El
milagro de Berna

Ricardo
Bada
El
2 de enero de 1492 fue una fecha liminar en la historia de esto
que nos hemos acostumbrado a llamar España, y que en
aquel momento no era sino la unión de dos reinos: Castilla
y Aragón.
Firmadas
las capitulaciones de Santa Fe en noviembre del 91, Boadil entregó
Granada a Ysabel y Fernando, y se retiró dizque llorando
a las Alpujarras, que se le concedían como reino a guisa
de consuelo. Aunque posiblemente fueron pocos los que se dieron
cuenta dello, ese 2 de enero, con la entrada de los Reyes Católicos
en la Alhambra, puede afirmarse sin temor a marrarla mucho que
es la data fundacional del país España. Del nacimiento
como nación de la nueva Alemania, en cambio, hubo una
conciencia universal, entre los alemanes y en el mundo entero.
Porque
esa Alemania democrática surgida de la segunda guerra
mundial tiene también su fecha liminar, pero no es precisamente
el 24 de mayo de 1949, cuando se creó un ente estatal
llamado República Federal de Alemania. No, el honor de
la data fundacional del país, en los corazones de sus
habitantes, le estaba reservado al 4 de julio de 1954, cuando
en el estadio Wankdorf de la capital suiza, Berna, el seleccionado
alemán derrotó en la final del campeonato mundial
de fútbol, por 3:2, al once magiar tenido por invencible
en aquella época: desde mayo del 50,
de 31 partidos jugados, había ganado 27 y empatado el
resto. Los niños alemanes, desde Kiel a Constanza, desde
Colonia a Berlín, recitaron de memoria la alineación
heroica (Turek; Posipal, Liebrich, Kohlmeyer; Eckel, Mai; Rahn,
Morlock, Ottmar Walter, Fritz Walter y Schäfer), como los
niños españoles también aprendimos de corrido
aquella memorable que derrotó 1:0 a Inglaterra en Maracaná
el 2 de julio de 1950, durante el mundial de Brasil: Ramallets;
Gabriel Alonso, Parra, Gonzalvo II; Gonzalvo III, Puchades;
Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gaínza.
Curiosa
coincidencia esta de que en ambas formaciones figurasen dos
hermanos. Pero hay otra, relacionada con la radio, y es el status
de motete sacro-litúrgico que adquirieron las respectivas
narraciones del solitario gol de Zarra por Matías Prats
("Tiene en estos momentos la pelota Gabriel Alonso. Avanza
con ella. Sigue avanzando. Envía un pase largo sobre
Gaínza. Gaínza, de cabeza, centra. El balón
va a Zarra. Chuta y... ¡Gol! ¡Gol! Señoras
y señores, Zarra acaba de marcar para España un
gol maravilloso"), y la del tercer gol alemán por
Herbert Zimmermann en el minuto 84 del encuentro: "Schäfer
centra sobre el área. ¡Remate de cabeza! ¡Despejado!
Rahn podría chutar el rebote. Rahn chuta. ¡Gooool!
¡goool! ¡gool! ¡gol!". Y este último
"¡gol!" es casi como aquello que decía
don Antonio Machado, "Un golpe de ataúd en tierra
es algo perfectamente serio": el gol de Rahn acababa de
sentenciar el partido. Ambas grabaciones se repiten hasta el
delirio en los días que siguen, pero con una notable
diferencia: la de Matías Prats queda al poco tiempo relegada
al panteón de la memoria, de donde sólo se la
exhuma de vez en cuando con propósitos documentales,
y en cambio la de Herbert Zimmermann sigue repitiéndose
siempre, una y otra vez, sin que sus oyentes se cansen de oírla
nunca. Y se explica. Con ella queda certificado el nacimiento
de una nueva nación. A partir del gol de Helmut Rahn
(apodado "der Boss", el jefe), los alemanes vuelven
a ser alguien en el concierto mundial.
La
trascendencia del acontecimiento ha quedado reflejada en la
literatura, y la cercanía del cincuentenario disparó
en los últimos meses la espiral de las publicaciones,
amén de dar pie a una película, El milagro de
Berna, que reproduce con actores, hasta en los más insignificantes
detalles, las escenas claves de aquél partido de fútbol.
Pero al mismo tiempo, han hecho su aparición en el escenario
viejos fantasmas que se creía relegados para siempre
al desván del olvido. La acusación de que los
jugadores del once inmortal estaban dopados, por ejemplo.
Y
el gol del empate a tres, anulado a Puskas por presunto fuera
de juego. Hace cinco años, en su libro Mi siglo, Günter
Grass concluía de este modo el capítulo dedicado
a 1954 y a la final en Berna: "qué hubiera sido
del fútbol alemán si el árbitro, cuando
Puskas marcó, no hubiera pitado "fuera de juego",
si nos hubiéramos quedado atrás en la prórroga
o hubiéramos perdido el inevitable partido de repetición,
y si nos hubiéramos ido nuevamente vencidos y no como
campeones del mundo...". Y el juego de los futuribles alcanza
incluso a la imparcialidad del árbitro del encuentro:
¿qué habría pasado si el referee William
Ling no hubiera sido inglés y si Hungría no hubiese
sido el primer seleccionado que derrotó a Inglaterra
sobre el sacrosanto césped de Wembley y por el escandaloso
tanteo de 6:3? ¿habría visto Mr. Ling el offside
de Puskas que suponía el empate en el tiempo reglamentario?
En cualquier caso, en estos días del cincuentenario ya
se ha oído el testimonio de un jugador suplente del once
alemán, asegurando que aquel gol de Cañoncito
Pum (como lo llamaron luego los hinchas del Real Madrid) no
fue marcado en fuera de juego. Con lo cual la discusión
se atiza hasta extremos de incandescencia, pues queda en entredicho
la legitimidad de la hora fundacional de Alemania. ¡Vade
retro!
Pero
¿y la acusación de que los jugadores estaban dopados?
Ahí no es tan fácil salirse por la tangente. Y
no es por apoyarse en el testimonio de Puskas, de que los futbolistas
alemanes "jubaban echando espuma por la boca", sino
en el de Horst Eckel, medio derecha del equipo germano, quien
confirmó años después que se les inyectaba
glucosa líquida. Y las prematuras muertes de por lo menos
cinco de ellos, por extraños fallos cardíacos,
ictericia y cirrosis, dan pábulo a la sospecha. Por si
fuera poco, cuando en 1962, a los sólo 39 años,
falleció Richard Hermann -quien no se alineó en
el once de la final-, su club incluyó esta frase en el
folleto de homenaje que le dedicaron: "Ningún funcionario
de la Federación Alemana de Fútbol habló
de la muerte del ocho veces internacional. Se sabía desde
mucho tiempo atrás que el médico de la Federación
había cometido en Spiez [donde estuvo concentrado el
once germano durante el campeonato] un pecado profesional que
debiera haberlo llevado ante los jueces del Colegio de Médicos".
Y la Federación alemana jamás desmintió
esta afirmación. Pero sea como fuere, más bien
coincido con el lacónico y honesto comentario de Gyula
Grosics, el arquero húngaro, la figura trágica
del partido: "Estuvieran dopados o no, hubiéramos
debido ganarles".
En
todo caso, hay un aspecto en el que coinciden los historiadores.
Quien más plásticamente lo ha formulado es Joachim
Fest, autor de la quizás mejor biografía de Hitler
publicada hasta la fecha: Fest asegura que la República
Federal de Alemania tuvo un padre político, Adenauer,
otro económico, Ludwig Erhard, y un tercero, mental:
la selección que ganó la final de Berna, la selección
del milagro. Y también hay otro aspecto en el que la
coincidencia es casi unánime: si aquella final la hubiese
ganado el once magiar (¡loor a sus nombres, de los cuales
varios le dieron también tantas horas de gloria al fútbol
español: Grosics; Buzanszki, Lorant, Lantos; Zakarias,
Bozsik; Czibor, Kocsis, Hidekkutti, Puskas y Toht!) (*), casi
seguramente no se habría generado la inmensa frustración
social que estalló en la revolución húngara
de octubre 1956.
En
un país como Hungría, sometido a las miserias
y la denigrante falta de libertades propias del socialismo real,
el fútbol era una válvula de escape y un motivo
de orgullo compensatorio que cristalizaban en ese equipo nacional
imbatido durante cuatro años. Abatido el orgullo en
el estadio de Wankdorf, la presión del descontento hizo
saltar los fusibles.
Hay
un tercer aspecto, sin embargo, sobre el cual se habla poco
o nada, y es el que yo llamaría hispanoamericano. En
1954, el campeón mundial que ponía en juego su
título era Uruguay, vencedor del Brasil en el célebre
maracanazo de 1950, y "la celeste" llegó a
defenderlo en Suiza sin haber perdido nunca un solo match en
los dos campeonatos que había participado, tampoco en
éste..., hasta la semifinal contra Hungría. Aquel
fue un partido de poder a poder, entre dos de los mejores equipos
de la época, y terminó el tiempo reglamentario
con empate a dos goles. En la prórroga, Hungría
se impuso por 4:2, pero esos treinta minutos matanervios del
alargue pesaron como plomo en las botas de los magiares cuando
enfrentaron en la final a los alemanes. Como plomo. Tanto que
no hicieron lo que sí habían hecho los ingleses
derrotados por España en el legendario 1:0 de 1950 en
Maracaná: encabezados por su capitán, William
Wright, acudieron al vestuario de sus vencedores para felicitarlos
por el excelente partido que jugaron y desearles buena suerte
en la ronda final. Fair play es una expresión que también
puede traducirse como "saber perder".
Para
los alemanes todo esto es anécdota prescindible. Lo que
para ellos cuenta es el triunfo que los devolvía dignificados
a la faz del mundo, tras doce infames años del Reich
que se pretendía milenario, y nueve años de dura,
crudelísima posguerra. A música celestial debieron
sonarles las palabras finales de la transmisión de Herbert
Zimmermann: "Aus! Aus! Aus! Aus! Aus! Das Spiel ist aus!
Deutschland ist Weltmeister" ("¡Terminó!"
y lo repitió cinco veces: "El partido terminó!
¡Alemania es campeón mundial!"), y en su voz
casi afónica no se trasluce ninguna arrogancia tedesca,
tan sólo una eufórica incredulidad. De una manera
paradójica, y aunque los espectadores alemanes en Berna
rompieron a cantar "Deutschland, Deutschland über
alles", el himno nacional que mejor expresaba ese sentimiento
no era el de la República Federal sino otro, el de la
otra Alemania, la RDA: "Auferstanden aus den Ruinen (Resucitados
de las ruinas)".
__________
(*)
Otra
alineación húngara encontrada en distinto archivo
: Grosics; Buzansky, Lantos; Bozsik, Lorant, Zakarias; Czibor,
Kocsis, Hidegkuti, Puskas y Toth. Creo más fiable la
que figura en el texto principal, porque ya en 1950 se daban
las alineaciones con el esquema "arquero, tres defensas,
dos medios, cinco delanteros". Quedaría por explicar
por qué los medios Bozsik y Zakarias están cambiados
de banda entre ambas alineaciones, por qué a Hidegkuti
se lo rebautiza Hidekkutti en la del texto principal, y por
qué allí se llama Joszef el puntero izquierda
Toth, mientras que en ésta se llama Mihály. Misterios
a descifrar por la hermenéutica. Vale.