Descapotable

José Palacios Royán (*)

Querido amigo:

Me he ido a la playa, he metido la cabeza en el agua fría y salada del Mare Nostrum; pero no se apaga en mi azotea el calorcillo que me entró cuando, al ver la marcha triunfal del Sevilla Fútbol Club por las calles de Hispalis, oía cómo, una y otra vez, los comentaristas hablaban del “autobús DESCAPOTABLE”. Hay cosas que no le suenan bien a tus oídos, empiezas, "te inuito" (sin querer), a cavilar, y la mollera va y echa humo. Ácido acetilsalicílico al canto, a ver si por lo menos sirve de lenitivo a tus quebrantos.

Digo yo, Paco: ¿descapotable? El sufijo –ble indica posibilidad. Como dice la RAE: Descapotable: adj. Dicho de un coche: Que tiene capota plegable. ¿Tenía o no tenía capota el dichoso autobús? Capota viene de caput - capitis = cabeza. En el caso de los vehículos llamados “autos”: “cubierta plegable”.

Si no vi mal lo poco que vi, a ese vehículo tan grande le habían cortado la parte de arriba, el techo; luego es imposible que se pueda plegar lo que no puede plegarse porque no existe. Gracias a que iba al descubierto, se podía ver, prima facie, la cocorota del abogado-presidente, también ya sin techaillo. Como la mía. Y a los campeones detrás. Como Dios manda. ¡Ay, Dios!

He mirado en los libros a ver. He visto que de esa palabra latina que he dicho antes, caput – capitis, además de cabeza (latín vulgar de Hispania: capitia), (neutro), derivan: cabo (extremo, lengua de tierra que penetra en el mar), cabal (de los pies a la cabeza), acabar, capicúa (cabeza y cola < cauda), capitán, cabecilla, cabezota, capítulo, cabildo, capitular…

Yo capitulo, Paco. Que el lenitivo no hace efecto, y la cefalea se está envalentonando. Sabes que en griego kefalé significa “cabeza”. Y hay que tener muy poca cabeza, o ser muy acéfalo, para entretenerse tanto en una tontería tan tonta como ésta. Si los animosos locutores (loqui = hablar) quieren seguir diciendo que el autobús es descapotable, pues, nada. ¡Que me voy a poner malo!

Oye, Paco: Que no, que por más que me adentro en el mar y en su sal, salgo siempre igual de soso (in-sulsus, sin sal). Yo, que me afano y desvelo… Nunca podré llegarle a la suela del zapato (he dicho zapato) a aquel personaje de quien cuenta Afranio (s. II a. C.) que todo lo que decía por su boca era sal merum (sal pura). ¡Qué se le va a hacer!

Bueno, voy a echar una cabezadita a ver si se me enfría el tejado.

Recibe un abrazo de tu amigo J. Palacios.

P. D. Cuando leas estas letras, rompe enseguida la carta, no sea que llegue a manos de alguien y piense que estamos hablando en serio. Lo que no es ni mucho menos cierto.

Artículo publicado en

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(*) José Palacios Royán es profesor de Latín de la Universidad de Málaga, en la que ha sido vicerrector y responsable de deportes.

 

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