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De
los pulgares "raulistas" al "perdón"
joaquinesco
Salvador
García Llanos
(*)

Que
perdonen los puristas del lenguaje -aunque a estas alturas ya queda
poco con lo que escandalizarse- por estos derivados tan poco ortodoxos,
pero recientes celebraciones futbolísticas sugieren esta
glosa que igual facilitan la identificación o una más
sencilla personalización.
Esos
momentos que suceden a la consecución de un gol tienen mil
y una opciones de formato y después de que los objetivos
de las cámaras llegan a los rincones más insospechados,
las imágenes han cobrado un notable valor.
La
carrera, la voltereta, una persignación, los abrazos, el
racimo humano, el brindis, cualquier gesto, un baile con el banderín,
los besos, la simulación del pulido de una bota, el grito
prolongado y perdido en la vociferación, el enardecimiento
y hasta el frenesí son algunas de las acciones consecuentes
a la suerte suprema del fútbol. Todas son legítimas,
unas estarán premeditadas y hasta ensayadas en los entrenos
o en el vestuario en tanto otras han sido prohibidas para no molestar
o distorsionar.
Son
las imágenes de la celebración, del festejo que, dure
lo que dure, tiene siempre un soplo de emoción y de catarsis.
Los
habituales seguidores de las transmisiones televisivas se habrán
quedado con dos escenas que, ciertamente, llamaron la atención.
Raúl, el 7 del Real Madrid, un jugador singular por muchos
motivos, alienta la controversia que desde hace unos años
caracteriza su trayectoria. Da igual porque, pase lo que pase, ya
es una leyenda. Excluido de la selección española,
se reivindica con todo lo que tiene a su alcance, supliendo con
derroche y entrega física las limitaciones técnicas
que alumbraron su juego. Con eso y con goles.
Cuando
anota uno, como para que no quede duda de la autoría, de
su sello, Raúl corre hacia una esquina o hacia un lateral
-las cámaras le siguen, indudablemente- y por elevación
se lleva los pulgares hacia el dorso, como para que se recoja bien
el número que, obviamente, es lo menos que se aprecia desde
el instante en que es abrazado o felicitado por sus compañeros.
Los
pulgares 'raulistas' son (deben ser) la exteriorización de
su alegría, de su yo de siempre, de su condición de
goleador vigente, de su sempiterna aspiración ganadora y
de su propio equilibrio profesional.
Ya
empleó otro dedo, el índice, para mandar a callar
al 'Camp Nou' después de conseguir el segundo gol de una
igualada. Entonces, como ahora, era la sucesión original
de su poderío.
Y
luego está una suerte de antítesis: el perdón
'joaquinesco'. El jugador andaluz, otro 7, antes en el Betis y ahora
en el Valencia, cruzó las manos como cuando se ora y sin
gritos ni euforias elevó la vista al cielo pidiendo disculpas
tras haber logrado un gol contra su antiguo equipo en el campo de
éste. El beticismo se dividió: unos aplaudieron y
vitorearon (sobre todo, después del gráfico perdón
invocado) y otros vituperaron al atacante por semejante acción.
Parece una forma real de sentir los colores, aún frescos,
los verdiblancos de toda la vida, y de acreditar la profesionalidad.
(El lance, además, era muy nítido para golear: el
fallo sí que hubiera acarreado suspicacias).
Total,
que de los pulgares 'raulistas' al perdón 'joaquinesco' no
hay más distancia que la de celebrar, cada cual a su estilo,
un remate que agitó cientos, miles de gargantas, después
extasiadas con esas escenas para el recuerdo.
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(*)
Periodista
y escritor
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