burócrata de la Asociación de Fútbol Argentino que no resistiría el bochorno de perder frente al equipo de una ciudad de cuya existencia no tenían ni veniales. Menos de su gentilicio “cucutoches”.

Detrás de esa conspiración meteorológica, está también, sin duda, la mano de Dios de la dirigencia “xeneize” que necesita todavía los partidos de la final contra Gremio, del Brasil, para poderle pagar al Villarreal, de España, los dos millones de dólares que les cuesta el fugaz préstamo de Riquelme, quien hizo un gol que me produjo agriera. Riquelme, quien no es de mis entretelas por su fútbol lento y sin agallas, es accionista mayor en esa victoria de los tuyos.

Debido a la bruma, los televidentes solo veíamos “sombras nada más”, como en el célebre tengo de Contursi y Lomuto. No fue un partido para ver, sino para sospechar.

Meto en la conspiración contra los nuestros al árbitro de cuyo nombre prefiero no acordarme. Se apellida Silvera, y nació ahí no más, en Montevideo, o sea, cruzando el charco de La Plata, un mar con nombre de río, o un río con infulas de mar. Silvera es como de la casa, digamos, che.

Tal vez si hubiera pitado ese clarísimo penalti a principios del partido, otro galla cantaría. Pero quién le pone el cascabel al gato de la furibunda hinchada boquense, cuando el partido apenas se desperezaba.

No lo admites, pero también fue claro el penalti del final que habría dejado las cosas para la definición “desde los doce pasos”, como dice la crónica balompédica. Eso sí, Silvera no tuvo cataratas para ver una sospechosa falta que fue la cuota inicial para el espléndido primer gol de Riquelme que envió “la número sitio” a un lugar donde las águilas no se atreven. Los nuestros se amarraban los cordones y el hombre les sacaba tarjeta amarilla a una orden que le daba del dueto Riquelme-Perdomo. Eso tuvo el efecto de ponerlos a jugar un fútbol con miedo. Y así no se puede ganar, che Goodman.

Pero bueno, como decimos Julio César y yo, “alia jacta est”, o sea, no hay nada qué hacer.

Admito que tu equipo habría podido ganar sin la ayuda del cirineo Silvera. Durante toda la velada, acosaron a los nuestros con intensidad de cura pedófilo lo que les impidió desplegar su talento.

Todavía no sé si en la finalisima haré fuerza por Gremio del Brasil, o si me sumaré al tren de los triunfadores boquenses. No te hagas muchas ilusiones porque, como sabes, soy “gallina” de la cuerda del River Plate, cuyo fútbol, dicho sea de pasada, anda de vacaciones indefinidas en las islas del Caribe. Ser hincha de River primero y de Boca después, es como ser al mismo tiempo ateo y creyente.

No te quito más tiempo para que sigas celebrando, después de haber hecho el viaje hasta Cúcuta, en la frontera con Venezuela, a ver perder al Boca de tus entretelas. La vida tiene sus compensaciones.

Buen viento y buen a-mar.

Origen de los apodos

Nota del historiador y escritor argentino Ricardo Ostuni a propósito de los sobrenombres con los que se conoce al Boca:

A Boca -cuyo nombre proviene del barrio donde fue fundado y aún tiene su cancha- se lo nombra con varios epítetos: bosteros apelativo que le pusieron los simpatizantes de River allá por la década del 30, en alusión a que el barrio se inundaba con mucha frecuencia y subían incluso los desechos cloacales.

También se los llama xeneises (yeneises) porque en el barrio de la Boca se radicaron, preferentemente, inmigrantes genoveses y aquél es el patronímico con que se conoce, en Italia, a los nacidos en Génova.

En algún tiempo se lo llamó pizzeros (cuando Boca perdía, los diarios solían escribir se quemó la pizza) Ocurría que en el barrio se había instalado una de las primeras pizzerías de Buenos Aires, Tuñín de la Boca cuyo isotipo representaba a un típico italiano (un tano) que vestía camiseta de Boca y sombrero y lucía unos grandes bigotes (mostachos)

El barrio lleva ese nombre porque en su jurisdicción se encuentra la boca del Riachuelo, es decir, el sitio donde este riacho desemboca en la amplitud del Río de la Plata. En tiempos de la fundación de Bs.As. las crónicas de los conquistadores lo nombran como Río Chuelo, es decir rio chico, chicuelo, o más bien, riacho.

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(*) Periodista

 

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