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La
reina que se disfrazó de elefante
Óscar
Domínguez
(*)

Cuando
el excampeón mundial de ajedrez, el ruso Boris Spassky, movió
estratégicamente su reina en la jugada 24, sentí que
un elefante se había metido en mi casa. Ni modo de ignorar
su paquidérmica presencia.
En ese momento añoré a "Azul Intenso", la
computadora de IBM, que calcula millones de jugadas por segundo
y que volvió hilachas al campeón mundial Kasparov,
el único hombre que anda con su almohada y su complejo de
Edipo para todas partes: su madre Clara.
En
mi partida con don Boris, a la hora decisiva, yo necesitaba apenas
una réplica feliz para contrarrestar el demoledor ataque
del blanco. ¿Pero quién tiene el celular de "Azul
Intenso"? Ni siquiera doña Ivonne Nicholls.
La
suerte estaba echada en contra mía: se habían esfumado
las ilusiones de engordar mi currículo ajedrecístico
con unas tablas contra el "oso ruso" que había
sido el mejor jugador del mundo desde cuando derrotó a Tigran
Petrosian, apodado la Boa, en 1969. (Boa por aquello de que rodeaba
o "abrazaba" a sus rivales para triturarlos después).
Al verme perdido me acordé de Francisco Maturana quien dijo:
perder es ganar. Del abogado el sombrero.
Cada
vez que me preguntan cómo me fue en la partida con el ex
campeón respondo: "Bien, porque perdí".
Después
de derrotar a un excampeón, así sea en simultáneas,
nadie vuelve a ser el mismo. Creo que me habría tocado cambiar
de ropa, de dieta, de religión, de barrio, de país,
de grupo sanguíneo.
Habría
tenido que decirle adiós a Duvel, mi peluquero de Pensilvania,
Caldas, que me cobra $ 3.500 por mantenimiento y polichada. O habría
tenido que cambiar de mujer que no me cobra un peso por hacerme
feliz a su lado.
Me
preparé a conciencia para esa partida de simultáneas.
Para detectar las debilidades de Spassky desempolvé el libro
"El Match del Siglo", de Ludek Pachman.
La
obra analiza el match entre Spassky y Bobby Fisher, en Reykjavik,
Islandia, en 1972, cuando el excéntrico gringo se coronó
campeón.
También jugué ping-pong ajedrecístico (partidas
rápidas) con mi computadora "Materilerileró".
Tuve
la inspiración adicional de pedirle al maestro Boris de Greiff,
guía y traductor de su tocayo ruso Spasski, el gran invitado,
que no le contara al ilustre visitante que el de bigotico y nariz
quevedesca o sea yo- había sido excampeón de
ajedrez de Envigado. Quería sorprenderlo, agarrarlo con los
calzones abajo.
Me
instalé frente al bello tablero de madera de la India con
la vanidad de ser uno de los 25 entre 36 millones de colombianos
escogidos para jugar contra el sonriente y canoso Boris, residente
en París con su esposa Marina, su "Azul Intenso"
de carne y hueso. (De su primera mujer, Boris se divorció
"porque éramos alfiles de distinto color").
De Greiff nos anticipó que Spasski jugaría P4R contra
todos. Cuando se acercó a mi tablero y movió su pieza,
le pagué con la misma moneda: P4R.
Me
hostigó desde un principio. Para desestabilizarlo anímicamente
me abstuve de enrocar.
A
pesar de que la jugada es débil, en el medio juego había
logrado equilibrar la partida. Entonces pensé en pequeño
y acaricié la posibilidad de unas tablas. La próxima
pensaré en grande. Pero ¿cuándo volverán
a traer a Spasski?
Al
principio, Spassky, principal invitado de Davivienda y Seguros Bolívar
a Exposport, pasaba frente a mí con velocidad de fórmula
uno.
Con
envidia veía cómo el excampeón se detenía
más tiempo ante otros tableros. Me alcanzó a coquetear
el nacimiento de otro complejo sin nombre. Le podríamos dar
el de la mencionada diosa Caissa.
Pero
a partir de la jugada 13 de las negras que yo conducía, el
hombre empezó a dedicarme más tiempo, como cuando
estaba frente al abogado Javier Henao Hidrón, ex campeón
de ajedrez de Antioquia, quien no me volvió a saludar después
de que le sacó tablas a Spasski.
Y vino la famosa jugada del elefante... Después de su movimiento
24 que puso a mi rey en cuidados intensivos, aguanté más
que todo por dignidad, por terquedad y, sobre todo, para tener que
contarles a mis tataranietos y choznos: "Pues sí, pinticas,
que todo un excampéon mundial de ajedrez necesitó
29 jugadas para mandarme a la ducha".
Lo
que no les diré a mis descendientes es que enfrentar a 25
tableros al mismo tiempo, como lo hizo don Boris, es como jugar
tenis contra 25 rivales, o hacerles el amor a 25 muchachas al mismo
tiempo.
Enriquecido
con el maná de la derrota frente a Spassky, después
de la partida salí a la llanura a tomar un taxi. Tampoco
le iba a gastar paquidérmico bus a una tan reciente partida
con el excampeón que me había autografiado el libro
de Pachman y que me había dedicado 29 jugadas del ajedrez
de su vida. El equivalente a una sonrisa de Natalia París...,
guardadas las desproporciones.
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(*)
Periodista
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