La llave del encuentro

Jesús Castañón Rodríguez

Al Real Madrid, en su centenario

Navidad, Navidad, dulce Navidad. En las aceras de Recoletos todos cantan rap. Navidad, Navidad, dulce Navidad. En Atocha y Castellana, todos sin parar.

Todo por culpa de una historia de fin de siglo ocurrida en la arteria central de Madrid. A mediodía de mediados de diciembre tres niños, tiraron de la chaqueta a una mujer para pedirle dinero. Ellos tenían un aspecto pobre y hablaban con acento americano. Ella respondía a la identidad de María Giráldez Pérez, una pecosa y pelirroja ejecutiva de empresa con aires de grandeza europea. En los pasadizos de Azca, María no les hizo caso porque uno de ellos se escudaba tras un gran cartón con la leyenda “No savo hescrivir Pido Alluda pair al fulbol”. Al cabo de un rato, María regresó del almuerzo y les mostró su desdén porque pedían para ir a un partido. Les comentó que la solidaridad era para ir a la escuela, al teatro, al conservatorio, a los museos, a las bibliotecas…¡a cosas serias!

Los ecos de esta segunda negativa recorrieron el subsuelo de la Castellana hasta llegar al Paseo del Prado. Allí, Neptuno, dios de navegantes y atletas, entró en conmoción. Se puso furioso y tomó vida. Se bajó del pedestal y se fue a ver a su madre, La Cibeles, unos metros más allá. Los dioses de Madrid se conjuraron y tramaron un plan de Navidad mediante la combinación de sus poderes: el furor telúrico de mares, lagos, ríos, fuentes, islas y montañas con la protección, la ayuda y las riquezas de la tierra. Aquella situación deportiva era nueva y su originalidad obligaba a la diosa a recurrir a la magia de su llave, especializada en abrir los tesoros ocultados por la tierra en invierno hasta manifestarse en verano. Era una situación que despertaba en La Cibeles tanta ternura como la vivida con el loco 16, el protagonista de la canción A la sombra de un león, que popularizó Ana Belén.

De pronto, Neptuno tomó forma de Papá Noel a las puertas de los grandes almacenes de El Corte Inglés de Castellana. Gritaba con voz ronca y profunda mientras hacía sonar una campana: “¡Jo, jo, jo, Merry Chritsmas!”. Una de las veces, su eco llegó  a Torre Picasso   en chulapo cañí: “¡Ojo, Mary con tu crisma!”. Había empezado a funcionar el plan. María tuvo un resbalón y cayó de bruces contra el suelo. Sonaba una ligera música de campanas y todo Madrid se detuvo congelado. En cuestión de instantes, La Cibeles se transformó en otro Papá Noel, los leones tomaron forma de renos y el carro se volvió trineo. Y en un visto y no visto, sobrevolaron el Banco de España, la torre del edificio de Correos y dejaron a sus pies un monumental atasco.

María era atendida por uno de los niños, con la mirada gris ceniza, ante la presencia de la diosa. Le besaba con dulzura todo su cuerpo futbolístico, del calcañar al flequillo, para transmitirle la energía oculta del dios-atleta Neptuno: una felicidad inconsciente, un buen ánimo y una paz interior capaces de hacer del balompié una patria para los exiliados, la libertad para los presos, la salud para los enfermos, la esperanza para desesperanzados, la fuerza para los débiles, el consuelo para los afligidos… María recibía lentos soplidos y besos muy suaves, cariñosos y apenas rozando en la cabeza, los hombros, el pecho, el vientre, la espalda, las nalgas… Acogía besos fuertes y rotundos en las piernas y en los pies, para que no volviera a pasar lo del talón de Aquiles.

Aquellos besos no eran lo que parecían, eran la protección para montar en el trineo de Papá Noel y llegar a una nueva dimensión: la del arte del encuentro entre los desencuentros. El silencio dio paso a un atronador ruido marino de olas entrecortadas, que se levantaban con un rugido de gé para cimbrear su cuerpo junto a una o alargada hasta romper su entonación en una ele en cascada y morir en la playa de vibrantes espumas en fuerte batir de palmas… La quietud  dio paso al movimiento. Con un toque de su mano fracturada, por culpa de una celebración de hinchas en la Copa del Mundo de 1994, Papá Noel obró el milagro. Como a María  le gustaban los tangos, la vistió de blanco, la transformó en futbolista argentina y la llevó al altar de una nueva religión. Tras cruzar la calle, la hizo debutar en la Liga de Campeones o Champions League, ante el conjunto belga del Anderletch en el estadio Santiago Bernabéu. Por megafonía anunciaban el cambio del defensa de cierre por la adaptación de su apellido Giráldez en un nombre deportivo: Yir. La animó el director técnico, mientras sus padres saltaban alborozados en las gradas, entre un público entregado que hervía de pasión.
                       
Pero hubo un momento en que todo estalló. Los locutores, con un tono apocalíptico exclamaron: “Yiiiiiiir, Yiiiir  arrrrrrrrannnncaaaaaaaa por la derecha, uno, dos, tres regates, tres recortes…

rrrrrrreeemmmmmmataaaaaa… Goooolpeaaaaa de cuuuuucharaaaaaaaa… ¡¡¡Goooll!!! ¡¡¡¡Ggoooooolllll!!!! ¡¡¡Ggoooooollllllll!! ¡¡¡¡¡¡Ggooooooollllllll!!!!!! ¡¡¡ Gggggoooooooooooolllllll!!!, ¡¡¡¡¡¡Ggoooooooollllllllll!!!!!! Autora del tanto Yiir, Yiir, Yiiir.  ¡¡¡Gol, gol, gol, gol, gol, gol, gol Yir, Yir, Yir, Yir, Yir, Yir, Yir!!! ¡Te queremos! ¡Te queremos! ¡Te queremos! ¡Te queremos! ¡Te queremos!
Y llovieron las explicaciones a dicho prodigio fin de siglo. Alfredo Di Stéfano, La Saeta Rubia, declaraba: “Yiiir fue ¡¡¡¡Báááárrrrrrbaraaaaaa!!!! Fue macanuuuuda, ¿viiiste? Cóooomo le diooo a la vieeeja. Le pegóoo bieeen, batióoo al porteeeero, entróoo la booola y fueee gol”. El director deportivo, Jorge Valdano, aventuró una explicación social: “Claaaaro, le dioooo a la gambeeeeta como si bailaaaara un taaaango en el vieeejo Bueeenos Aiiiires de Caminiiiiito, alláaaa en La Boooooca. Fue una interpretacióoooon del fúuuutbol con preocupaciooooones sociaaaaaales. Fue más que un regaaaaaate, ettteee, una maneeeeera de veeer la viiida con el corazoooon. Estuuuuvo macanuuuuuda la piiiiiba. Ni el Maradóooooo en La Bomboneeeeeeera”.

Acorralada por la canallesca y acariciada por las luces brillantes de los flashes de los fotógrafos en la rueda de prensa, Yir hizo unas declaraciones con las onomatopeyas propias de la forma de hablar de los futbolistas:
            -¿Cómo vio el gol? –le preguntaban los periodistas de los diarios deportivos-
            - Je, je. Yo cooogí la booola, pin, pan, hiiice un paaaar de pic y tac tac, le peguéee ¡pum! Y salióoo ¡psssssiiiii! Y ¡¡zzaaasss!! fueeee para adeeeentro. Je, je. Ché ¿viiiste? Muy feliiiz, fue tooodo muy liiiindo. Ya se saaaabe, fúuutbol es fúuuutbol y goool es goool. Vi cumpliiiido un sueeeño.

Salió del estadio en trineo para recorrer Madrid desde el cielo en una vuelta triunfal. Era una romántica escena de luces y estrellas entre la Castellana y Santa María de la Cabeza mientras el niño de la mirada gris, Mario Kempes, Diego Armando Maradona y Carlos Gardel no cesaban de cantar un nuevo tango, El sueño de la piba, recreación de El sueño del pibe de Reinaldo Yiso:

Llamaron a la puerta de la pintada casa,
la voz de La Cibeles muy clara se oyó,
y la piba corriendo con todas sus ganas
a un gato flaco sin querer pisó.
”Mamita, mamita” se acercó chillando;
su madre extrañada saltó del sillón
y la piba le dijo riendo y llorando:
”El Madrid me ha mandado hoy la citación”.
Mamita querida, ganaré dinero,
seré una Butragueño,
una Camacho, una Michel.
Dicen los muchachos
del Valdano argentino
que tengo más tiro
que el gran Velazquez.
Vas a ver qué lindo
cuando allá en el campo
mis goles aplaudan;
el fútbol vencedor.
Jugaré en el Calderón,
después en Primera,
yo sé que me espera
la consagración.
Apolillaba la piba y tuvo esa noche
el sueño más lindo que se puede tener:
el Bernabéu lleno, martes europeo
por fin en la Champions la iban a ver.
Faltando unos minutos están tres a cero;
tomó el esférico, serena en su acción,
gambeteando al Andreletch, enfrentó al arquero
y de fuerte tiro aumentó el marcador”.
 

Las notas melódicas del bandoneón y el piano sonaban muy fuerte,  relampagueaban ritmos sin cesar. Los corazones vivían cardíacas emociones con intensidad, mientras el lindo sonido se diluía entre la M-30 y la nacional. María despertó en la madrileña Plaza de Pirámides, al noroeste de Egipto, el lugar donde ahora taconea un espíritu caló: el de La Faraona, Lola Flores, entre sentidos lolailos de sonoras palmas y oscuro dolor.

Tras ese desfile de almas, la vida de nuevo su cara tomó. Papá Noel recogió su llave y el fútbol, su divino tesoro, otra vez enterró. Entre cánticos de oé-oé, patanes, garrulos, bombos y claxones de aerosol. Bajo un mar de banderas, rugidos y gritos, insultos y cantos de animación.

Papá Noel furioso volvió a su tridente. El Papá Noel con trineo retornó a Alcalá. Santa Claus se volvió La Cibeles; el tesoro, una llave; el trineo, un carro; los renos, leones. De los tres niños, dos volvieron a ser los querubines situados tras el carro. ¿Y el niño de la mirada gris ceniza? Era el corazón de La Cibeles, de color gris estatua, que no palpitaba desde que se vio abrigado por última vez con el beso ardiente que le propinó el portero Iker Casillas durante los festejos que organizó el Real Madrid tras ganar su octava Copa de Europa en el año 2000. La mirada gris era la mirada cómplice, hecha desde los sentimientos y las cosas que se escapan a la vista normal, con la que la diosa ejerce el bien para pasar por encima de abandonos o desesperanzas.

Desde aquel día de diciembre, María Giráldez Yir no volvió a fiarse de las apariencias de los demás, descubrió la capacidad del fútbol como una vía de encuentro entre dos mundos, como una forma cultural por estudiar, como una pasión libre compartida… El deporte ya no era un elemento para despreciar. El plan del dios de los atletas y de su madre había funcionado.

Si todo Madrid estaba congelado, ¿quién pudo narrar toda esta historia? Sólo se sabe que el relator se diluyó en las aguas del río Manzanares junto al estadio Vicente Calderón. Que vive en la Estaca de Bares, el punto mágico donde finaliza el mar Cantábrico y empieza el océano Atlántico, el lugar del encuentro entre la audacia de los vientos y los espíritus, el sitio donde nacen las olas, peinadas con rizos por el viento, que luego viajarán hasta América…

Mediodía en Madrid. La Cibeles y Neptuno en su pedestal. Navidad, Navidad, dulce Navidad. En las aceras de Recoletos todos cantan rap. Navidad, Navidad, dulce Navidad. En Atocha y Castellana, todos sin parar.

 

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