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I
Premio 'Idioma y deporte' de relatos deportivos
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Con
motivo de su quinto aniversario, Idioma y deporte organizó
en 2004 este concurso con el portal Premiosliterarios.com
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Ganador:
Estilo
libre l Mención
especial: El
goleador l Finalistas:
Timódeno
de Egina, Arma de Zeus, Todos
saben quién es Roberto y El
salto
_________________________________________
Relato
ganador
Estilo
libre
Eloy Serrano Barroso
Se
quita el albornoz, sube y baja los hombros, da brazadas en el aire,
gira la cabeza en un sentido y en otro; y mientras mira al abarrotado
graderío de la piscina, piensa que ya no hay vuelta atrás,
que los más de diecisiete mil espectadores que han acudido
al Centro Acuático Internacional de Sydney serán testigos
de su humillación, y él se convertirá en el
hazmerreír de todos, una vergüenza para su país
y su familia.
Tenía
que haber huido. Esto es lo que pensó la noche anterior sobre
la cama del hotel, con los ojos muy abiertos y sin poder dormir
porque la tentación de escapar le acosaba. Salir corriendo,
desaparecer, era la mejor solución. El no es nadie en el
mundo del deporte, y hasta le parece ridículo que le llamen
atleta. ¿Atleta él
cuando ocho meses atrás
apenas sabía nadar? Si está en la Olimpiada es por
caridad, por ese "cupo de solidaridad" que permite que
se cuelen deportistas de todos los comités olímpicos,
aunque los registros de sus marcas sean de risa. ¿A quién
va importar entonces que abandone la competición? Él
no es Thorpe, ni Popov, ni Van den Hoogenbrand. En el mejor de los
casos, los periódicos escribirían una breve nota informativa
con letra muy pequeña y sin ningún comentario. Él
es un gris ciudadano de un país que la mayoría de
los espectadores no sabrían encontrar en el mapa. Un país
al que todavía podría volver con dignidad si ahora
decidiera escapar, que ya se inventaría luego cualquier excusa
para explicar su huida.
Le
han asignado la calle 5. A su lado calientan los otros dos nadadores
que van a competir con él. Uno es de Nigería; el otro,
de Tajakistán, y nadarán por las calles 4 y 6, con
unas marcas casi tan ridículas como la suya. Pero ¿tendrán
ellos el mismo miedo? ¿Habrán pasado también
la noche sin poder dormir? Y él
¿Quién
le ha mandado a él meterse en este lío? Nadie le obligó,
pero conocía la ilusión del abuelo, y que de alguna
forma, aun sin palabras, le pidió que no dejara pasar la
oportunidad. El viejo siempre admiró a Johnny Weissmuller,
desde que lo descubrió en las películas de Tarzán,
con sus cinco medallas olímpicas y esa selva en la que habita
ya para siempre, tan parecida a la de su país. Aunque el
abuelo no está tan loco como para creer que él puede
ganar una medalla olímpica.
De
pronto, por los altavoces empiezan a nombrar a los nadadores. Los
tres, cuando les llega el turno, levantan el brazo para saludar
al público. Nadie sabe quienes son. Unos desconocidos los
tres. Serán los bufones de la Olimpiada. Pero esto no lo
pensó entonces, cuando el abuelo, con los ojos brillantes
y la sonrisa en los labios, le informó de que la Federación
Guineana de Natación, inexistente hasta ese momento, había
pedido voluntarios para formar el equipo de natación. Entonces
sólo pensó en la oportunidad de salir de su país
y viajar, de conocer a jóvenes de otras nacionalidades. Ese
fue su error: no pensó que apenas sabía nadar, y que
disponía tan sólo de ocho meses para prepararse por
su cuenta, sin entrenadores; sino que empezó a soñar,
contagiado por el entusiasmo del anciano, pero ahora ha llegado
el momento decisivo y aquellos sueños se han transformado
en pesadillas.
Suena
el silbato de los jueces. Es la señal para que los nadadores
se suban a las plataformas de salida. Intenta caminar con paso firme,
pero a duras penas lo consigue. Cuando apoya su pie derecho en la
plataforma, le parece que está subiendo al patíbulo
y que los espectadores están allí para asistir a una
ejecución. Con un pequeño impulso consigue subirse,
pero las piernas le tiemblan, y si no se escurre es porque la plataforma
tiene una superficie antideslizante. Se desespera porque esta mañana,
antes de que le llamaran para desayunar, cuando aún estaba
solo, tuvo su última oportunidad de escapar. Pero al final,
después de muchas indecisiones, entró en el comedor
sin ganas de comer y con un nudo en el estómago. Por un momento
pensó en no probar bocado, por si tenía la suerte
de caerse desmayado antes de que empezara la competición,
pero luego lo pensó mejor. Le habían elegido como
abanderado de su país, y fue todo un honor llevar la bandera
en la ceremonia de inauguración. Abandonar ahora sería
como pisotear esa bandera. Pero no, tampoco era eso. La verdad es
que podría engañar a los demás, pero no engañarse
a sí mismo, ni al abuelo, que sabría con sólo
mirarle a los ojos, aunque él callara.
Con
el rabillo del ojo mira a los otros dos competidores, a derecha
y a izquierda. No parecen nerviosos. Incluso diría que están
demasiado relajados, sin esa concentración tan necesaria
en toda competición. El nigeriano es de color, como él.
Deben de ser los dos únicos nadadores negros. Ha oído
decir que los de su raza tienen una constitución poco apta
para la natación, que les pesa demasiado el esqueleto y la
piel, sobre todo la piel. No sabe si es verdad, pero lo cierto es
que no conoce a ningún gran campeón de natación
que sea negro. Y ahora que se le vienen estas ideas a la cabeza,
piensa que debería dejarse ahogar, sólo de esta forma
se salvaría de la humillación. Aunque cree que es
imposible, porque su propio instinto de supervivencia le sacaría
a flote. Sólo un loco se dejaría ahogar, y él
no está loco, sólo desesperado, muy desesperado, pero
no loco. Y si la desesperación le llevara a la locura, tampoco
le serviría de mucho, porque seguro que alguien le rescataba
en cuanto vieran que no salía a la superficie. Y quedaría
en el suelo, tristemente expuesto a la mirada compasiva del público
mientras le presionaban en el pecho o le hacían el boca a
boca.
"Takes
your marks", grita el juez de salida. Y él se prepara,
con las piernas flexionadas y los brazos hacia abajo, en tensión,
para dar el impulso que le lance al agua en cuanto oiga el silbato
de salida. Con la barbilla levantada y apretando los dientes, mira
hacia la masa de agua que se lo tragará dentro de un momento,
atrapado en la red que parecen formar las cuadrículas del
fondo, ahora tan nítidas. Nunca antes ha nadado en una piscina
de 50 metros, ni ante 17.000 espectadores. Tiene la boca seca y
el corazón le late con fuerza, igual que aquel día
en que el abuelo le llevó a la selva por primera vez. Es
por el abuelo por quien está ahora aquí. Por él
no se ha vuelto atrás. Por él, por él, se repite
para darse ánimos, cuando de pronto, y sin que hayan dado
la señal de salida, ve como el nigeriano y el tayako se lanzan
al agua, casi al mismo tiempo, tan al mismo tiempo que está
a punto de seguirlos. Pero se queda en el borde de la plataforma
guardando el equilibrio. El ruido de los cuerpos al entrar en el
agua, y la superficie ahora revuelta, que no le deja ver el fondo,
han acelerado aún más el ritmo de su corazón.
Sigue con la mirada a los dos nadadores, hasta que salen de la piscina.
No sabe si son imaginaciones suyas, pero cree percibir que entre
ellos intercambian una sonrisa de complicidad. Cuando los descalifican
se siente aliviado y triste a la vez. Aliviado porque ya no tendrá
que competir; triste porque tanto esfuerzo y angustia no han servido
para nada. No sabe que las reglas le obligan a nadar en solitario.
Y esto es lo que le dicen ahora los jueces, cuando se está
bajando de la plataforma de salida.
Mientras
el agua vuelve a la calma, se pone el albornoz, por hacer algo,
para no parecer un pasmarote allí en medio, sin saber qué
hacer. Este precipitarse de los otros supone para él una
vuelta atrás. Ahora que ya estaba decidido, que ya había
conseguido anular su pensamiento, sus dudas, la salida en falso
le despierta del trance, y vuelve a tomar conciencia de dónde
está. El público deja de ser una masa informe y estática,
para adquirir de nuevo esa cualidad amenazante, similar a la del
público de los circos romanos, que decide sobre la vida o
la muerte, sobre el honor o el deshonor. De nuevo vuelve a dudar.
¿Por qué no sigue el ejemplo y se lanza él
también antes de que suene la señal? Pero ¿no
sería esto peor que tener que abandonar en mitad de la carrera?
Intenta imaginarse la expresión del abuelo en los dos casos,
y al instante sabe lo que tiene que hacer.
De
nuevo por los altavoces se oye el silbato de salida, y de nuevo:
"Takes your marks". Esta vez parece tener claro cual es
su destino. Planta los pies con firmeza en el bloque de salida y
recorre al público con la mirada, como si les retara, procurando
que sus nervios se transformen en rabia, en orgullo. E instintivamente,
con este valor adquirido, mete la barbilla en el pecho y se prepara
para la señal. Cuando oye el silbato de salida se lanza.
Ahora ya sí que no hay vuelta atrás, piensa cuando
va por el aire, cuando su cuerpo entra en el agua, que siente helada,
mordiéndole el pecho y las extremidades. Seguro que es su
cuerpo el que arde, porque el agua está a 24 º. Aun
así, si pudiera, haría todo el recorrido por debajo,
siguiendo la línea guía del fondo, aguantando la respiración
para no imaginar los ojos de los espectadores clavados en su espalda,
siempre en su espalda, atentos y juzgando cada uno de sus movimientos,
sin otros nadadores que los distraigan. Y aguanta hasta que el pecho
parece que le va a estallar, y sale a la superficie soltando una
bocanada de aire.
Y
al sacar la cabeza del agua descubre, para sorpresa suya, que el
público está aplaudiendo, aplaudiéndolo a él,
¿a quién iba a ser si no? Aunque quizá se ríen
del bufón y sólo le jalean para pasar un buen rato.
Pero no, además de aplausos hay sinceros gritos de aliento.
Esto le anima, e intenta mantener el estilo como dicen los manuales
de natación: extendido el brazo que entra en el agua, buscando
profundidad mientras que la cabeza gira para respirar, pero está
tan agarrotado que no puede coordinar los movimientos, y mete la
cabeza en el agua justo cuando va a tomar aire. Con la tráquea
llena de agua empieza a toser, y el braceo se vuelve torpe, a manotazos,
la cabeza girando a derecha y a izquierda, descompuesto el estilo.
Hasta que por fin consigue rehacerse, pero ya no vuelve a meter
la cabeza debajo del agua. Y piensa que ahora sí, ahora el
público se va a reír de él, de sus formas de
principiante.
Pero
no sólo no se ríe de él, sino que aumentan
los aplausos y los gritos de ánimo. Qué ternura inspira
con sus movimientos torpes, como de pez que se resiste a ser pescado.
Allí, en ese joven de color que apenas puede mantenerse a
flote, se ha encarnado el primitivo espíritu olímpico,
porque ¿hay algo menos profesional que un nadador que no
sabe nadar?
Y
algo de esto intuye él, y nada con una fuerza renovada cuando
llega a las corcheras pintadas en rojo, a punto de cubrir los primeros
cincuenta metros, que ya tiene mérito para él, que
se entrenaba en la piscina de tan sólo 17 metros de un hotel
de Malabo, a horas intempestivas para no coincidir con los clientes.
Nada con brío, preparándose para el impulso, porque
ahora que tiene que dar la vuelta para cubrir los 50 metros finales.
Deberá tocar la pared de la piscina con alguna parte de su
cuerpo. Podría tocarla con la mano y girarse, pero ¿qué
clase de nadador sería? No, aunque no ha conseguido dominarla,
dará la voltereta, apoyará los pies en la pared y
saldrá impulsado. Así que ahora nada con la vista
al frente, calculando la distancia que le separa de la pared, y,
cuando cree que está a la distancia correcta, toma aire y
se sumerge, volteando sobre un colchón imaginario. Quizá
se ha arrimado mucho, pero no quería arriesgarse y quedarse
corto. Al dar el giro se ha desorientado, así que no sabe
a qué distancia está exactamente, y por ello extiende
las piernas con precaución, para no golpearse, hasta que
siente que sus pies tocan la pared, y se impulsa con todas sus fuerzas.
Cuando
sale a la superficie, su hombro roza con los corchos que marcan
las calles. Debe tener cuidado: cambiarse de calle supondría
la descalificación. Y ganas le dan de pasar por debajo de
los corchos y plantarse en el otro lado, sobre todo ahora que levanta
la cabeza y ve el extremo opuesto de la piscina, inalcanzable, como
si nadara en un mar sin horizonte. Y siente la tentación
de dejar de nadar, de quedarse flotando como una hoja a la deriva,
sin pensamiento ni voluntad. Pero el griterío del público
sigue empujándole. Tiene que llegar como sea, aunque sólo
sea por ellos, aunque los calambres hayan empezado a agarrotarle
las piernas y el mundo parezca detenerse en cada brazada. Entonces,
para darse ánimos, imagina que su abuelo corre por uno de
los laterales de la piscina, aplaudiendo su hazaña, y que
él ya no es él, sino el mismísimo Johnny Weissmuller
nadando a esa velocidad de vértigo de las películas
antiguas. Y siente que el público también nada con
él, y que si él se hunde, todos se hunden. Pero entonces,
si está nadando, ¿por qué no avanza?, ¿por
qué el borde de la piscina parece incluso alejarse?
Y
así, a punto de desfallecer, cubrirá el corto e interminable
tramo que le separa de su meta. Aunque esto él todavía
no lo sabe. Como tampoco sabe que, cuando su mano alcance por fin
la pared, los cronómetros se detendrán en 1:52,72,
a más de un minuto de diferencia del record del mundo; que
casi todos los televisores del planeta repetirán una y otra
vez su carrera en solitario; que una importante marca de material
deportivo le tendrá preparado un contrato millonario; que,
aunque nadie pregunte por los nombres de los descalificados, ya
todos sabrán que él es Eric Moussambani, de 22 años
de edad y natural de Guinea Ecuatorial, y fantasearán que
se entrenaba con un machete en la boca en ríos infestados
de cocodrilos y en playas plagadas de tiburones.
Esto
es lo que sucederá, aunque ahora, antes de entrar en la leyenda
de los juegos olímpicos y a diez metros del final, no parezca
un nadador, sino un hombre subiendo una montaña, empujando
con los pies, aferrándose al agua para no precipitarse al
vacío, hasta que por fin llegue a la cima, extenuado y sin
dejar de jadear, entre los gritos y aplausos del público
puesto en pie.
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