Penalti

José Palacios Royán (*)

Penalti, pena máxima. Silencio de sepulcro. Protestas. Júbilo, miedos, o esperanzas. Un minuto tal vez para el final. O veinte. Quejas de los dañados por lo que ha decidido el juez que lleva el pito en la boca. ¿Consulta al compañero de la banda? No; su pito es su pito. ¡Penalti! No hay nada que hacer.

El portero, cabeza gacha, encamina lento sus pasos hacia la portería. Clava sus pies en la raya. Mira a un lado, y a otro. Aquello parece ahora más grande que unos momentos antes. Allí hay ahora más de dos y pico por tres no sé cuántos. Hace un gesto de resignación. Mira al público, que espera. Mira al público, que increpa. Mira al osado rival que va a tirar contra él un balón desde apenas once metros. Y sin protección alguna. Solo, solo. Aquel punto blanco de cal está demasiado cerca. ¿Quién lo ha pintado? Aguarda. Se mueve un poco. O demasiado. Clava sus ojos desafiantes en los ojos del rival. Masculla algunas palabras que sólo él sabe lo que quieren decir. Se defiende, ahora, como puede. Luego quedará sólo ante el destino. ¡Vaya con las cosas que me pasan a mí!

El árbitro pugna para que salgan todos del área. Ardua tarea la suya.
Uno, solo, solo, avanza lento hacia la pelota. La coge entre las manos, la acaricia, le dice cuatro cosas que sólo él sabe; la coloca sobre la hierba, sobre el punto que alguien ha encalado. No quiere mirar al que le aguarda inquieto en la portería. O clava desafiante sus ojos en él. Aquel hombre de enfrente es más grande ahora, es un gigante; es como el cancerbero del que le hablaron una vez en el colegio. Dios, ¿por dónde? Aquello mide menos de dos metros y picos por tres no sé cuantos. ¿Por la derecha? ¿Por la izquierda? ¿Por arriba? ¿Por abajo? ¿Fuerte, y a donde salga? ¿O espero a que se mueva hacia un lado y se lo mando al otro? Traga saliva. Tengo el triunfo en mis botas. ¿Y si fallo? ¡Vaya con las cosas que me pasan a mí!

El árbitro se lleva el pito a la boca. El tiempo no pasa. Pero pasa. Se escucha el silencio. Suena el sonido del silbato.

-Ya no hay remedio, tengo que tirar.
-Ya no hay solución; tengo que pararlo.
Todo ocurre en un verbo.
-Entró, por fin, y por donde yo quería. ¡Dios! Hemos ganado.
-Lo he parado, lo paré. ¡Dios! Hemos ganado.
Un poste, el larguero, o las nubes que quieren un balón como aquél balón de aquella tarde. ¡Vaya! La mirada, arriba. Rabia contenida. Palmadas de sus compañeros. ¡Vamos, no ha pasado nada. Pero. ¡ay!
-¡Dios, Dios, Dios! ¿Por qué a mí?
-¡Bien!, grita el del jersey con el balón ya en las manos.

Echa los ojos al cielo el que ha errado, apretada la mandíbula, los puños, cerrados.

La terrible tensión que al fin se va. Abrazos de sus compañeros. ¡Adiós! Silencio. ¿Fallo? ¿Acierto? Tenía que ocurrir, y se acabó. El túnel que lleva al descanso tras la dura batalla parece a unos la oscura senda que lleva al infierno. A los otros, el camino hacia la gloria.

¿Han estado Ustedes alguna vez debajo de una portería en un momento así? ¿Han estado Ustedes alguna vez en el punto blanco de los once metros en un instante así?

¡Qué mal deben de pasarlo el uno y el otro! Uno gana. Otro pierde. Pero es sólo un instante. Es sólo un penalti. Es un juego, al fin y al cabo. No hay infierno. No hay gloria. Mañana será otro día. Mientras que las Parcas no decidan pitar contra nosotros el imparable penalti que a todos nos tienen guardado, ¡a vivir!, que son tres ratos. Y a soñar. Soñar no cuesta aún dinero: y vivir, que lo que es vivir, vivitur parvo bene (se vive bien con poco), dice el poeta Horacio. Y el de Córdoba, también. Que el balón siga rodando sobre los campos. Y que Ustedes lo vean.

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(*) Profesor de Latín de la Universidad de Málaga.

 

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