Relato

Destinos

Cuento literario escrito por el autor, en vinculación con la temática, en 1989

Marcelo Roffé (*)

"Si te interesaran otras cosas tanto como el fútbol, yo sería tan feliz" le decía su madre una y otra vez incansablemente, pero él no le daba importancia.

Sabía sí, que cada mes, cuando traía el boletín para que se lo firmaran debía soportar el pesado discurso de la madre que siempre terminaba de la misma forma: "Pasás todas las santas tardes pateando de un lado al otro en vez de estudiar. Esto un día, se va a terminar..."

El, era el menor de los siete hermanos. De cabellos negros que ocultaban sus oscuros ojos, flaco y alto por los diez años que tenía, en el barrio de Quilmes donde vivía con su familia era conocido por todos como Luisito. Luisito tenía un póster enorme en su habitación (que compartía con cuatro hermanos más) de su ídolo que era la fuente de su energía. Su ídolo era Ricardo Bochini.

Solía pasarse horas y horas pateando en el potrero del barrio. Su pasión por el fútbol lo hacía desaparecer también los sábados por la tarde: iba a ver a Quilmes a la cancha. Pegadito al alambrado miraba el partido y soñaba el día que pudiese vestir esa camiseta, jugar en esa cancha, con público, con una pelota profesional y tirar caños como "El Bocha"...
¡Si había recibido palizas, pobre Luisito! La madre le pegaba a él como alguna vez le había pegado a sus hermanos. Pero nada cambiaba su pasión. Ni siquiera el humilde origen de su familia en la que el resto de sus hermanos trabajaban sin excepción. El se salvaba, por ahora, por ser el menor, pero por sobre todo porque su madre apostaba a su futuro con el estudio.

Luisito soñaba con ganar un día mucha plata jugando al fútbol y sacar a toda su familia de esa casa de chapa en la que vivían.

Aunque su padre siempre decía que el día menos pensado se mudarían gracias a la fortuna.

Luis no creía en la Diosa Fortuna, pero sí creía en su esfuerzo y en su sacrificio.

Pasó el tiempo.

A los catorce años llegó a su casa acompañado de un señor de bigotes. Golpeó la puerta de su madre y le dijo que le querían hablar. Era para probarse en la sexta división de Quilmes. Su madre empezó a llorar y a gritar desconsolada. El lloró con ella y le dijo que no se iba a arrepentir. Que él confiaba en él. Que iba a llegar.

Lo probaron y quedó. Dejó los estudios pese al dolor y la frustración de su madre que durante semanas no le dirigió la palabra. Entrenaba todos los días, hacía lo que le gustaba, era feliz.

Su sonrisa, a partir de entonces, sólo desaparecería cuando observaba por uno de los agujeros de la chapa, cómo tarde en la noche, su padre ebrio, le pegaba a su querida madre.

Sufría, pero se daba fuerzas a su vez para demostrar que Luis González no era uno más de esa familia.

Los años pasaban y así llegó la primera noviecita, la tercera división y la triste noticia de que su hermana, la Choli, era prostituta.

Jamás bajó los brazos. Si bien su entorno familiar lo perjudicaba, supo sacar fuerzas quién sabe de dónde, y en cada entrenamiento exigirse un poco más. En los partidos andaba bastante bien y el señor de bigotes que lo había llevado estaba orgulloso de él, lo mismo que su novia.

Siempre, antes de dormir, besaba el póster de su ídolo como un ritual y susurraba: "Ya falta poco, Luis, poco..."

Quilmes, el local, se medía con El Porvenir en un discreto partido de mitad de tabla. Todo el partido le pidió a Dios poder entrar. Quería jugar en primera división y cumplir su sueño ante la mirada de su novia y de todo el barrio.

El partido, sin goles, entraba en los últimos minutos y el técnico le tocó la espalda. Lo primero que se le cruzó por la cabeza fueron las palabras de ese señor de bigotes que lo había llevado a probar: "Vas a triunfar, pibe". Estaba tocando el cielo con sus manos. Se sacó el buzo rápidamente y antes de entrar a la cancha pensó en demostrarle a su padre que Luis González iba a ser alguien.

Imaginó, sin equivocarse, a su padre escuchando los partidos como todos los sábados. El siempre jugaba al prode.

Luis entró corriendo al campo de juego. Su padre verificaba la tarjeta con la botella en su mano. Tiro libre para Quilmes. Si había escuchado tenía los trece puntos. Acomoda la pelota el número diez y faltan tres minutos. "Se acaba la miseria", pensaba el viejo fuera de sí. Viene el centro. "Lo que esperé toda la vida", decía el padre bajito. Saltan varios. "Nos mudaremos a un chalet". Cabezazo. "No tendré que trabajar". Gol. Gooool de Quilmes. "La reputamadrequeteparió". Apagó la radio y la tiró, con fuerza contra la pared.

Los trece puntos se habían convertido en doce.

A los cinco minutos su anciana esposa corrió a la pieza con la novedad, que le acababa de contar su vecina. "¡Cómo no me dijiste! Luisito hizo un gol, y nos lo dedicó recién por radio. Es famoso, viejo..."
La botella cayó sobre la mesa y desparramó el vino que quedaba. El silencio se adueñó del ambiente.

El viejo, boca abajo, con los ojos descentrados, nunca más se movió.

Este cuento, escrito en 1988, es un homenaje al deseo de triunfar, y al PRODE que, como el boleto capicúa, son bellas nostalgias de los argentinos.

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(*) Profesor de la Universidad de Buenos Aires y responsable del área psicológica de todas las categorías juveniles de la Selección Nacional de fútbol de Argentina.

 

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