Relato

Copa de Europa

Eloy Serrano Barroso (*)

No, señor juez, no tengo antecedentes. Déjeme que le explique. Quizá entonces pueda usted entender, ponerse en mi lugar.

La noche de autos, el 20 de mayo de 1998, estaba en casa mordiéndome las uñas, viendo por televisión la final de la Copa de Europa entre el Real Madrid y la Juventus, cuando Mitjatovic coge una pelota perdida dentro del área y, como si se marcara un tango, gira sobre sí mismo y dispara a puerta. Nada puede hacer el portero Peruzzi sino acompañar con la mirada boba al balón cuando traspasa la línea de meta. Entonces, señor juez, es el delirio. En esa milésima de segundo, en ese suspiro del tiempo, todos los madridistas del mundo liberan unánimes el grito ahogado durante treinta y dos años, ¡treinta y dos años!, como si ese gol nos diera ya la copa, aunque el partido no ha terminado y la euforia puede cambiar de bando, porque lo que importa es vivir ese instante como si fuera definitivo.

Oigo ese grito que se une al mío y que parece venir de un planeta remoto, y tiemblan las paredes y el techo de la casa. Luego sigo el partido desde el borde del sofá, sin poder relajarme. Cuando el árbitro da el pitido final, el gol de Mitjatovic alcanza dimensiones de leyenda. Las emociones se desatan. Los jugadores se abrazan y brincan como niños felices sobre el césped, y en las gradas del Ámsterdam Arenas los seguidores del Madrid también se abrazan y extienden las banderas del Real y de España. Y lloran de alegría.

Entonces llamo por teléfono a mi padre para compartir la alegría. Y, por favor, no me mire con cara de impaciencia, señor juez, es necesario que le cuente todo lo que sentí aquella noche, que le hable también de lo que para mi padre significaba el Real Madrid. Sólo así podrá usted entender por qué hice lo que hice. Figúrese que, nada más nacer yo, mi padre pidió mi admisión como socio del Real Madrid. Aunque pienso que fue una invención suya para alimentar el mito de su madridismo, pues lo cierto es que tuve que esperar a los nueve años para mostrar a los amigos mi carné de socio: una carterita de plástico marrón que a mí me parecía de auténtica piel y que yo abría con la parsimonia con que se abren los tesoros, para que los otros niños vieran con envidia mi foto, el número de socio y los recibos embutidos en una pestaña transparente. Y al novio de mi hermana, hoy su marido, medio en broma medio en serio, le pidió mi padre que certificara su filiación madridista, bien a través del carné de rigor o bajo juramento de lealtad al equipo. "En esta casa sólo se anima al Madrid", le dijo. Y aunque mi padre intentó suavizar con una sonrisa la severidad de su voz, el novio intuyó que hablaba en serio. Todavía puedo ver a mi cuñado con la faz de los judíos conversos, clausurando para siempre el carné del Atlético de Madrid, celebrando los goles del Real en un alarde de simulación cada vez más perfecta, tan perfecta, al fin, que deja de ser simulación.

Así que, como le iba diciendo, marqué el número de teléfono de mi padre. Tardaban en cogerlo. Lo imaginé frente al televisor, llorando de emoción sin poder articular palabra. Entonces, a la espera, con el latido del teléfono de fondo, como si fuera un reloj inverso que retrocede en el tiempo, me veo en el fondo sur del Santiago Bernabéu. Mi padre está en las gradas con esa peña espontánea e informal que se ha ido formando domingo tras domingo, discutiendo las alineaciones, las jugadas, las decisiones del árbitro y gritando a coro "Hala Madrid, Hala Madrid", abrazándose en una piña cuando nuestro equipo mete gol. Yo estoy abajo, detrás de la portería, agarrado a la barandilla donde nos ponemos los niños. Todavía no hay alambradas y el césped está a un paso. No puedo ver los goles en la portería de enfrente, porque está muy lejos y todo el juego parece transcurrir en un mismo plano, pero sí veo el gol que entra en la portería donde yo estoy, y veo la desesperación del portero y los defensas, y la alegría de los delanteros, los primeros abatidos y dispersos como vacas que rumiaran su pena, los segundos risueños y amontonados. Huelo la frescura del césped y oigo el golpear del balón en la red. En el descanso y mientras anochece, me tomo el pan con chocolate que mi madre me ha preparado de merienda, y, cuando al empezar el segundo tiempo encienden las luces, el campo parece otro, un espectáculo distinto. Todo resplandece y los jugadores son los habitantes de un mundo mágico, soñado. De un videojuego, diríamos hoy.

Y estoy dándole vueltas a estos recuerdos, que creía olvidados, señor juez, cuando mi hija me tira de la manga de la camisa para decirme que quiere ir a la Cibeles a celebrarlo. Me lo pide con esa insistencia gesticulante de los adolescentes. Si tiene usted hijos de esta edad, sabrá de qué estoy hablando. De fondo ya se oyen las bocinas de los coches y el fragor de las trompetas de plástico. Y entonces me doy cuenta de que mi hija también lleva una trompeta de esas y una bufanda. Le pregunto: "¿De dónde diablos las has sacado, si a ti no te gusta el fútbol, si ni siquiera has visto el partido?". Ella me contesta que no importa, que mola eso de ir a la Cibeles, que así podrá hablar de ello en el colegio. Mi mujer, desde la cocina, me grita: "Anda y no seas soso. Lleva a la chiquilla". Yo, señor juez, soy un hombre al que no le gustan las multitudes, pero con el auricular en la mano y sonrisa fingida le digo que vale, que iremos a la Cibeles cuando consiga hablar con el abuelo. Y cuelgo el teléfono con la intención de volver a llamar pasados unos minutos.

Preocupado porque mis padres no contestan a la llamada, le hablo a mi hija de la última copa de Europa que ganamos. Vamos, que le cuento mi batallita. Yo entonces tenía trece años y no pude ver el final del partido por televisión porque mi padre me contagió sus nervios y tuvimos que marcharnos a la calle. Allí nos encontramos con un alma gemela, un tipo flaco y pálido, que se aproximaba retorciendo el cuello y mordiéndose las uñas. Nos unimos los tres solidariamente, intercambiando frases banales que nos ayudaran a matar el tiempo, pero fue imposible, al rato ya caminábamos silenciosos como animales al acecho de algún ruido delator, y a través de las ventanas oíamos los ¡uys!, las protestas al árbitro y, sobre todo, los silencios, esas largas pausas que nosotros llenábamos con los goles del equipo contrario, el Partízan, y que el comentarista narraba en nuestra imaginación con voz apagada y lúgubre.

Mi hija, mirándome fijamente y con los brazos cruzados, me interrumpe: "No seas brasa, papá, y llévame a la Cibeles". "¡No seas brasa!", señor juez, así es como hablan los chicos de ahora. Pronto iba yo a hablarle a mi padre con esas maneras. Volví a marcar el número. Nada. El pulso del teléfono me sonaba a casa vacía. Para tranquilizarme me dije que los abuelos habían perdido oído, que tendrían la habitación cerrada y la televisión a todo volumen. Cuando por fin descuelgan, oigo ruidos, como si al otro lado un niño manipulara un objeto que no sabe para qué sirve.

- Dígame- dicen finalmente. Reconozco la voz de mi padre, aunque no es la voz exultante que yo esperaba, sino apagada, débil.

- ¡Al fin campeones, papá, después de treinta y dos años! ? grito, y espero su respuesta.

- Qué bien, cuánto me alegro -dice sin énfasis- ¿Quién es campeón?

De golpe me viene la imagen de algo que sucedió en la última visita que les hice. Mi padre palpando con urgencia los bolsillos de su bata. "¿Qué buscas, papá?", le pregunto. "El tabaco", me contesta. Me pilla desprevenido y sólo acierto a decir la verdad: "Hace diecisiete años que dejaste de fumar". "¡Estás de broma!", me responde rastreando en mi cara alguna señal de que efectivamente es una broma. Le tomo del brazo y le guío hasta el pasillo para mostrarle el diploma de exfumador que cuelga de la pared con fecha del 16 de febrero de 1981. Entonces él, como si careciera del sentido de la vista, recorre con dedos temblorosos el relieve de las letras, y una mueca de desconcierto se forma en su avejentado rostro.

- El Madrid, papá, el Madrid es campeón de Europa, ¿no has visto el partido? ?insisto.

- ¿El partido? Sí, sí lo he visto… bueno, no…, no sé ?responde con voz quebrada.

- ¡Claro que lo has visto! -oigo que grita mi madre-. Trae que me ponga.

La oigo rezongar. Se aproxima con una letanía de quejas, hasta que coge el teléfono.

- Hijo, ¿eres tú?. Sí que hemos visto el partido, pero ya no se acuerda -me dice.

- ¿Qué ha hecho cuando el Madrid ha metido el gol? ?pregunto buscando un momento de felicidad, aunque sea fugaz.

Mi madre me dice que mi padre ya en el descanso se había olvidado del partido que estaban viendo, y que todo el tiempo confundía a los equipos. Y todo esto me lo cuenta mi madre igual que si enmendara la plana a un niño imposible, y yo oigo al niño protestar al otro lado del teléfono porque no entiende el enfado del adulto.

- Bueno, hijo, un abrazo y que no se os ocurra salir hoy a la calle, que hay mucho gamberro suelto -se despide mi madre.

- Está bien, mamá. Un abrazo. Pásale el teléfono a papá -le digo, porque no quiero colgar con la sensación de fracaso.

- ¿Sí? -dice mi padre.

- Campeones de Europa, papá. La séptima. ¿Te acuerdas de las cinco copas de Europa seguidas que ganó el Madrid? -pregunto.

- Claro, cómo no me voy a acordar. Di Stéfano, Puskas, Gento… Eso si que era un equipo… ¿Y el coche, te funciona bien? ?dice en un tono monótono, sin esperar mi respuesta.

- Bueno, papá, felicidades. Un beso -digo antes de colgar.

Esa noche, señor juez, después de hablar con mi padre, derrumbado en el sofá me pregunto ¿adónde han ido a parar sus recuerdos, todas las tardes de fútbol? ¿Aquellas tardes, por ejemplo, en que ya de vuelta a casa en el seiscientos, mi padre me hablaba de Di Stéfano? "Ese sí que era un jugador", me decía, "… robaba el balón en su portería como si fuera un defensa más y enfilaba hasta la portería contraria sorteando a todos los que le salían al paso, hasta llegar ante las mismísimas narices del portero rival, y con un hábil juego de cintura lo engañaba, tirándose el portero hacia un lado mientras el balón iba mansamente hacia el otro. El jugador más completo de la historia. La Saeta Rubia. El jugador por antonomasia". Sí, eso es lo que decía: "El jugador por antonomasia", con la misma naturalidad que si hubiera dicho "Pásame el pan". Yo no entendía qué quería decir, pero aquella palabra me sonaba rotunda, adornada por el prestigio de las cosas que sólo se pueden intuir.

Sí, señor juez, treinta y dos años esperando a que el Madrid gane la séptima, y cuando llega el día, mi padre no puede disfrutarlo. Sólo imágenes remotas y desvaídas y nombres de leyenda que repite en una cantinela sin sentido habitan hoy su memoria en fuga, y un presente que se borra a medida que se escribe.

Entonces, como si una fuerza ajena me impulsara, me pongo en pie y le grito a mi hija:

- ¡Vístete, que nos vamos a la Cibeles!

- ¿Por qué esas prisas ahora? -pregunta ella.

- ¡Por antonomasia, hija, por antonomasia! -le digo, como si mordiera las palabras, y ella me mira con ese aire de superioridad con que miran los adolescentes a sus ridículos padres. Y pone los ojos en blanco, pero no dice nada.

Ya en la calle, mientras conduzco el coche por Madrid en fiesta, y aunque los cláxones se empeñan en situarme machaconamente en el presente, no puedo dejar de pensar en mi posible futuro: mi memoria desvaneciéndose, como si arrancaran las páginas del libro de mi vida, empezando por las últimas, las más recientes. Me veo de cháchara con los fantasmas del pasado que parecen reales, angustiándome por llenar los huecos de olvido, hasta que un día pierdo la memoria de la memoria, la memoria de mí, y soy para los demás como un juguete roto, ya sólo la memoria del cuerpo, que no es mía sino que habita en mí. Y luego, ni eso.

Así me veía yo en mi padre, señor juez.

Aparqué el coche en una calle próxima a la Plaza de Colón y tomando a mi hija de la mano caminamos hacia el Paseo de la Castellana, que a esas horas era ya un río de gente cuyo caudal aumentaba a media que nos acercábamos a la Cibeles. Nos dejamos arrastrar por la multitud enardecida, que ondeaba banderas y bufandas acompañándose de cánticos y fanfarrias. Entonces, contagiado por la alegría general, empiezo a gritar como nunca. Grito por dos, por mi padre y por mí, no vaya a ser que la próxima vez que gane el Madrid una copa de Europa yo me halle sin memoria. Pero muy pronto la rabia, esa rata negra, me recorre el cuerpo y no puedo expulsarla. O mejor: no quiero, sino que la dirijo por los laberintos del cuerpo para que me domine. Y es entonces cuando nos encontramos con unos amigos de mi hija, que vienen de vuelta y nos advierten de que en la Cibeles la policía esta cargando contra unos alborotadores y que ellos se vuelven a casa. Le pido a mi hija que regrese con sus amigos.

Estos son los hechos, señor juez. Si yo no llamo por teléfono a mi padre, si no decido ir a la Cibeles, si no encuentro a los amigos de mi hija, si aquellos otros jóvenes no hubieran provocado a la policía, nada hubiera pasado. Y no lo digo como excusa, sino para que comprenda que ocurrió porque tenía que ocurrir, porque entonces yo imagino a mi padre en medio de la multitud, caminando en dirección contraria a la avalancha de gente que se aparta para no atropellar a ese anciano que lleva una bandera en la mano y la mueve como un autómata, con los ojos perdidos, sin comprender nada de lo que sucede a su alrededor. Esto es lo que imagino, señor juez, y la rata me muerde ahora con saña, y mis piernas me llevan como en volandas y de pronto estoy en medio de todo el follón, rodeado de gente que corre, de humo, de policías con casco y porra, y me veo - como si yo fuera un espectador de mí mismo- cogiendo una de las botellas que hay en el suelo, empuñándola con gesto amenazante mientras me dirijo a uno de los policías, pero sólo le insulto, señor juez, "hijo puta cabrón", es lo que grito, sin intención de agredirle, se lo juro, sólo hijo puta cabrón, para provocarle con la botella en alto, para provocarle y que se abalance sobre mí y mate a la rata de la rabia que llevo dentro.

Entiéndame, señor juez.

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(*) Eloy Serrano Barroso (Madrid, 1953) es psicólogo y escritor. En su trayectoria literaria ha compartido el primer premio en los galardones "Ir al médico" y "Pobladores, inmigrantes, exiliados" y ha sido el vencedor del "III Concurso de microrrelatos" del diario El Mundo, del "I Concurso Plagio Creativo en honor a García Márquez", de EscueladeEscritores.com y de la I edición del Premio Idioma y deporte de relatos deportivos. También ha sido finalista del concurso "Buscamos un escritor entre el público" de la Cadena Ser y la Editorial Alfaguara, del "Premio Twinnings" de microrrelatos, del Premio Hucha de Oro, del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor, del galardón Jara Carrillo de humor y del Premio Mario Vargas Llosa NH de relatos. Ha participado en la novela interactiva La rebelión de los delfines (Espasa Calpe, 2001) y ha colaborado en la revista cultural Qué Leer y en los diarios de información general El Mundo y Odiel.

 

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