Copa del Mundo 2002 

"El esférico debe entrar en el cuadrilátero" o la cuadratura del círculo

Ricardo Bada (*)

Cuando uno se pone a pensar en la historia del fútbol, y sobre todo la de sus Campeonatos Mundiales, no sólo recuerda entonces los momentos gloriosos, como por ejemplo aquél gol que Pelé NO le coló a Banks, el arquero inglés, en el partido Brasil-Inglaterra del Mundial del 70 en México. ¿Lo recuerdan?  Es una de las secuencias más bellas e intensas de la historia del fútbol. Pelé saltando en vertical, derecho como una vela, para cabecear picando al ángulo inferior izquierda, y Banks desplazándose en el aire como un delfín, desde el palo contrario, para despejar a córner. Algo de lo que solemos definir como milagro se materializó en ese instante.

Pero ya digo, no sólo recuerda uno tales momentos gloriosos cuando se pone a pensar en la historia del fútbol y la de sus Campeonatos Mundiales. También recuerda uno, ay de mí, aquél vergonzoso empate entre las selecciones alemana y austríaca, en Gijón, España 1982. Todavía lo recuerdan en Gijón, aquél pasarse la pelota entre unos y otros como si estuvieran en un entrenamiento, y era porque el empate aseguraba el paso de Austria a la ronda final, quedando Argelia fuera de ella. Y todavía se le enciende a uno la cara de rubor y de rabia al recordarlo.

Eso para no hablar de la abultada derrota que encajó Perú, por órdenes superiores, contra Argentina, en el Campeonato de 1978, derrota con la que el anfitrión se aseguraba jugar todos los partidos de la ronda final en Buenos Aires.

Y también recuerda uno el insulso peloteo de los brasileños y los italianos en la final de Los Angeles, 1994, un espectáculo que daba pena verlo, y sobre todo a los dos arqueros, quienes muy pronto debieron tener claro que sus compañeros lo que querían era llegar a la tanda de penalties, lavándose así las manos de toda responsabilidad.

En este último caso no intervino la política, en los otros dos sí, y es a ello a lo que quiero referirme hoy, a la profunda conexión de la política y el fútbol, en especial cuando se trata de los Campeonatos Mundiales.

Estudios serios, avalados por historiadores, han llegado a la conclusión de que la revuelta húngara de 1956, aplastada por los tanques soviéticos, tal vez nunca hubiese tenido lugar si el equipo magiar y mágico capitaneado por Puskas hubiese ganado la final de Berna, en 1954, contra el once de una resucitada Alemania.

En aquél mundo tétrico del socialismo real, a los húngaros, en 1954, la única ilusión que les quedaba era ganar ese Campeonato. La frustración por el 2:3 se articuló dos años después de una manera política, esto es lo que aseguran quienes entienden del tema.

Ahora, en vísperas del torneo que ya se está celebrando en Corea y Japón, apareció en Alemania un libro cuyo curioso título hacer pensar en la cuadratura del círculo. Este libro se llama «El esférico debe entrar en el cuadrilátero», y su autor, Helmut Schümann, sostiene que la relación entre política y fútbol, concretamente la Bundesliga alemana, se evidencia en paralelos que nunca se nos hubiese ocurrido imaginar.

Por ejemplo aquellos pases largos y fulgurantes de Günter Netzer, en la época dorada del Borussia Mönchengladbach, aquellos pases que parecían abrir un espacio nuevo, impensado antes de que Netzer chutase, aquellos pases, digo, según Helmut Schümann, son el correlato clarísimo de la Ostpolitik propuesta por Willy Brandt y que le abría un espacio de maniobra política hasta entonces inexistente a la República Federal de Alemania. No pongo otros ejemplos porque están muy ligados a nombres y circunstancias muy específicos de la política y el fútbol alemanes, pero puedo asegurarles que el autor es bastante convincente en su argumentación.
Lógicamente pienso que no debemos exagerar en nuestras extrapolaciones, pero que tampoco deberíamos olvidar lo que dicen los gallegos de las brujas: "Verlas no las vi, pero haberlas haylas".

A mí me da mucho que pensar, por ejemplo, el hecho de que en los 16 Campeonatos Mundiales que ya van por delante, ocho hayan sido ganados por el hemisferio Norte y los otros ocho por el hemisferio Sur. Pero me da mucho más que pensar el
que desde 1950 no haya habido ninguna final exclusivamente latinoamericana (sólo han sido dos), mientras que finales exclusivamente europeas van nada menos que seis. Y a todo esto, Africa (olvidémonos de Asia y Oceanía) Africa todavía sin
mojar, como de manera tan gráfica dicen en la Madre Patria. Si todo ello no es un reflejo de la política, ¿de qué otra cosa pudiera serlo?

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(*) Periodista

 

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