Ascenso
a "La Pirámide negra" en el Nepal
La
cumbre del Makalu
Rosa
Fernández Rubio (*)

El
día 19 de mayo estábamos en nuestras tiendas, a
7.300 metros, ya por encima del collado conocido como Makalu la,
todos los que salimos del campo base el día 17, los dos
mejicanos Mauricio y Badía, el gijonés Nacho Orviz,
y Rosa Fernández, además de nuestros cuatro serpas.
Este
precario campo de altura es el más alto que hemos podido
mantener a duras penas, con las tiendas semidestrozadas por los
vendavales.
Durante
todo el tiempo, los vientos han sido tan fuertes y constantes
que nos han impedido pasar de aquí, y no han permitido
ni instalar los cuatro campos que habitualmente se colocan en
esta montaña.
Sólo
tenemos dos, el primero esta a 6.600 metros, y la estancia en
la montaña, por cierto nada cómoda, se ha alargado
casi dos meses.
Las
pocas expediciones que nos acompañaban en el campo base,
ya se han ido. Estamos solos aquí arriba, y allá
abajo solo nos esperan nuestro cocinero y algunos porteadores.
Nuestro
primer intento a cumbre fue el día 12, y no pasamos de
éstos 7.300 metros. Tras una noche infernal, con la vana
esperanza de que el 13 amainase el viento, cosa que no sucedió.
Ese mismo día bajamos de nuevo al campamento base.

La
previsión meteorológica dice claramente que el empeoramiento
es definitivo a partir del 21. Sólo tenemos una oportunidad.
El
día 19 a las 19 horas salimos hacia la cumbre, la noche
es oscura y sin luna, a 7.700 metros hay una complicada zona de
seracs, en la que la única orientación es encontrar
las cuerdas fijas que sabemos que hay colocadas. Durante dos horas
estamos perdidos y nuestras esperanzas se esfumaban. Sólo
por casualidad, encontramos la cuerda y podemos continuar.
Con
la ilusión de que al amanecer mejorase nuestra visibilidad
ascendemos hasta la arista cimera, pero amanece con niebla, nuestra
vision no va mas allá de unos 50 metros.
Desde
este punto quedan unas tres horas de terreno mixto. Mi sherpa
Dawa y yo vamos por delante. La arista es delicada, nieva, el
viento se hace presente y además aquí no hay cuerdas
de protección.
Alcanzamos
la primera antecima, quedan menos de 200 metros, pero el recorrido
es un abismo.
Con
una cuerda de 60 metros que llevamos y un viejo trozo que recuperamos,
de otros 30 metros, equipamos, a modo de pasamanos, una travesía,
el tramo mas comprometido, que nos sitúa a unos 40 metros
de la cumbre.
De
pronto oímos un grito de alegría. Hay dos alpinistas
arriba, llegan por el pilar Oeste, ruta opuesta a la nuestra,
con la que coincide únicamente en la cima. Son de una expedición
de Kazajstán.
Sobre
las 10 de la mañana del día 20, Dawa y yo pisamos
la cima, un vértice afilado, en el que apenas cogen dos
personas a las que no les inquiete el vértigo.
Abrazos,
lágrimas, sonrisas, la emoción del momento no la
olvidaré nunca.
Nos
hacemos fotos mutuamente, pero Dawa me apura, el tiempo empeora
por momentos, iniciamos el descenso, que no va a ser nada fácil,
cada uno por su ruta.
En
la arista encontramos al resto de nuestro grupo, me felicitan
y les animo, la cumbre esta ahí mismo.
Nieva
copiosamente, y hay que abrir una profunda huella en los 50 centímetros,
de nieve fresca que ha caído sobre la nieve helada, el
riesgo de caídas aumenta.
La
huella de ascenso se ha tapado, y no encontramos la ruta. Hay
un laberinto de seracs y solo una salida nos llevaría a
las tiendas. Fueron los momentos más duros que he vivido
en la montaña, me vencía la idea de que no podríamos
salir de allí.
Milagrosamente,
sobre las tres de la tarde, se abrió un importante hueco
en la niebla, y acertamos a encontrar la vía de descenso.
Nuestros
compañeros aún no estaban a la vista, pero nuestra
huella les indicaría ahora el buen camino.
Sin
haber comido nada y con el agua congelada ya antes de llegar a
la cumbre, a las 19 horas, alcanzamos las tiendas a 7.300 metros
ya oscureciendo. Han sido 24 horas sin descanso. Tengo los ojos
quemados por la ceguera de las nieves, pues para aguzar la vista
y localizar los pasos, me había quitado las gafas en algunos
tramos, sólo distingo bultos informes clarosuros. Imposible
dormir por el dolor en los ojos, y la incertidumbre de la fortuna
de mis compañeros a los que envuelve la noche sin llegar
a las tiendas.
Al
amanecer, felizmente, están aquí. Mauricio y uno
de los sherpas tienen congelaciones en los dedos, pero no hay
tiempo, descansan un par de horas y continuamos el descenso hasta
el campo base. Con mi ceguera y la cantidad de nieve caída,
el sufrimiento y el peligro son sensaciones que me invaden a partes
iguales.
A
pesar de las calamidades, damos gracias a Dios, por habernos permitido
salir de la emboscada que la montaña nos había tendido.
No sabíamos aún las penalidades que no esperaban
durante otros siete días antes de alcanzar la primera aldea
con acceso rodado. Siempre lloviendo, casi sin víveres,
sacos y botas siempre mojados. Pero eso ya sería otra historia.
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(*)
Montañera. Ha conquistado la cima
de dos ochomiles en Pakistán y Nepal. En 2005, ascenderá
el Everest.