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Relato
Fútbol

Pgarcía (*)
Fútbol:
juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuya finalidad
es hacer entrar un balón por una portería conforme
a reglas determinadas, de la que la más característica
es que no puede ser tocado con las manos o con los brazos.
Yo
odio el fútbol. ¿Por qué? Porque después
de más de medio siglo denostándolo, me veo obligado
a verlo por televisión. Y, encima, a darle las gracias.
Dejen
que lo explique.
Pertenezco
a una generación que en su juventud (contestataria, replicona,
iluminada, esnob, progresista, rebelde como todas las juventudes),
se hacía befa y escarnio del fútbol como afición
y deriva intelectual de masas. Mi generación, en su juventud,
se burlaba de la gente que gastaba los ahorros en el abono a un
club para asistir a sus partidos dominicales, a los que seguían
las incidencias de los campeonatos con atención digna de
mejor causa, y hasta aquél fenómeno llamado "Marca",
que de un semanario con fotos en color marrón terminó
convirtiéndose en diario. Mi generación, en su juventud,
empleaba la descalificación intelectual hacia aquellos sujetos
que sólo vivían de su afición a las vicisitudes
del balompié; y era tal su influencia, que nadie que aspirase
a ser tenido por docto, culto o simplemente estudioso, se atrevía
a demostrar simpatía por los avatares de dicho deporte. En
el mejor de los casos la llevaba en silencio, como un vicio secreto
y solitario.
Con
el paso del tiempo las cosas fueron cambiando. Primero tímidamente
y después sin el menor rubor, quienes accedían a la
intelectualidad, dejaron de ocultar lo que antaño habíamos
tenido por avilantez. Desde alguien tan prestigioso como don Fernando
Lázaro Carreter, a epígonos del comentario político
y radiofónico como Luis Herrero, Jiménez Losantos
y tantos otros, se permitían veleidades futboleras en el
ejercicio de su especialidad; y hasta un intelectual de la talla
de Manuel Vázquez Montalbán hacía público
su forofismo con el antaño denostado vector alienante. En
el fondo de mi alma, yo, futbolófobo integral, terminaba
por menospreciarlos. Hasta mi subestima se aproximaba al cero absoluto
con personajes como Pedro J. Ramirez de tanta influencia nacional,
o Pedrito Ruiz, caricato, poeta, entrevistador de altos vuelos ante
las cámaras televisivas, porque tenía entendido que
comenzaron sus carreras como periodistas deportivos y eso, a mí,
se me antojaba estigma imborrable.
Bueno,
después de cinco décadas de rechazos y descalificaciones,
aquí me tienen; ante la pantalla del televisor, tragándome
cualquier partido que echen. ¿Me he convertido? ¡No!
Entonces, ¿por qué?. Por la sencilla razón
de que los partidos de fútbol se basan en una emisión
de cuarenta y cinco minutos ¡sin cortes publicitarios! Posiblemente
es el período más largo de las televisiones sin que
se produzca interrupción por propaganda. Cualquier otro programa
(informativo, documental, de entretenimiento), apenas iniciado,
se interrumpe; le sigue un cuarto de hora de anuncios; se reanuda
un poquito y cuando estás cogiéndole el hilo, nueva
interrupción y otros quince minutos de espots; y así.
Sólo la transmisión del fútbol es sagrada;
sólo la transmisión futbolística rompe la norma.
Por las transmisiones del fútbol se suspenden sesiones parlamentarias;
por las transmisiones del fútbol se postergan las informaciones
de los más trascendentales acontecimientos; por las transmisiones
del fútbol se transgrede la dictadura de la frecuencia del
corte publicitario.
Yo,
que al cabo de tantas horas delante del ordenador escribiendo, o
con los codos en la mesa leyendo, necesito un descanso de imágenes
en la pantalla del televisor para relajar las pupilas; un descanso
que no se vea turbado por interrupciones de propaganda; y ese descanso
sólo me lo proporciona el fútbol.
A
veces me sorprendo encontrándole gracia a eso del balón
dividido, a lo del chut en forma de rosca, a lo del golpeo con la
parte interior del pie, al túnel, a la vaselina... Después
de tantos años de rechazo, por culpa de la publicidad, la
rendición. Por eso odio el fútbol.
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(*)
Articulista, divulgador, humorista y novelista.
Presidente de la Academia de Humor.
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