Copa
del Mundo 2006
Pirotecnias
del Mundial 2006
Óscar
Domínguez
(*)

Terminado
el mundial, los aficionados al fútbol quedamos despistados,
como acabados de salir de vespertina. O de una sala de cuidados
intensivos. Tan pronto Italia alzó su cuarta copa, perdimos
el norte, sur, oriente y el occidente.
Si
el segundo (Francia) fue el primero de los derrotados, los que
ocuparon el tercero y cuarto lugares, serán recordados
si acaso- por el conocido señor Alzheimer.
Zinedine
Zidane se despidió convertido en un híbrido de Christian
Dior, Hitchcock y Mike Tyson, por su elegancia balompédica,
el suspenso a la hora de cobrar el penal en la final, y por su
cabezazo aleve a Materazzi que marcó el inicio del video
como eficaz cirineo de los árbitros.
La
FIFA se metió un autogol designando a Zizou el mejor del
campeonato que lo fue-. De todas formas, gracias, hombre
diez, por el fútbol recibido.
Lo
dijo Passolini: El mejor poeta del año es siempre
el goleador del campeonato. Esta vez, el Goethe del mundial
fue su paisano Klose.
Los
zurdos también son gente. Lo demostraron jugadores como
Grosso quien anotó el quinto y definitivo penalti para
Italia con la pierna sospechosa.
Los
jugadores relegados al ostracismo de la banca, lucen el rostro
desolado del oficial o del recluta que resultó elegido
para perseguir a Bin Laden.
Finalmente,
en el fútbol de Brasil no hubo ni pragmatismo ni jogo
bonito, ni todo lo contrario. Sus atletas terminaron viendo
el torneo por tv.
A
los deportistas los suicidan pronto en su espléndida primavera.
Tienen escasa vida productiva. El olvido está al final
de la jornada. Pero han aprendido: al lado mujeres de viento,
sacadas de la pasarela, olorosas a Chanel, los nuevos dueños
del balón se tutean en el baño turco y en el bar
con sus asesores económicos, egresados de Harvard. Tienen
los pies en la cancha y el corazón en Wall Street.
Con
la amenaza de mostrarles fotos de la cara que ponen los arqueros
cuando les hacen un gol, los padres podrían convencer a
Mafalda y a los demás niños de que se tomen la sopita.
A
los que hacen los goles, sus compañeros casi los masacran
a punta de besos y abrazos rompecostillas. Algunos piensan, casi
ahogados debajo de la montaña humana que les cae encima,
que habría sido mejor no haber anotado ese gol.
Las
musas de Ronaldinho y Ronaldo se fueron a vivir este año
entre los guayos de Zizou y Henry.
No
es de extrañar si Christies, la célebre casa
de subastas londinense, pone en venta las lágrimas estrato
dieciséis que derramó Beckham cuando salió
del mundial.
Los
futbolistas deberían jugar con protector de acero para
evitar que el balón los impacte en partes pudendas,
como en los seminarios les dicen a los testículos. Por
solidaridad de género, los hombres sufrimos al ver a los
colegas que hacen la barrera en los tiros libres, tratando de
proteger la petite différence.
Muchos
saldrán del campeonato a actuar en grupos de teatro: así
fue de brillante su actuación a la hora de simular faltas
inexistentes.
Pasar
del mundial al balompié parroquial es como hacer el tránsito
de la langosta al insípido conejo.
Nadie
se explica por qué los jugadores aplauden a los colegas
que les envían balones imposibles de controlar.
A
ojos vistas, Inglaterra jugó con doce jugadores el mundial:
los once del ritual, y Victoria Beckham, quien lo hizo desde la
gradería. Cuando su esposo David cobró el tiro libre
que mandó al Ecuador a las duchas, el arquero Mora todavía
andaba anestesiado, mirando el escote de la Spice Girl en la pantalla
gigante del estadio.
Hay
que practicar tolerancia con árbitros que meten los guayos,
como el español que se inventó el penalti contra
Australia. Conviene recordar lo que Wilde leyó sobre el
piano de un salón de baile en Salt Lake City: no dispare
sobre el pianista, lo hace lo mejor que puede.
Después
de arruinar los tobillos o la rodilla del rival, ciertos profesionales
de las patadas alzan las manos tratando de minimizar el ataque.
Es un mensaje al árbitro para que no los mande de regreso
a casa.
Arqueros
hay que se salen de la camiseta porque sus defensores los hacen
trabajar más de la cuenta. Mejor sería que se hubieran
quedado en casa viendo los partidos por televisión, acariciando
el perro y comiendo palomitas de maíz.
A
los técnicos del futuro, más que conocimientos balompédicos,
les exigirán sapiencia astrológica. Consultando
el zodíaco, el técnico Domenech, de Francia, llevó
a los galos al subcampeonato. Para la final, leyó mal los
astros porque en ese momento se le atravesó un cúmulus
nimbus.
A
los jugadores que pierden deliberadamente tiempo al final del
partido, deberían quitarles el sexo y el celular durante
el semestre.
Ser
cuarto árbitro es tan emocionante como ser alcalde de la
ciudad de hierro.
Por
la cara que ponen los futbolistas cuando cantan o escuchan los
himnos de sus países, da la impresión de que estos
fueran escritos por el mismo profesor distraído de literatura.
Ojalá
en el futuro jugadores y árbitros lleven micrófonos
ultrasensibles que nos permitan a los dueños del espectáculo,
los hinchas, saber qué comntan entre ellos. Nos estamos
perdiendo la mitad del jolgorio. Sería el mejor de los
realities.
Hay
aficionados que si no los muestran en el casting que pasan en
las transmisiones de televisión que se realizan urbi
et orbi, consideran que perdieron esta reencarnación.
¡Cuántos
maridos infieles no fueron sorprendidos por la televisión
con las manos en la masa ajena en las graderías¡
Sus mujeres los hacían estresados en alguna junta.
A
diferencia de los mormones que llevan grabados su nombre en una
placa por si se pierden, muchos jugadores decidieron identificarse
con vistosos tatuajes.
A
esos balones que pegan en el palo les quedaron faltando diez centavos
para el gol.
Qué
envidia de los árbitros: tienen 90 minutos, más
el tiempo adicional y el de los penales, para que les recuerden
la mamacita en vivo y en directo por televisión.
Mucho
de beso de Judas habrá siempre en ese apretón de
manos que se dan los jugadores al iniciar el partido. Algo similar
sucede cuando nos damos la paz en misa.
Los
tiempos cambian, diría con mi filósofo Perogrullo:
la noticia del descubrimiento de América se dio tres meses
después en Europa. Hoy se produce un prosaico gol y millones
lo disfrutamos en directo.
La
televisión alemana impactó a la aldea global con
cámaras sofisticadas que nos permitían ver en detalle
el diálogo entre los dedos del arquero y el
balón que llegaba a sus predios.
Los
colombianos nos las ingeniamos para sentirnos protagonistas del
mundial: argumentamos que el técnico del Ecuador fue de
los nuestros, que hubo dos árbitros devengando por cuenta
de la FIFA, que Pékerman, técnico de Argentina,
aprendió su oficio jugando para el Independiente
Medellín, que Juanes cantó y encantó en vísperas
de la finalísima, y que Shakira comprobó que las
caderas no mienten el día del apaga y vámonos
cuando terminó la fiesta.
A
medida que su equipo es eliminado, el entrenador derrotado llama
a su mujer desde el camerino y le ordena que empiece a mirar avisos
clasificados.
En
este mundial, como en todos, cambié tanto de equipo que
me daba pena salir a la calle. No podría mirar a los ojos
a la señora que me vende ellos aguacates.
Cada
cuatro años, cardiólogos y siquiatras afilan herramientas
para reparar conciencias y corazones de hinchas desencantados.
Los
dueños de ataúdes y hornos crematorios deberían
ofrecer precios de temporada mundialista.
De
pronto los jugadores son blanco de faltas tan pavorosas que la
FIFA debería exigir la presentación de los planos
anatómicos de cada futbolista, para rearmarlo en caso de
necesidad.
Con
lo que siente un portero cuando le hacen un gol se podrían
escribir los peores cuentos de terror.
Muchos
partidos se juegan en cada jornada. Uno es el partido que diseñan
los técnicos, y otro el que interpretan los jugadores.
Inevitable acordarse de los directores de orquesta que se despelucan
sin que los miembros de la orquesta los miren.
Nuestros
expertos en fútbol nos hacen sentir imbéciles.
Todos se las ingenian para darle una interpretación genial
a cada episodio. Se jactan de ver el gusano donde los profanos
no vemos la res. Hay un recurso infalible para ver los partidos
con lo poco o mucho que sabemos de fútbol: accionando el
botón que decreta el silencio.
Los
hinchas necesitamos estar sufriendo. Son gajes del oficio. Así
que no se nos tilde de judas porque vamos cambiando de brújula
a medida que mandan a la ducha a la selección de nuestras
entretelas. La del hincha que se voltea es la profesión
más antigua del mundo después de la primera: amarlas
desde cuando se imponía la moda de la hoja de parra.
A
los que se sacan los mocos y escupen en varios idiomas deberían
obligarnos a aprenderse de memoria los manuales de urbanidad
en chino.
No
lo sospechaba el padre Astete, pero el fútbol sirve para
demostrar la existencia de Dios: cada vez que marcan un gol, los
jugadores miran al cielo en acción de gracias. Si fallan,
también miran hacia allí en señal de tímido
reproche al Galileo por haberles negado ese pedacito de inmortalidad.
Tanta
estadística inútil, como el de la tenencia de la
pelota, le resta encanto a los partidos. Para el próximo
mundial sabremos cuántos leones mueren de tedio en Sudáfrica
cuando la selección local hace, o le hacen un gol. Nos
vemos entonces si los dioses no barajan distinto.
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(*)
Periodista