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Palabras en juego


Presentación

El deporte de las palabras

Evelio G. Palacio (*)

Un presidente del Oviedo, desilusionado por una nefasta racha de lesiones, lloraba ante los periodistas: "Estamos perdidos, tenemos la plantilla en taxis".

En chasis quedó un defensa carrilero gijonés, poco riguroso en los marcajes y con profundo juego de ataque, que a decir de su entrenador, y para su desesperación, no paraba de hacer "excursiones por la banda".

Para incursiones, las de los inicios de la fiebre de las retransmisiones televisivas. Un directivo futbolero asturiano andaba por aquellos tiempos encantado porque, por fin, los partidos iban a llegar "hasta los pueblos terremotos".

Ni un solo hincha del Sporting, ni siquiera los de los pueblos más remotos, quedó aquella tarde sin conocer el contratiempo. El equipo se jugaba una final y la estrella estaba fuera de concurso. Un "esfinge" de tobillo, relataba un rojiblanco a otro conmilitón de camiseta, había sido la causa.

Con esguince verbal acabó un organizador de pruebas ciclistas que presumía de preparar las mejores carreras del mundo: "Yo no contrato a cualquier mismundi", declaraba por la radio.

Y no era ningún mindundi aquel locutor de campo que, ante un llenazo de la grada en un partido de excepción, preocupado por la larga cola que aún asomaba fuera del estadio, clamaba por la megafonía: "Rogamos al público que se comprima", descubriendo, diético hallazgo, el estado gaseoso del hincha que estira y encoge a conveniencia.

El deporte es también juego de palabras. Después del diccionario, la cancha es el mayor contenedor de palabras. Palabras que se atraviesan, palabras que se atragantan, palabras de moda y modos obtusos de interpretar las palabras, palabras que se vuelven palabros y palabros que llegan a alcanzar por repetidos al doctorado "honoris causa" de palabra.

En esas andábamos cuando apareció por allí, como traída del cielo, en una página impar de periódico, la reseña: "El profesor Castañón presenta su Diccionario terminológico del deporte". Jesús Castañón Rodríguez, palentino de cuna, asturiano de corazón, escritor, investigador, doctor en Filología Hispánica, había recopilado en 358 páginas un buen puñado de vocablos sobre la más grande de las pasiones humanas: la competición. Un hecho insólito, un hallazgo, un enfoque del deporte que casi nadie había intentado antes. Era una buena ocasión para redimir a todos los "mismundis" del mundo, a todas las "plantillas en taxis", a todos los lesionados graves con "esfinges" de tobillo.

Así nació en 2005, en La Nueva España , "Palabras en juego", una serie semanal de lunes en lunes -el día más deportivo de la semana periodística- que analiza el deporte por la boca: vocablo a vocablo, bocado a bocado. Cada deporte tiene su jerga, cada jerga se convierte en un manantial inagotable.

Dicen, y hasta con razón, que el periodismo deportivo está lleno de tópicos, que es adicto a practicar la violencia de género -masculino, femenino y neutro- con el lenguaje. También dicen, y hasta con razón, que no hay herramienta más poderosa que el periodismo deportivo para difundir el habla, para fijarla, calarla y darle una mano de tintura, para llevarla y traerla, colorearla, para mantenerla viva, para ponerle una capa de pintura.

"Palabras en juego" existe para responder a todo eso. Para divulgar y para comprender. Para aprender. Porque en el mundo del deporte las buenas formas lingüísticas también tienen un hueco. Fue un experimento, como esos chavales de la cantera que de repente necesitan aparecer en el equipo. Pero desde el primer partido ya no hubo lugar para la incógnita: Con el desparpajo de Kaká y la velocidad de Messi, desde el primer minuto ya se había hecho con un puesto entre los once titulares.

Las palabras tienen un orden. No es casualidad que deporte y sus derivados figuren en el Diccionario entre deportar, que es desterrar, y deportoso, que es sinónimo de divertido. Esa es la mezcla exacta que perseguía la serie: espantar malos hábitos lingüísticos, entretener con el lenguaje deportivo.

Las palabras tienen poder. Un atleta veloz comprendió la inmensa fuerza de la palabra cuando, dispuesto a cruzar la calle, una niña le salvó la vida sin mover un dedo desde la ventana. "Cuidado", le gritó, clavándole en la acera. Un ciclista cuesta abajo, plato grande, piñón pequeño, cabeza entre los cuernos del manillar hundida, le pasó silbando en las zapatillas.

El periodismo es, al fin y al cabo, el deporte de contar palabras. El deporte es, de cabo a fin, el gran inventor de las palabras. Eran dos mundos destinados a encontrarse. Jesús Castañón supo verlo como nadie, antes que nadie. "Palabras en juego" en La Nueva España es la respuesta.

Las palabras son un tesoro. Palabra.

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(*) Evelio G. Palacio es subdirector de La Nueva España. Oviedo (Asturias).