Harold Lloyd: la transformación de la confusión en popularidad y alegría
Jesús Castañón Rodríguez

En 1925, la gran pantalla vio el estreno de El estudiante novato, The Freshman en su versión original. Protagonizada por Harold Lloyd y Jobyna Ralston, registraba los sueños del héroe Harold Lamb, alumno novato de la Tate University que se presentaba con un "llámame Speedy" y aspiraba a ser tan popular como el capitán del equipo de fútbol americano que salía retratado en el anuario escolar.

El precio de la popularidad
Se enrola en el equipo de fútbol americano pero no es idolatrado al salir del tren y sólo realiza coreografías precisas para transformar en alegría de vivir sus aparentes errores como atleta.

Recibe charlas y arengas del entrenador por sus constantes errores en pases, placajes y la ejecución del rough tackle en un primer entrenamiento del que acaba siendo expulsado. Incluso golpea un balón que sale hacia un callejón… situado a su espalda y tiene que ir a recuperarlo en reñidas peleas con un perro.

Es readmitido como punching-ball que sirva para entrenar los placajes de toda la plantilla y, al no haber huido en tan cruel sesión, el capitán sugiere al entrenador que lo admita como chico del botijo.
Los diferentes lances reflejan la inocencia del novato en una mezcla de ternura, coreografía, acrobacias imposibles, desengaños e ilusiones de amor rotas. Sin embargo llegó la oportunidad en el partido decisivo entre Tate University y Union State por el título, gracias a los numerosos lesionados que abandonaron el terreno de juego en camilla. A pesar de su insistencia para participar en el juego, no entra en juego hasta que no quedan más jugadores.

Anima a sus compañeros con un gran arenga, contraria a su timidez habitual, cae al suelo en las primeras melées. Como consecuencia de tanto golpe ve doble, avanza en volteretas hasta ganar 20 yardas, toma al vuelo el sombrero de un espectador y sale a toda prisa camino de un "touchdown"… En el último instante, roba un balón en la zona de defensa y atraviesa todo el campo hasta caer sobre la línea para hacer el ensayo que da la victoria ante el delirio de la grada, el baile en la banda de su entrenador con la policía y la gloria de ver que todo el campus universitario imita sus gestos y modos.

Epílogo
Harold Lloyd hacía surgir la comicidad con coreografías de aparentes errores de los atletas para transformar las confusiones en alegría social y popularidad a todo ritmo.

 

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