Vuelve el orgasmo del gol

Óscar Domínguez (*)

Se les acabó el recreo a las esposas. Adiós a la dictadura del mando a distancia del televisor en manos de ellas. El fútbol está de regreso después de un breve receso una vez concluidos los campeonatos locales.

A pocas horas del suramericano de fútbol, en tierra del coronel Chávez, de Venezuela, es hora de empezar a ocuparse del vicio-deporte que nos depara el prolongado orgasmo del gol.

Escrito está que cuando el hombre decidió agarrar el mundo a las patadas inventó ese ocio –no opio- del pueblo que es el fútbol. Aunque este deporte ya se practicaba en América ocho días antes de la llegada de Colón, se considera que los ingleses son sus inventores. Nadie sabe para quién trabaja.

A los británicos les debemos también el golf, el whisky –inventado para acompañar el paso de un hoyo a otro-, la anestesia, el humor –con Chaplin y Bernard Shaw-, la ley de la gravedad y su carnal la minifalda. En un lapsus, inventaron a los gringos. Nadie es perfecto.

Desde su invención, el balón de fútbol ha evolucionado sustancialmente. Los nuevos balones casi vienen con internet, dispensador de condones, bar, gimnasio y discoteca.

Mientras tanto, los científicos están perfeccionando un chip para incorporárselo. El objeto de este chip será ayudarle al árbitro a equivocarse menos. La idea es volverlos infalibles, como los Papas.

En caso de duda, el chip, en centésimas de segundo, le dará una mano al juez y le aclarará si, por ejemplo, la pelota entró o no a la portería.

Los estudios se han hecho, pero la FIFA, la entidad que mangonea el negocio del fútbol, no ha dado el visto bueno. (Está muy ocupada prohibiendo el fútbol que se juega más cerca de las estrellas).

Los dueños del negocio, no del deporte que es tuyo y mío, se niegan a recurrir a la instancia de los videos para resolver casos de dudas.

El nuevo balón se ha hecho pensando más en los delanteros y en el público que en los porteros. Con esto se quiere significar, supongo, que el nuevo balón salido del laboratorio, permitirá que haya más goles.

La nueva número cinco, su nombre de siempre, está diseñada para que se comporte igual en tiempo seco que en caso de lluvia. En gobiernos demócratas que en tiranías. En todo caso, el cuero será más difícil de controlar para los arqueros.

Los amos del negocio estiman que este deporte sin goles es como una puesta de sol sin sol, y quieren más goles para garantizar el espectáculo.

Difiere esté balón moderno de los de antes. In illo témpore, la nuestra era una pelota de trapo o rellena de periódicos de ayer, amarrada con pitas o lazos para que no desintegrara.

Se trataba de un balón proletario, feito, de cuero, cosido a mano, con el almuerzo embolatado. Jugábamos fútbol para nadie, para el olvido, para la tribuna vacía. De pronto con la mamá o un tío ilusos por toda compañía. El fútbol por el fútbol.

Ese balón de la infancia tenía por dentro una tripa que había que estar inflando cada rato. De tanto recibir patadas, el viejo balón tenía que visitar con frecuencia el cirujano plástico.

Este cirujano de manos brujas no era otro que el zapatero remendón del barrio al que le llevábamos el balón para que lo operara, y así poder continuar la liturgia del fútbol.

Veremos cómo nos va con el fútbol en este suramericano que ya nos respira en la nuca.

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(*) Periodista

 

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