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Relato
Un
encuentro romántico
Jesús
Castañón Rodríguez (*)
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"Un
encuentro romántico" pertenece a Futbolatos,
una antología de 33 relatos de fútbol con una
extensión máxima de 90 líneas y que recoge
las obras participantes en el concurso del mismo nombre.
Para
adquirir el libro, la referencia completa es:
Futbolatos.
Madrid: Edición Personal,
2004. ISBN: 84-95461-21-8
Edición
Personal. Plaza de Santa
Catalina de los Donados, 3-3º-4. 28013 Madrid. Teléfonos:
(+34) 91 559 29 49 .Sitio
web: www.edicionpersonal.com.
E-mail: edicionpersonal@edicionpersonal.com.
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Llovía
tímida y lentamente. Se difuminaban los límites entre
el mar y el cielo. El tintineo de las gotas de agua acompañaba
al sonido de los disparos de una cámara fotográfica
que captaba la mirada triste, el dinamismo del pelo y el expresivo
perfil de la estatua de una mujer.

El
fotógrafo serpenteó el paseo marítimo entre
el rugir acompasado de las olas y las caricias del viento y llegó
a un estadio entre un aroma de eucaliptos. Franqueó la puerta
de prensa y recogió la acreditación. Se enfundó
un peto entre un bullicio de gente con prisas, trípodes que
parecían andar solos, luces de flashes dispuestas a iluminar
un nuevo milagro y voces de saludos efusivos.
Fue
engullido por largos y estrechos pasillos hasta salir al túnel
de vestuarios. Subió los peldaños que accedían
a la cancha mientras aumentaba el número de pulsaciones de
su corazón. Abrió un sobre con una misión que
le había sido asignada. Leyó su contenido y no movió
ningún músculo. Había sido enviado allí
para hacer un reportaje difícil: el arte en el campo más
antiguo del fútbol profesional en España.
Lanzó
unas primeras fotografías y recorrió las bandas cabizbajo
para estudiar las posibilidades del campo. Pensaba que aquello era
imposible. Vio cómo las diferentes personas que forman parte
del espectáculo iban tomando posiciones. Se situó
tras la portería del fondo norte. Se sentó en el suelo
y preparó el equipo. Hizo más instantáneas
durante el primer cuarto de hora de la primera parte.
En
un mal paso, el fotógrafo resbaló y cayó al
suelo. Temió haber roto la cámara y rápidamente
comprobó que conservaba las fotos lanzadas. Descubrió
que el brazo izquierdo de la estatua de la mujer le hacía
un gesto para que cerrara los ojos. Por un instante todo se detuvo
y se llenó de magia. Al volver a abrirlos muy lentamente,
en un contrafundido, la cancha había tomado otro aspecto
al haber sido conectada la luz artificial. Aparecía un nuevo
mundo de colores y contrastes que le hizo sentarse en los fosos,
subir a las gradas, tirarse en plancha a ras de suelo, colocar la
cámara detrás de las porterías...
Ante
la cámara digital El Molinón era ahora un museo especial
y el partido un encuentro romántico con las bellas artes.
Era el cuadro de una playa donde el rojo y el blanco iluminaban
de ilusión un césped de colores verde y azul y la
arena gris de las gradas mientras las gaviotas sobrevolaban en círculos.

Captaba
estatuas fluidas. Fijaba paradas, remates, regates, fintas... mientras
los jugadores y el partido seguían en su imparable discurrir.
Detenía en el tiempo infantiles sonrisas ilusionadas, bocas
abiertas y miradas de agua que ya no correspondían a escolares
sino a futuros atletas.
Disfrutaba
de la percusión de silbidos y palmas, de la sinfonía
del picar de la pelota, de los ruidos contrapuestos de arrastres
de botas, gritos de entrenadores o relatos periodísticos
apasionados hasta estallar al unísono en una ola de fantasía
envuelta en rugidos de ges, cimbreos de oes alargadas y eles en
cascada cuando marcó el Sporting.
Notaba
la gimnasia de las palabras en busca de expresiones populares, de
esfuerzos de imaginación para conseguir una alquimia de los
estados de ánimo. Estaba ante un juego de ingenio y de creación
literaria para narrar la lucha por hacer realidad los sueños,
para cantar que lo mejor está siempre por ser conquistado.
Gracias
a aquella intervención de la estatua descubrió la
arquitectura apacible del estadio y su capacidad para esparcir felicidad
y crear nuevos sentidos. Comprendió que el fútbol
es un bello arte en movimiento en el que los zapatos de la fantasía
rematan desde la grada, los corazones unidos realizan parábolas
junto al balón, los sentimientos corren la banda para buscar
un contagioso estado de euforia y gratitud, las emociones hacen
paredes de color esperanza para salvar tiempos de necesidad.
Posteriormente,
cubrió el bullicio de la rueda de prensa entre crónicas
realizadas al vuelo, relatos por teléfonos móviles,
noticias rápidas saliendo con urgencia para diseminarse desde
Internet, más fotos, imágenes de televisión...
El fotógrafo entregó el peto y recogió el material.
Salió feliz del estadio entre una riada de gentes porque
ya tenía el reportaje de la misión que le había
sido encomendada.
Volvió
a pasar entre los eucaliptos, a ser abrazado por el viento. Se acercó
a la estatua que le había sugerido ese punto de vista tras
su caída. Con ternura, rodeó su cuello con una bufanda
rojiblanca, agarró su mano izquierda y besó con suavidad
sus labios de bronce. Un tintineo de lágrimas era su agradecimiento
por abrigarle el corazón en aquella misión. Aquel
lugar se convirtió para el fotógrafo en un puerto
del que zarpar con nuevas energías.
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(*)
Editor de Idioma y deporte.
Copyright
© Edición Personal. Madrid.
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