Lenguaje
deportivo y empresa
Emilio
Tomás García
(*)

La
Nueva Economía, concepto surgido a mediados de
los noventa al amparo de Internet, y que dio nombre a toda una
filosofía de hacer negocios abanderada por las empresas
de tecnologías de la información, ha creado una
imagen del hombre contemporáneo muy dinámico,
arriesgado, moderno, rápido de reflejos y capaz de afrontar
cualquier situación. Se trata de un perfil íntimamente
relacionado con los conceptos que siempre han definido el ámbito
deportivo, ya que, a su arrojo y valentía, ha unido una
sensibilidad especial -para la solidaridad, la unidad y el trabajo
en equipo- hasta entonces desconocida. Así, los departamentos
y las direcciones empresariales, las franquicias y las delegaciones
comerciales han pasado a ser equipos donde una cúpula
dirigente, perfectamente estructurada, tiene a su alrededor
un grupo de subordinados a los que hay que tratar también
como compañeros -e iguales, en las formas- de la misma
manera que un crack, con el diez a la espalda, se apoya
en sus compañeros obreros, aquellos que se encargan
de taponar a los jugadores rivales en el medio campo, para que
él -lucimientos personales al margen- pueda desarrollar
su juego delicado y artístico en beneficio del grupo,
como se repite tan machaconamente en los medios de comunicación.
Como
consecuencia, el mundo de la empresa asimila a la perfección
la metáfora deportiva, desde la manera de preparar los
partidos (campañas comerciales), hasta el modo de distribuir
las funciones sobre el terreno de juego (equipos de trabajo
perfectamente organizados bajo uno o varios líderes).
Todo ello, lógicamente, tiene su representación
-y escenificación, como no podía ser de otra forma-
en el ámbito de la lengua, ya que es la encargada de
transmitir las órdenes del entrenador (coach) empresarial.
Y, ahora, es común abrir un periódico y encontrarse
con mensajes del tipo de "es necesario mantener la maquinaria
de una empresa en plena forma", "los movimientos estratégicos
de una compañía le han permitido desplegar todas
sus piezas en el tablero del mercado internacional" o
"la fuerza de un equipo de trabajo reside en el entrenamiento
constante de todos los miembros de la organización".
Son mensajes con claras connotaciones deportivas que, debido
a la juventud de las plantillas -cada vez se posterga más
a los empleados que han pasado de los cuarenta- y a su espíritu
claramente competitivo -la escasez de trabajo, en España,
es un mal endémico- se fusionan con la realidad empresarial.
La
Nueva Economía, en entredicho desde la crisis
de la bolsa iniciada en la primavera de 2000, también
ha traído unas imágenes cargadas de libertad,
ilusión e independencia. De esta manera, deportes como
el paracaidismo, el snow-board, el surf o el alpinismo han tomado
posiciones en la representación de la realidad social
llevada a cabo por los medios de comunicación, cuando
se trata de reflejar el trabajo en equipo, el sufrimiento y
la lucha necesaria para escalar posiciones en el mundo de la
empresa, o incluso para animar a futuros candidatos a integrarse
en una organización. Al mismo tiempo, y dentro de esa
cancha tan competitiva en que se ha convertido el espacio
laboral, han proliferado los centros especializados en formar
a los directivos, con diseños de master y cursos de posgraduado
que impulsan la consecución de objetivos. También
en España hemos vivido una explosión -y convulsión-
de las escuelas de idiomas que animaban a sus potenciales clientes
"a elevar el listón de sus conocimientos"
y "vencer en la carrera por un mejor puesto de trabajo".
Además, las entidades bancarias y sociedades de inversión
han incorporado a su estética y lenguaje publicitarios
una inequívoca línea deportiva en multitud de
sus productos. En este caso, ya no se trata de deportes de aventura
con gran riesgo, como el alpinismo, sino de modalidades relacionadas
con la libertad controlada, como la vela. Del mismo modo, el
paracaidismo deja paso al sosegado y calculador golf. Así,
resulta curioso ver algunos lemas como "conseguir el
golpe más rentable", "dominar el terreno",
"impulsar los ahorros" o "abrirse camino
hacia la meta".
El
mundo de la publicidad, siempre atento a las tendencias e imágenes,
acordes con la actualidad, ha demostrado su capacidad para incorporar
todas las novedades deportivas que van surgiendo. Como contraste
a la información publicada en los medios, la publicidad
de inspiración deportiva tiene ahora unas características
especiales muy definidas, que se corresponden con lo que podríamos
llamar Sociedad del Ocio. De esta forma, se pierde el
sentido grandilocuente -y, si se quiere, más directo-
de la vieja publicidad, con el objetivo de crear unos ambientes
más relajados, rodeados de naturaleza, libertad y mucha
menor agresividad. Es una publicidad más metafórica,
que utiliza el deporte para hablar en mayor medida del sujeto
colectivo que del propio producto que se pretende promocionar.
Sin duda, hedonista y machista, que busca el poder a través
de la seducción: "El placer de ser el primero
en la meta, el placer de cruzar la meta el primero" (en
una promoción de un automóvil); "cuando
la pasión es común compartir algo es muy natural"
(en un anuncio de telecomunicaciones, que utilizaba el fútbol
como reclamo).
Las
páginas de las publicaciones económicas y de las
secciones especializadas en este apartado informativo -dentro
de los diarios generalistas- están plagadas de
referencias al deporte. Pero ya no a través de los anuncios
publicitarios, sino que fluyen de las declaraciones de los directivos
de una compañía, de los responsables gubernamentales,
de los propios analistas en sus columnas de opinión.
Se trata, y la Nueva Economía lo ha puesto de
relieve, de un ámbito de la sociedad donde el símil
y la metáfora deportivos pueden jugar un papel muy importante.
En este sentido, nos encontramos con titulares tan significativos
como "tablas" -en una columna de opinión
donde se analiza una jornada bursátil vivida sin subidas
ni bajadas- o informaciones donde se afirma: "El jaque
del Gobierno portugués al acuerdo suscrito en junio entre
el BSCH y el financiero Antonio Champalimaud por el que la entidad
española se hacía con el 40% del grupo de su propiedad,
ha terminado en tablas" y "Ford mueve pieza
como Volvo". Y no sólo se recurre a términos
ajedrecísticos, por supuesto, ya que también aparecen
la "superliga de las petroleras", "la bolsa,
como jugador número 13" y "el primer
asalto por el poder de la compañía".
Y son sólo unos pocos ejemplos.
Así,
se puede concluir que, partiendo de la premisa de que el deporte
es un elemento imprescindible en la sociedad global -y también
del ocio, que hemos creado- la tendencia es que su influencia,
lejos de decrecer, irá subiendo enteros. Auspiciado e
impulsado por las élites políticas y económicas,
el deporte forma parte de nuestras vidas. En una sociedad repleta
de simbolismos, donde los escudos, las banderas y hasta las
matrículas de los automóviles son objeto de consenso
político, el aspecto connotativo del lenguaje adquiere
una importancia capital. Ahora, estamos inmersos en la sociedad
del matiz, de la apreciación virtual, donde las cosas
en ocasiones no son lo que parecen o resultan lo que no son.
En este juego, lo mismo que en la despiadada competición
laboral, el deporte es una pieza esencial de comunicación
que nutre a directivos, empleados e informadores de la actualidad,
quienes después -en sus informaciones, crónicas
y artículos- explican a la sociedad, en muchos casos
con términos prestados del deporte, la evolución
de los mercados, la situación de una empresa frente a
sus competidores o los índices industriales.
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(*) Doctor
en Ciencias de la Información y periodista.