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Mané
Garrincha
Óscar
Domínguez
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Hola,
pueblo. Desde mi eternidad sin fútbol, les doy la cordial
bienvenida a bordo. Lo hago con ocasión de mi cumpleaños
el 28 de octubre que este año cayó en domingo, el
mejor sinónimo de gol.
En
Pau Grande, a 200 kilómetros del Botafogo de Río,
jugábamos con balones proletarios, de trapo, o hechos con
periódicos de ayer y amarrados con pita, para que no se desperdigaran
los goles. Los sofisticados balones de hoy son un tanto afeminados:
tienen de todo, hasta helio, sauna y manicurista.
Pensando
en mí, sospecho, Passolini escribió que el goleador
de un campeonato es siempre el mejor poeta del año.
Javier Marías, académico reciente, dice que el
fútbol es la recuperación semanal de la infancia.
Falso: es la recuperación diaria.
Aprendí
a hacer goles y a amar, en ese desorden. Desde entonces supe que
el amor es eterno mientras dura, como escribió
mi paisano Vinicius de Moraes. Lo supe por las múltiples
mujeres que hice felices e infelices al mismo tiempo. Es el extraño
IVA que hay que pagar por amar sin medida.
Nunca
me gustaron las medias tintas. A veces lo siento por Iraci, mi primera
dama, y por Elsa, la última musa, algo así como Vinicius,
pero de tacón alto.
Vinicius
también me dedicó un soneto: El ángel de las
piernas tortas. Sí, afortunadamente, nací con las
piernas un tanto desobedientes: que la una para acá, que
la otra para allá; que la derecha seis centímetros
más corta que la izquierda. Todo gracias a una madrugadora
poliomielitis.
Como
venía con el chip para jugar exquisito fútbol, convertí
la poliomielitis en arte. De ambas piernas me serví para
mi oficio. Muchos ven algo de Chaplin en mi forma de interpretar
ese deporte. Lo mío era samba con balón.
Cuando
sigo el fútbol desde mi hábitat entre las estrellas,
evoco la fugaz inmortalidad que nos depara el gol. Yo los hice durante
19 años en equipos de mi país, y en el Júnior,
de Barranquilla, cuando mi fútbol empezaba a ocultarse. Los
futbolistas nos suicidamos, o nos suicidan pronto en primavera.
Tenemos escasa vida útil. El olvido está al final
de la escueta jornada.
Los
de mi generación casi ni aprendimos a leer. Preferíamos
vivir, y practicar el jogo bonito. Poco supimos de lidiar
la fugaz fama. Los tiempos cambian, claro está, para bien.
Lo digo yo que me jacto de haber buscado primero la felicidad para
mí. La caridad entra por casa. Luego divertí a mi
pueblo.
Siempre
creí que el dinero no hace la felicidad, pero ¡cuánto
ayuda! Es mejor ser rico que ser pobre, proclamó un colega
deportista que se ganaba el pan con el sudor de sus nocauts: Pambelé,
de Colombia, ex campeón de boxeo.
Aprovechándose
de mi nobleza, me obligaban a firmar contratos en blanco con mi
primer gran empleador, el Botafogo. ¡Cristo Redentor de Corcovado
si me explotaron! Por esa y otras razones que solo a mí conciernen,
llegué escaso de metal al final de la andadura. Y ciego,
convertido en Borges del gol. Lo que no deja de ser una ironía,
porque el gaucho memorioso pocón de fútbol.
En
la película Garrincha, estrella solitaria, de
Milton Alencar Jr., privilegian este aspecto de mi vida, privado
de la luz. La película que a veces es documental, me pareció
bella, a pesar de la crítica. Hay más leyenda que
realidad, pero así fue mi vida. A veces ni yo mismo sabía
dónde terminaba yo y donde empezaba mi leyenda.
Los
colegas que me dieron el codazo generacional, sí saben de
negocios. Han convertido el fútbol en una máquina
de hacer plata. Al lado de compañeros de rumba y mujeres
de viento, sacadas de la pasarela, tienen asesores económicos
políglotas, fugados de Harvard. Se defienden lo mismo en
la mesa, el Spa, el turco, la junta de negocios, que en el campo
de juego.
Que
lo disfruten. Se lo merecen. Ellos, como yo, somos payasos que tenemos
el encargo de distraer a los hinchas que son cosa vana, variable
y ondeante.
Antes
se hablaba de pan y circo. El circo de ahora lo ponemos los futbolistas.
Menos mal, la torta económica está mejor repartida.
No en todas partes, por supuesto. Los de abajo siguen siendo los
de abajo. Los Garrinchas.
Zidane,
Ronaldo, Beckham, Figo, Henry, ganan y gastan. No se enloquecen
con el billete. Y hacen bien. Para mi gusto, me quedo con Ronaldinho,
cuyo fútbol ha estado de vacaciones desde el último
mundial donde ni fuimos pragmáticos ni jugamos lindo.
Ojo con el pibe Messi. Creo que ha estudiado mis videos. Juega con
la alegría, las ganas y la picardía que exhibía
yo en Pau Grande.
Todos
hicieron su master en los potreros, la mejor universidad. Ellos
tienen más de Garrincha, el pájaro pobre y veloz que
me prestó su nombre y en el cual reencarnaba cada vez que
hacía un gol, así fuera en Pau Grande, en Suecia o
en Santiago, donde fuimos campeones del mundo.
Al
final de mis cincuenta años me goleó el alcoholismo.
No pude resistir su dribling endiablado. Lo digo yo que enloquecía
a mis marcadores con mi prestidigitación. Gallego, mi marcador
cuando enfrentamos a Millonarios, en Bogotá, todavía
me está buscando.
Como
se lo dije a manera de epitafio a Cepeda Samudio un periodista barranquillero:
Yo viví la vida, la vida no me vivió a mi.
Con el gorrión de París, Edith Piaf - Garrincha de
la voz- aprendí que uno tiene que merecerse la muerte.
Hice mi tarea. Ahí les dejo el cuero, uno de los alias del
balón.
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(*)
Periodista
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