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La
noche que nos derrotó Argentina
Óscar
Domínguez
(*)

Esta
penúltima semana de noviembre de 2007, que deja de existir,
Argentina goleó 5-1 a Colombia en el partido de ida por las
eliminatorias al safari balompédico Sudáfrica 2010.
La goleada fue en el terreno de las malas maneras.
En
el campo de fútbol Colombia mandó a los gauchos a
la ducha con otra derrota (2-1) que nos devolvió la fe en
el fútbol de Macondo.
Como
todo lo del pobre es robado, los sucesoros de Perdernera, DStéfano,
Rossi, Labruna y Maradona, más recientemente, alegaron que
el árbitro Larrionda, uruguayo para más señas,
tiene acciones en la derrota de su elitista selección en
la que el que menos gana, tiene asegurado desayuno, almuerzo, comida,
trago, viejas, ropa y siquiatra, durante veinte generaciones sin
mover un dedo.
Con
su voz de trueno, el técnico Basile insistió en que
el señor que estuvo al otro lado del pito, no fue ajeno al
segundo revés que sufre él como adiestrador de Argentina.
El primero fue el horroroso 5-0 que le arruinó el sueño
y el bife de por vida.
La
tesis gaucha es que el gol de Moreno que les dio el triunfo a los
pupilos de Pinto, se produjo en fuera de lugar. Mirada con lupa
la jugada, se concluye que el gol fue lícito y bello como
una puesta de sol.
El
gigantesco Coco que tiene pinta de deportista de lucha
libre al estilo de Lalo el Exótico o el Enmascarado de Plata,
también se salió del uniforme blanco y azul con las
preguntas que le hicieron los periodistas, incluidos lo de su Buenos
Aires querido.
¿Vos
por qué me preguntaste eso?, encaró Alfio a
un paisano suyo que le indagó sobre las consecuencias de
la derrota. El técnico asumió que el hombre del micrófono
le estaba pidiendo la renuncia, pese a que terminaban esta primera
fase de la eliminatoria en privilegiado segundo lugar, respirándoles
en la nuca a los sorpresivos paraguayos.
El
ídolo Messi, quien hizo un gol que nos quitó el sueño
a sus admiradores irrevocables, se abstuvo de cambiar
la camiseta con uno de la selección cafetera, como nos dicen
a los de esta parte de la vida.
Lionel,
o la Pulga, se mantuvo callado dentro de su metro sesenta geniales
centímetros, y no dijo esta boca es mía cuando le
preguntaron cómo se dejaron remontar si se habían
ido adelante con 10 jugadores, a raíz de la expulsión
del Apache Tévez cuando el partido todavía estaba
tierno como nalga de bebé.
Tévez,
uno que se juega el pellejo en cada jugada, como todos sus colegas,
dicho sea en su honor, cometió el infantil pecado de dejarse
provocar del colombiano Bustos quien clonó el talento de
Juan Ramón Riquelme para cobrar tiros libres.
Tévez
imitando a Zidane en el pasado mundial, le aplicó a Bustos
un jab de derecha sacado de las obras completas de su paisano Carlos
Monzón.
Este
caballero fue pillado con las manos en la masa ósea de Bustos
por un lateral que seguramente nunca será bienvenido en Buenos
Aires por el resto de sus días.
Bustos,
con ingenuidad de principiante, no sólo provocó al
rival sino que contó su audacia urbi et orbi.
El silencio total, o una mentirita piadosa, habría sido mejor
para su hoja de vida. Consultado el rey Salomón por el autor
de estas líneas comentó: Larrionda ha debido expulsar
también al colombiano provocador y prohibirle el uso del
celular durante seis meses.
El
clonado Riquelme, el desempleado mejor pagado del mundo y quien
tendría que jugar gratis con Boca Júniors para no
olvidar todo lo que sabe, exhibió falta absoluta de lectura
de la urbanidad de Carreño y también cargó
contra el árbitro y la prensa.
A
Riquelme los jugadores colombianos le silenciaron su fútbol
con una receta comprada en cualquier tienda de la esquina: no cometerle
faltas cerca de la portería. Y hasta luego el amigo. Riquelme
sin tiros libres es Buenos Aires sin tangos, un soneto sin el último
terceto, un puente sin río.
Hasta
Raúl Madero, médico de la selección argentina,
se salió del bisturí y agarró a paraguazos
a varios chicos de la prensa que trataban de entrevistar a sus derrotados
pacientes.
El
paraguas fue inventado por los chinos hace 3 mil años para
que a los emperadores no se les achicharrara la cara con las radiaciones
solares. Como todo cambia, el paraguas, que luego pasó a
Babilonia y Egipto, se utilizó después para lo obvio:
parar el agua.
Pero
no, Madero hizo quedar mal a Hipócrates y utilizó
el invento chino como arma cortopunzante y le acarició las
costillas a uno que otro reportero de Locombia.
Zanetti
y Mascherano, dos consentidos más de la burocracia balompédica
argentina, también perdieron urbanidad camino del vestuario.
De allí el 5-1.
Colombia
sufrió amnesia parcial de fútbol durante el primer
tiempo, pero en la fase final sacó su repertorio y le estropeó
esta vida y la otra a los pupilos de Alfio. De allí el 2-1.
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(*)
Periodista
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