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En
la retirada de Carlos Valderrama
El
adiós de un hombre 10
Óscar
Domínguez
(*)

Carlos
el Pibe Valderrama, el hombre que convirtió en
obra de arte y de eficiencia el liderazgo, la estrategia y la lentitud
para jugar fútbol, decidió cortarse los rizos de número
diez cuando todavía le quedaban restos de genialidad en los
guayos.
Su
ilusión era hacer goles o ser cómplice de ellos en
el equipo en el que se inició como profesional, el Unión
Magdalena, de su Santa Marta natal. Pero el hombre propone y el
azar dispone. El pragmático Valderrama asumió que
no estaba para el fútbol la mañana que había
sido convocado para una primera práctica en el Unión
después de una dieta de fútbol de varios meses. Se
despertó una hora y media después de iniciada la práctica.
Cuando
uno llega a esta situación (quedarse dormido) lo mejor es
irse, y yo me fui, sintetizó el Pibe en
una síntesis que es toda una jurisprudencia para
saberse retirar de un oficio antes de que éste se retire
de uno.
Nostradamus
de su propio destino, descifró que su reloj biológico
le había sacado tarjeta roja, y se marginó del activismo
balompédico. Lo hizo tan bien en su oficio que el Rey Pelé
no vaciló en incluirlo entre los mejores 120 jugadores de
esta pelota de fútbol llamada tierra.
En
tiempo triple A de televisión, un día domingo, el
país lacrimoso y agradecido despidió al silencioso
y al mismo tiempo extrovertido crack nacido en el popular barrio
de Pescaíto, en Santa Marta (septiembre 2 de 1961), la caribeña
capital del Magdalena que ha dado otras figuras diez como el Nobel
de Literatura, Gabriel García Märquez, y el fundador
del guerrilla chévere del M-19, el fallecido
Jaime Bateman Cayón, el de nariz quevediana que dio los primeros
pasos para convertir en chatarra los fierros con que trató
de golear y derrocar- el establecimiento.
Otro
paisano de los anteriores que pone al pais en las rotativas de la
gran prensa y vamos incluyendo en ella este inventico llamado
internet- es el juglar Carlos Vives, actor, cantante y laureado
intérprete de vallenatos, quien jugó en el partido
de despedida con el siguiente saldo: mejor que siga cantando.
Como
es ritual entre futbolistas, la despedida de Valderrama, de 42 años,
21 de ellos metidos dentro del rectángulo de juego de unos
cien metros por cincuenta, se dio durante un desafió entre
colegas venidos de todas partes del mundo. Amigos de Colombia
y Amigos del mundo, fueron bautizados los fugaces equipos.
Nunca tantos jugaron tanto sin tanto estrés. Habrían
podido jugar el partido de corbata.
El
contingente foráneo estuvo encabezado por uno de los más
grandes número 10 desde que los ingleses inventaron este
esperanto de las patadas que es el fútbol: Diego Armando
Maradona, importado de Cuba para la ocasión.
Sobregirado
en kilos, Maradona jugó desde la tribuna el partido que terminó
en un diplomático 3-3. No haber venido habría
sido una traición, declaró el golfista Maradona
antes de regresar a la hospitalidad que le brinda su amigo Fidel
Castro en su refugio junto al mar de La Habana, de donde vienen
los cantantes.
Fueron
de la partida otras figuras como el chileno Zamorano, el uruguayo
Enzo Francescoli, el paraguayo Chilavert, el Beto Acosta,
de Argentina, para no alargar el chico.
Para
que no faltara nada en el libreto de este reality en
paños menores, todo parecía dispuesto para que Valderrama
anotara el tercer gol de su equipo y creara los pases certeros,
casi inverosímiles, como medidos con un metro, que lo hicieron
famoso en equipos de Colombia, el Montpellier, de Francia y el Real
Valladolid, de España, adonde exportó su talento y
donde fue subalterno del técnico Pacho Maturana y colega
de René Higuita y del eterno Leonel Alvarez todavía
activo.
Sus
últimos cartuchos como jugador en ejercicio los quemó
el Pibe en septiembre de 2002 con el equipo Colorado Rapids, de
Estados Unidos, adonde había emigrado a sacarle dividendos
al insomnio americano siguiendo la línea de otros colegas,
incluído otro diez inmortal: el Rey Pelé.
Por
razones de marketing balompédico seguramente, Valderrama
y su corte escogieron para la despedida la ciudad de Barranquilla,
primera ciudad de la costa caribe colombiana, sede de otro equipo
de sus entretelas, el Junior. Con las camistas del Junior, el Unión
y la Selección Colombiana, el Pibe le dio la vuelta al ruedo
como un torero que acaba de cortar oreja, rabo y pata. Antes había
sido remplazado en el equipo colombiano por su hijo Kenny. Al inicio
del partido se había abrazado con su otro vástago,
Allan. A los dos les entregó la posta de su oficio.
Valderrama
cerró su despedida a lo mero macho: llorando abrazado a su
padre Jaricho a quien le dijo, según delató
un imprudente micrófono que invadió su privacidad:
Viejo man: se acabó como queríamos: con el estadio
lleno. Su silenciosa y discreta mujer, Claribeth (cherchez
la femme), desde la tribuna, hacía trío llorando
también a moco tendido. Los agradecimientos también
eran para ella.
Muchos
años atrás, Barranquilla fue escenario de la despedida
de otro grande del fútbol del mundo: el brasileño
Mané Garrincha, quien no sólo dejó su huella
digital de buen fútbol el que jugaba escriturado a
la línea derecha- sino bellezas como ésta: Yo
vivo la vida, la vida no me vive a mí.
Y
otra enseñanza que seguramente comparten Valderrama y sus
alegres compadres: Al igual que a los payasos en el circo,
(a los futbolistas) nos aplauden si lo hacemos bien y nos insultan
si lo hacemos mal, pero de ambas maneras los estamos divirtiendo.
Imposible una mejor radiografía de su majestad el ondeante
hincha.
Tiene
razón Garrincha y le sobra para seguir gozando de su eternidad
sin goles, si bien ya no es válido hablar de pan y circo,
como en tiempos de los romanos. Ahora podemos hablar de pan y fútbol
y todos tan contentos. (En Colombia, un viernes enterramos a un
candidato presidencial asesinado por la mafia, Luis Carlos Galán,
y dos días después, sin ponernos colorados, el país
estaba pendiente de un partido que la selección jugaba en
Barranquilla contra Ecuador.... Siempre Barranquilla).
Pienso,
luego juego
En
un jugador de fútbol el silencio y la lentitud deberían
ser defectos para ser titular eterno del banco de suplentes. Valderrama
convirtió en virtudes estas aparentes flaquezas.
Cuando
al argentino César Luis Menotti le criticaron el juego parsimonioso
del Pibe reviró: No lo necesito para que
corra sino para que piense. Y acabó con las suspicacias.
De paso lo graduó de líder indiscutido, una de sus
grandes virtudes. Como líder, veía las cosas primero
que los demás, reconoció su compañero Alexis
Mendoza. Y otro Alexis, de apellido García, quien jugó
con el número diez en la selección y en el Atlético
Nacional, celebró su capacidad para ocultar sus errores.
Alfio
Basile, otro técnico gaucho, tampoco ahorró epítetos:
Si metiera goles, habría sido el mejor diez del mundo.
Pelé y Maradona no lo dejan mentir. Tal vez por generosidad,
al Pibe, antes que hacer goles, le dictaba hacérselos
fáciles a sus compañeros.
Sin
hacer goles fue declarado el mejor jugador de América en
1987 y 1993. Hizo pocos goles en los 112 partidos que jugó
con la selección. En dos ocasiones, divorciado de la
red, como dicen los cronistas deportivos, fue campeón
con el Junior de Barranquilla y con el Montepellier francés.
En tres campeonatos mundiales vio hacer goles a sus compañeros
y cómplices de la selección de Macondo.
Pocos
goles, frustración y una tocata de testículos
le dejó su desteñidda andadura por el Real Valladolid.
En vivo y en directo por televisión, los espectadores vimos
como Michel Salgado, del Real Madrid, le tentaba los testículos
al rubio. ¿Tú eres marica?, le preguntó
Valderrama a quien se dedicaba a tan exóticas matemáticas
ante el mundo ancho y nada ajeno de la tv. De pronto, el buen Michel
solía quería comprobar in situ si es verdad
que los costeños están mejor dotados entre las piernas
que el resto de los mortales colombianos.
El
disciplinado diez siempre supo estar en el lugar indicado en el
campo de juego. Y en centésimas de segundo, sabía
resolver qué jugador estaba en mejor condición para
abochornar al contrario con sus goles. Instintivamente, sus colegas
buscaban siempre al Pibe para desembarzarse del balón.
Él sabía mejor que nadie el destino inmediato del
cuero, otro de los alias del balón.
Todo
bien, todo bien
Por
temperamento, los caribes como Valderrama son extrovertidos. Son
huracanes al lado de los fríos cachacos, como
nos llaman a los solemnes habitantes del interior. El Pibe
parece haber escogido el escueto lenguaje telegráfico para
expresarse. Más que hablar prefiere hacer. Es el credo de
los pragmáticos.
En
Colombia, se ha vuelto una costumbre que presidentes y futbolistas
sigan teniendo vigencia cuando ha terminado su cuarto de hora en
el poder o en las canchas. Casi duran más sin el poder que
con él. También se parecen en que se van dejando una
que otra frase para la posteridad.
Valderrama
acuñó la célebre: todo bien, todo bien.
La frase que hizo carrera la pronunció en momentos en que
no le podía ir peor a la selección. Era la forma muy
personal de no dejar cundir el pánico entre sus huestes.
La frase sigue siendo una especie de dosis personal de optimismo
en posiciones de zugzwang, la palabreja alemana utilizada
en ajedrez para describir situaciones desesperadas en las que se
pierde la partida, cualquiera sea la jugada que haga.
Un
excampeón mundial de boxeo, Antonio Cervantes, Kid Pambelé,
consignó su frase para la posteridad: Es mejor ser
rico que ser pobre.
Martín
Cochise Rodríguez, de los grandes del ciclismo
de Colombia, aportó la suya: En Colombia se muere más
gente de envidia que de cáncer.
Francisco
Maturana, el defenestrado entrenador de la selección colombiana,
ahora trabajando en el fútbol argentino, ha dejado un reguero
de metáforas. Se destaca su archifamosa perder es ganar
y el mañana volverá a salir el sol, después
de algún incómodo revés. La primera frase todavía
tiene cerebros fugados y quedados detrás de ella indagando
su profundo significado.
También
como cualquier duradero expresidente, el Pibe podría
perpetuarse como técnico, si se cumplen sus sueños.
Otro de sus biografos de los últimos días, el argentino
Jorge Valdano, director deportivo del Real Madrid, consideró
que Carlos sabe de fútbol más de lo que él
cree y cuando esté delante de un jugador sabrá expresar
un mensaje coherente. Mejor padrino no podría tener
ahora que cuelga los guayos.
Sin
duda, habremus Valderrama para rato. Dios salve al Pibe...
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(*)
Periodista
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