Fútbol: Campo cultural y referente de identidad en la región. Hacia una tipología de los aficionados

Enrique Rivera Guerrero (*)

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Las prácticas culturales son característica propia de las regiones a las que pertenecen; estas se forjan y surgen en la historia y de su particular desarrollo. Consideramos al deporte como un campo cultural arraigado en la región sociocultural y tan diferente como cualquier manifestación cultural propia de la zona de la que estemos hablando, así como heredado de generación en generación en el encauce de la formación y el moldeamiento del habitus.

Aquí nos ocuparemos del deporte del fútbol, actividad que según la definición del Diccionario del español usual en México, el fútbol es el "deporte que se juega entre dos equipos de once jugadores cada uno, que consiste en pasar y golpear con el pie la pelota por el campo de juego para procurar que alguno la meta en el marco o portería del equipo contrario, tantas veces como sea posible a lo largo de 90 minutos de competencia, divididos en dos tiempos de 45 minutos" (Lara, 1996:451).

El fútbol es cultura entendido como la manifestación simbólica de las prácticas sociales; es una actividad en la que existen agentes sociales tales como: practicantes, espectadores, público, difusores, empresarios, entre otros. Podremos analizar cada uno de los elementos interconectados en los campos de organización de la sociedad (económico, político, cultural, social, etcétera), que tradicionalmente son desdeñados por los científicos sociales. Tal vez esto se debe a que lo tenemos todos los días, presentado como forma de actividad alienante. Pero cada dos años (ya sean en Juegos Olímpicos o Mundiales de fútbol) nos acordamos de esta actividad lúdica, de gran valía para la humanidad.

"¿Cómo puede explicarse que un fenómeno social que arrastra o atrae a millones de aficionados en el mundo entero no sea desentrañado y analizado por la ciencia social?", se pregunta Julio Mafud, específicamente respecto del fútbol. Según Norbert Elías y Eric Dunning, hay tres aspectos que han llevado al deporte a tener cada vez mayor importancia social; éstos son: 1) el hecho de que ha cobrado fuerza como una de las principales fuentes de emoción agradable; 2) el hecho de que se ha convertido en uno de las principales medios de identificación colectiva, y 3) el hecho de que ha llegado a constituirse en una de las claves que dan sentido a las vidas de muchas personas (Elías y Dunning, 1992:266). Los dos últimos puntos son los que destacamos, con el deporte como identificador de una colectividad regional y su incorporación en el habitus y consumo cultural de un público competente en dicho campo cultural.

La cultura es inseparable del hombre, sus acciones y organización, sus objetos y manifestaciones simbólicas. El carácter simbólico de la cultura la entenderemos como la manifestación simbólica de las prácticas sociales en la configuración del sentido de identidad.

Acerca de comunicación y deporte, Antonio Alcoba indica que probablemente no exista en nuestra sociedad una actividad generadora de más símbolos y signos. La propia actividad necesita de una serie de ademanes y gestos, la vestimenta de cada deporte es diferente, los emblemas y logotipos de clubes, etc. Pensamos que esta proliferación de colores y logotipos, es decir, los símbolos, son comunicados al seguir a los clubes o equipos, en objetos en los que se materializa el sentido de identidad.

1. Campo cultural
Un campo cultural se define como un sistema específico de relaciones objetivas entre posiciones diferenciadas (Bourdieu-Wacquant. 1995:64), socialmente definidas y en gran parte independientes de la existencia física de los agentes que las ocupan. En otras palabras el sistema de relaciones sociales, que aglutina a un grupo de individuos con intereses comunes es el campo cultural; coloca como ejemplo el arte y todos quienes están involucrados a éste. Así, el campo legitima lo que está en su interior, con sus propios conceptos y reglas del juego.

Los modos de producción cultural se diferencian por la composición de sus públicos; burgués, medio y popular; por la naturaleza de las obras producidas; y por las ideologías político-estéticas que los expresan. Algunas características son: en la estética burguesa, tiene la disposición para gozar de las bellas artes legitimadas por su propio grupo y respectivo campo cultural, que impone reglas de percepción. La estética de los sectores medios se constituye por la industria cultural; y la popular se rige por una estética pragmática y funcionalista, se reducen las prácticas y los objetos a su función utilitaria. Así, el mercado simbólico configura las diferencias de gustos entre clases.

En el concepto de habitus, Nestor García Canclini señala de Bourdieu que "el proceso por el cual lo social se interioriza en los individuos y logra que las estructuras objetivas concuerden con las subjetivas" (Bourdieu, 1994:34). El habitus es un sistema de disposiciones permanentes y reubicables, que se integran con las experiencias del pasado y opera como pauta de referencia para percibir, apreciar, y disponer la voluntad de actuar y hacer posible el logro de objetivos, donde interactúan la historia social y la del individuo.

Según Gilberto Giménez, la cultura es concebida por Bourdieu como la distinción simbólicamente manifestada y clasistamente connotada, que se manifiesta en forma de comportamientos, consumos, gustos, estilos de vida y símbolos de estatus diferenciados y diferenciadores, pero también en forma de productos y artefactos diversamente valorizados (Mariquez, 1994:103).

Nuestro autor de referencia teórica, sostiene que en cada campo, el capital se encuentra distribuido asimétricamente, por lo que se produce o se negocia cierto tipo de capital. La finalidad de los agentes sociales en determinado campo es acrecentar su patrimonio particular mediante estrategias adaptadas a sus objetivos y posibilidades; con esto se incrementa su competencia dentro del campo cultural donde se desenvuelven. Estas estrategias utilitarias se realizan de modo inconsciente a través del habitus para conseguir intereses específicos, así el habitus es un elemento de orientación y encauce en el espacio social, congruente con los intereses particulares de un sujeto o grupo social.

La cultura podría definirse como el proceso de continua producción, actualización y transformación de modelos simbólicos en la práctica individual y colectiva, a partir de un "capital simbólico" socialmente poseído e individualmente incorporado. Un capital simbólico institucionalmente objetivado se interioriza en forma de habitus, y se actualiza, por medio de las prácticas.

En los últimos decenios se ha impuesto la concepción simbólica de la cultura, la cual supone a los fenómenos culturales esencialmente como fenómenos simbólicos, cuya interpretación está vinculada a las de acciones simbólicas. Así se ha llegado a concepciones como que la cultura viene a ser la dimensión simbólica expresiva de las prácticas sociales.

Por público cultural entendemos a los agentes sociales no especializados que poseen las disposiciones (inculcadas o adquiridas) con las que son capaces de evaluar, apreciar y valorar los discursos y los objetos de una oferta cultural. Nosotros aquí los nombramos como los aficionados. Éstos están incorporados por el habitus, que configura esquemas de percepción, orientación y acción. Parafraseando a Jorge González, es el origen y base de los estilos de vida, se incorpora durante la socialización en la vida familiar, y se va modulando y afinando en función de su contacto con nuevas situaciones y ofertas (González, 1994:13).

La oferta cultural es la presencia en el ambiente geográfico de posibilidades de acceso a los bienes culturales, posibilidades ofrecidas, entonces, por el campo cultural, entendido como el sistema de relaciones sociales especializadas en la generación, la presentación y la difusión de las representaciones sociales. El habitus "cambia y se transforma en medida que, en una sociedad específica, operan condiciones que la distinguen respecto a otras" (Manríquez, 1994:106).

También es posible pensar la cultura desde las relaciones de poder, el acceso diferenciado a los recursos y las oportunidades sociales, a los procesos institucionales mediante los cuales se produce, transmite y se reproduce la cultura. Entonces las formas simbólicas y los objetos están sujetos a procesos de valoración tanto de orden simbólico como mercantil.

Las prácticas individuales y sociales, que son culturales si se les considera bajo el ángulo de su dimensión simbólica o de sentido, tienen su principio generado en el habitus. He aquí el primer modo de objetivación. El habitus como sistema subjetivo, no individual, de estructuras interiorizadas que son esquemas de percepción, de concepción y de acción. A la vez puede concebirse como una especie de competencia cultural, al ser pensada como producto de condiciones sociales.

Se entiende como la base objetiva de los estilos de vida, como el conjunto de gustos y prácticas sistemáticas -como el consumo- características de una clase o de un grupo social determinado; entonces las prácticas del consumo cultural conforman un habitus, que genera una relación entre las condiciones de origen (encauce) -gustos, moda, estética y preferencias- y las condiciones de funcionamiento del sistema económico, es decir, entre las condiciones de existencia de los grupos -escolaridad, capital cultural, bienes y servicios culturales- y sus consecuentes proceso de transformación y reproducción social.

Así el habitus sistematiza el conjunto de práctica de cada grupo, determinando el modo de consumo de los individuos y las clases. Las prácticas de consumo vienen a ser la ejecución y reinterpretación del habitus, donde los portadores están determinados por su ubicación en la esfera de producción y su posición en la estructura social.

La cultura, vista como una distinción, expresada simbólicamente por los sujetos a partir de su pertenencia a una clase social determinada, se manifiesta de dos maneras:

1. En forma de comportamientos sociales, consumos culturales, gustos, estilos de vida y símbolos de estatus diferenciados. Antonio Alcoba ilustra al plantear que "una señora madura y con bastantes kilos de peso, acuda al mercado en vestimenta deportiva, ya no sorprende a nadie (...) esa distinción externa de la persona significa algo. Expresa un lenguaje simbólico solo factible de relacionar, por la prenda que se viste con una actividad, y esa será la deportiva" (Alcoba, 1993:4).

2. En forma de productos y servicios, diversa y simbólicamente valorizados. Nosotros integramos a los productos deportivos para practicarlo (balones, espacios, ropa, etc.) y aquellos objetos para expresar la identidad con el equipo como la pertenencia de camisetas, banderas, llaveros, etc.

También se ha explicado el desarrollo y desigualdad en el consumo, según el grado de accesibilidad real a los equipamientos, la disponibilidad de los recursos económicos, los hábitos culturales previos (habitus encausado) y la administración del tiempo en los diferentes sectores de la población. En este sentido no es solamente la diferencia de ingresos y nivel escolar las determinantes del consumo cultural, sino también el desarrollo humano, que ahonda las distancias económicas y educativas; ello genera procesos de segregación cultural y un bajo índice de aprovechamiento de los servicios culturales existentes.

2. Consumo cultural
Con lo anterior es posible definir el consumo cultural, como el conjunto de procesos de apropiación y usos de productos en los que el valor simbólico prevalece sobre los valores de uso y cambio. Para delimitar a los objetos de consumo cultural, hay que referirse a aquellos bienes, servicios o actividades, cuyo valor simbólico es consecuencia de la mediación social.

Se refieren a dos categorías, los objetos o prácticas adquisitivos, que son consumidos a través de la compra directa y en virtud de la cual se ofrecen en el mercado; y las prácticas y objetos no adquisitivos que no son transformados en mercancías, no se contratan comercialmente, no se ofertan en el mercado a cambio de precio. Sin embargo, son de consumo en la medida en que no pueden realizarse más que a través del uso y empleo de bienes y servicios, cuyo consumo sí se oferta, compra y disfruta mediante el mercado, transporte o uso de locales (Manríquez, 1994). Como es el servicio de transporte gratuito que un club puede ofrecer a sus seguidores para asistir y retirarse del estadio o el uso del local que entendemos como el inmueble del estadio de fútbol.

La práctica del consumo funciona como signo de distinción que, una vez percibido por el sujeto, puede ser acrecentado intencionalmente para acentuar las diferencias en su estilo de vida y que funcione como signo de identidad social. Tal como lo es el deporte y el fútbol que identifica a la persona como aficionado a un equipo y otros grupos sociales a los que pertenece.

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(*) Texto enviado por el autor, profesor de la Universidad de Sonora. Publicado en Sobresentidos. Estudios sobre Comunicación, Cultura y Sociedad. Comp. Agüero R., Arrueta C, Burgos, R. Universidad Nacional de Jujuy. Jujuy, Argentina. ISBN 978-950-294-9.

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