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Gracias,
señor Fischer
Óscar
Domínguez
(*)

Los
ajedrecistas no mueren, enrocan largo. Es lo que acaba de hacer
Bobby Fischer, quien parecía jugar al ajedrez inspirado en
el soneto de Lope de Vega al amor: "Desmayarse, atreverse,
estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado,
mortal, difunto, vivo...".
Decidió
vivir de una vez todas sus vidas futuras. Le ayudó un coeficiente
intelectual superior al de Albert Einstein. Madrugó a ser
genio. Aprendió a jugar leyendo un manual de ajedrez, algo
tan exótico como aprender trigonometría devorando
libros de botánica.
En
esos primeros teterados ajedrecísticos hizo el prekínder
que lo llevaría a las grandes ligas del juego, que es como
el mar: solo se ve el agua de encima. La procesión va por
dentro.
Les
arrebató la hegemonía ajedrecística a los soviéticos.
Algo tan importante en la política exterior de su país,
como ser los primeros en robarle piedritas a la Luna en vivo por
televisión.
Ganó
el campeonato y luego se refugió en el olvido como una marchita
diva del cine mudo. La FIDE se resistió a sus exigencias
y el de Chicago prefirió el anonimato a recular.
Estados
Unidos lo utilizó primero y luego lo desechó, como
un kleenex. Los gorilas del FBI lo persiguieron para meterlo a la
guandoca por el "crimen" de ganar plata jugando ajedrez
en un país (Yugoslavia) que no contaba con el beneplácito
de Washington.
La
aldea global se levantó contra el exabrupto. Para salvarlo
de la extradición a su país, una japonesa, Miyoko
Watai, la Yoko Ono de Bobby, para sus amigos, se casó con
el hombre que confundía el amor con un policía acostado.
Para él sólo existía la recursiva e imponente
dama que hace del ajedrez un juego feminista. El rey juega el papel
de desteñido príncipe consorte.
Miyoko
y Bobby volaron a Islandia y el tesoro gringo se quedó con
las ganas de ordeñarle dólares para sus inútiles
guerras.
"Me
dan lástima quienes no ven belleza en el ajedrez", decía.
Cuando disputó el match contra Spassky había fiebre
de ajedrez a 40. La radio transmitía en directo las partidas
como si fuera un partido de fútbol. El maestro Boris de Greiff
lo hacía por Caracol, este pecho por Todelar.
Ningún
juego inventado por el hombre le lustra los zapatos a éste
que vino a lomo de cobra desde la India. Por ley, jugar ajedrez
debería ser obligatorio.
Antes
de Fischer, los ajedrecistas, como los poetas, eran bohemios, feítos,
mal vestidos, con el almuerzo embolatado. Con él sobre el
tablero aprendieron a exigir económicamente. Ya conocen los
secretos de Wall Street como Beckham, Federer, Tiger Woods, Alonso.
Su
caballerosorival en la fría Reykiavik (Islandia),Boris Spassky,
dijo que Fischer "es una persona que hace todo contra sí
mismo". Vivió furiosamente, a la enemiga, sin hacer
concesiones. Renunció a la ciudadanía estadounidense.
Al presidente Bush no lo bajaba de "criminal". Se alegró
con el atentado del 11 de septiembre contra las torres repetidas.
Fue rebelde con y sin causa, dentro y fuera del mundo blanco y negro.
En
Reykiavik se hizo campeón y allí acaba de concluir
su viaje a Ítaca. Al final de sus días tenía
un remoto parecido con Walt Whitman, a quien seguramente nunca leyó.
Solo le interesaba todo lo que tenía que ver con ese juego
en el que "se odian dos colores". Que la diosa Caisa lo
tenga a su derecha.
Me
habría gustado encontrarlo en algún supermercado para
decirle lo que una devota a Groucho Marx: "Por favor, no se
muera". Paz sobre sus 64 escaques.
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(*)
Periodista
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