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Victoria
pírrica
José
Palacios Royán (*)
Jamás
consideres feliz a quien depende de la felicidad.
Séneca, Epístolas a Lucilio, 98.
Amigo
Paco:
Quid verbis opus est? ¿Qué necesidad hay de palabras?
Respondo muy tarde a tus cartas, no porque esté tan
ocupado; no prestes oídos a esta excusa; tengo tiempo libre,
y lo tienen todos los que quieren. (Séneca). Pero es
que
¿Te
acuerdas de Aquiles, el de los pies ligeros? Pues su
hijo, Neoptólemo (Joven guerrero), llamado también
Pirro (Rubio), vino a llegar, tras la guerra de Troya (1184 a. C.),
a la región del Epiro (la esquina noroeste de la Península
griega). De entre sus descendientes nacería tiempo después
el Pirro nuestro de nuestros pecados.
Recuerdo
que, cuando estudiaba griego, unas palabras de Tetis, su madre,
a Aquiles, que lloraba sin consuelo, me arrobaron de tal manera
que aún hoy, cuando las recuerdo, me trastocan el alma: tékvon,
tí klaies = Hijo de mis entrañas, ¿por
qué lloras?. No se puede decir en griego
nada más sentido con menos palabras. Conocía
el hombre su triste destino, su vulnerable talón de muerte.
Su
hijo, Pirro, Neoptólemo, el joven guerrero, fue
el cabroncete que mató de mala manera a Príamo, el
viejo rey de Troya. Va arrastrando hasta el pie del altar
al anciano, que temblaba y que iba resbalando en el caudal de sangre
de su hijo (Polites). Se enrosca (Pirro) sus cabellos a la izquierda,
mientras con la derecha alza en alto la espada centelleante y la
hunde en su costado (de Príamo) hasta la empuñadura
(lateri capulo tenus abdidit ensem).
Antes,
el muchacho ya había arrojado desde lo alto de las murallas
al pequeño Astianacte, el hijo de Héctor y de Andrómana,
que grita fuera de sí: Vi algo cuya visión a
duras penas pude soportar: que Héctor era arrastrado por
una cuadriga y que el hijo de Héctor era arrojado desde la
muralla de Troya.
A
Héctor, el marido de Andrómana, el padre de Astianacte,
el hermano de Paris/Alejandro el que raptó a Helena
y provocó la guerra, a Héctor, digo, lo destrozó
Aquiles. Las guerras, amigo. Y que ita ut<i> quisque nostrum
e bulga est matris in lucem editus = cada uno de nosotros
es como ha salido a la luz de la vulva de su madre.
¿Recuerdas
aquellos terribles versos que Virgilio pone en boca de Eneas? Era
la hora en que el primer reposo va invadiendo a los pobres mortales.
En sueños, de repente, me pareció tener ante mis ojos
a Héctor profundamente entristecido vertía sus
lágrimas a raudales arrastrado por el carro de guerra
igual que en otro tiempo, negro de polvo entremezclado con sangre,
taladrados por correas los pies entumecidos. ¡Cómo
estaba! ¿Qué distinto de aquel Héctor
Y
para colmo, cuando la guerra de Troya acaba, el jovencito Pirro
se lleva como esposa a la pobre Andrómaca. ¡Tierra:
trágame!
Tiempo
después, en el 318 a. C, nacería nuestro Pirro, hombre
de regia dignidad y de semblante temible y majestuoso, que, tras
penalidades sin cuento, llegó a ser rey de los epirotas.
Soñaba con ser otro Alejandro. Y cuando la ciudad de Tarento,
acosada por Roma, le llama en su ayuda, Pirro ve ahí una
ocasión propicia para sus ansias de grandeza. En 280 a. C.
desembarca en Italia con 20.000 infantes, 2.000 arqueros, 3.000
jinetes y 20 elefantes. (Era la primera vez que estos nobles brutos
eran llevados a un campo de batalla).
Experto
en la teoría y en la práctica de las guerras Aníbal
gustaba de llamarse discípulo suyo, sostuvo terribles
combates contra los romanos. En el primero, que tuvo como escenario
Heraclea (cerca del golfo de Tarento), los romanos perdieron 7.000
hombres, y cerca de 2.000 quedaron como rehenes. Pirro perdió
unos 4.000. Fue entonces cuando dijo: Otra victoria como ésta
y no sé con quién regresaré al Epiro.
De aquí, creo, viene la expresión Victoria Pírrica.
Una victoria así, ¿merece la pena? Por eso hay quien
llama a Pirro, El rey que ganó perdiendo o perdió
ganando.
Murió
de muerte innoble en el 272 a. C, pero siempre gozó del reconocimiento
de los romanos. Cicerón, en el De amicitia, 28, escribe:
Dos jefes enemigos, Pirro y Aníbal, llegaron a Italia
para disputarnos el Imperio. La honradez del uno ha hecho que no
le guardemos rencor; la crueldad del otro le hizo eternamente odioso
para el pueblo romano.
Merece
Pirro que nos acerquemos a él (Cf. Plutarco, Vidas Paralelas),
y que sintamos por su persona el mismo respeto que le profesaron
sus contrincantes romanos.
Tu
amigo: J. Palacios.
Artículo
publicado en

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José Palacios Royán es profesor de Latín de
la Universidad de Málaga, en la que ha sido vicerrector y
responsable de deportes.
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