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I
Premio 'Idioma y deporte' de relatos deportivos
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Con
motivo de su quinto aniversario, Idioma y deporte organizó
en 2004 este concurso con el portal Premiosliterarios.com
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Ganador:
Estilo
libre l Mención
especial: El
goleador l Finalistas:
Timódeno
de Egina, Arma de Zeus, Todos
saben quién es Roberto y El
salto
_________________________________________
Mención
especial
El
goleador
'Yuca Tigre'
En
el boliche de Elgarte, uno de los más concurridos del pueblo
de Puntas de Corrales, la conversación entre los parroquianos,
en este atardecer de sábado de febrero, es confusa, contradictoria
y cargada de solemnidad y de banalidades a partes iguales.
Elbio
Suárez (apodado el Viejo, por los años que aparenta
tener y por el respeto que inspira) trata de convencer, con autoridad
y erudición, de que es la Tierra la que gira alrededor del
Sol y no a la inversa, como afirman varios tozudos contertulios.
Una afirmación desatinada, temeraria y absurda para algunos;
veraz, coherente y razonable para otros. Y, como sucede siempre
entre gente tan discutidora, la polémica estalla; todos tratan
de opinar y exponen sus ideas con más pasión que argumentos.
El
vasco Elgarte, con el rostro pleno de sonrisas, atiende solícito
los pedidos de cachaza brasileña y cerveza uruguaya multiplicados
al instante. Las ventas mejoran en la medida que los ánimos
se aceleran.
-¡Qué
disparates dices, hombre! -grita uno de los hermanos Sosa, haciendo
resaltar su voz entre voces discordes- Todos vemos al sol saliendo
por allí -señala hacia los horizontes ya sombríos
del levante- y ocultándose por allá -hace una expresiva
contorsión para describir el supuesto recorrido del sol en
el espacio, indicando el extremo opuesto. -¿Mesplico, amigo
Suárez?
El
ruido ambiental, el acaloramiento y los efectos del alcohol van
anulando los escasos intentos de reflexión. Y que es un burro
quien desestima los descubrimientos de la ciencia; y que es un ignorante
quien desatiende la evidencia de los hechos, y que patatín
y que patatán. Y asi. Quienes están más cerca
acuden, atraídos por esa discusión que aparenta evolucionar
hacia una trifulca, y donde ya hay amenazas de hacer pesar razones
más contundentes. Como ya no hay arbitraje posible, pues
el maestro de la localidad viajó a la capital, alguien, procurando
evitar un desenlace desagradable, propone una fórmula para
resolver el diferendo sin violencia:
-¿Jugamos
un partido de fútbol y quien lo gane tiene la razón?
¿pan?
-Topamos.
Para
un observador imparcial, desconocedor de la mentalidad de este pueblo,
el método podría parecer como traído de los
pelos, pero aquellos hombres aceptan de inmediato la propuesta.
Quien la hizo conoce los motivos circunstanciales, evocadores de
antiguas rivalidades. La población fronteriza es muy futbolera
y por esa vía se canalizan con facilidad estas disputas.
Los asistentes se afilian según las simpatías personales;
los grupos se organizan, fijan fecha y eligen terreno para la contienda
y acuerdan: el partido se jugará en quince dias en el campo
de la orilla del río. Es la cancha del Club River Plate,
la mejor en mantenimiento e instalaciones para asegurar la comodidad
de los espectadores. Transcurridos los primeros dias, una vez publicitado
el evento, ya se prevé una concurrencia multitudinaria, dada
la expectativa generada. El Viejo Suárez se encargará
de organizar al equipo denominado 'De la Verdad Científica'
(denominación que, en beneficio de la sencillez, será
abreviado como Ciencias Fútbol Club), Aunque no juega (por
la edad), Suárez es hombre inspirador de confianza para dirigir
a un equipo con pretensiones de ganar. Tiene en su carpeta de méritos
el importante antecedente de haber sido ayudante de campo del entrenador
del seleccionado local. Suárez sabe escuchar a quienes conocen
del tema y es un observador escrupuloso. Lee revistas especializadas
para estar al día con las tácticas de moda.
Los
hermanos Sosa, Ladico y Arlindo, hombres jóvenes y fuertes,
buenos jugadores, son designados como responsables de formar el
cuadro de la Verdad Evidente. (Este, en adelante, será abreviado
como 'Deportivo Verdad').
-Hay
un problema -advierte un hombre pequeño, de edad indefinida,
de rostro alargado, dientes salientes y piel de color del cobre
burilado.
-¿Y
cuál sería el tal problema, Conejo? -pregunta, cejijunto,
Yuca Tigre (un ladero profesional de hecendados, hombre fornido,
de enormes espaldas, brazos largos, manos como garras y pelo desgreñado),
con acento bronco y poco amistoso, muy habitual en él.
-¿En
cuál de los equipos jugará el Toro Turbo? -pregunta
el Conejo, con sonrisa entre burlona y curiosa.
Un
silencio peregrino, con el olor dulce de la marcela y el cedrón,
venido desde la inmensidad de las serranías fronterizas ya
cubiertas de noche, ingresa al recinto y se instala unos instantes.
-Es
problema, sí - afirma alguien.
-¡Es
un grave problema! -reafirma otro.
-¿Sorteamos?
-Sorteamos
sí.
-¡Alto
ahí, compañero! -estalla el vozarrón de uno
de los hermanos Sosa- el Toro Turbo es mucha ventaja, vo. ¿Damos
empate por triunfo al cuadro que juegue sin él?
-Es
razonable. Aceptamos -corean voces monocordes y aguardentosas.
Treinta
pares de ojos vidriosos sostienen el vuelo de una moneda de diez
centésimos que dibuja una elipse en el aire brumoso del boliche
y cae, con la cara del prócer hacia arriba, sentenciando
el resultado:
-El
Toro Turbo juega con los hermanos Sosa, en el equipo de la Verdad.
Un
coro de imprecaciones denuncia el descontento de quienes tendrán
al temible goleador como rival: ¡Madrequeteparió, cheee!
Los
partidarios del Deportivo Verdad, satisfechos, se regodean con la
victoria anticipada. Con el Toro juegan a ganador seguro y restan
importancia a la concesión del empate como triunfo. Este
es el apodo de un joven llamado Arcelino Rivair Corrales, un trabajador
incansable, de fuerza y habilidad inigualables y diestro jugador
de fútbol con justa fama regional. Los adjetivos son escasos
para abarcar las opiniones laudatorias que tienen de él.
-Es
un fenómeno en su puesto.
-Es
lo mejor que se ha visto en muchos lugares.
-Es
desequilibrante en el medio y alrededores.
-Es
una saeta.
-Es
un tractor.
-Es
un goleador nato.
Arcelino
participa con asiduidad en los torneos locales y, en ocasiones,
lo requieren desde algún lugar cercano para integrar equipos
o selecciones afiliadas a las Ligas de Fútbol de la región.
Quienes
le han visto en los terrenos de juego admiran su potencia, su velocidad
y su resolución goleadora; es endiablado en los desplazamientos
y recio en los balones divididos. Difícil de controlar, por
los defensores rivales es su puntapié de derecha efectuado
desde afuera del área grande. Sin tomar excesiva distancia,
le imprime mucha fuerza y correcta dirección al balón,
asegurándole un destino infalible de arco.
-Sucede
que, al alcanzar una gran velocidad, la pelota queda más
pequeña y es más difícil de atrapar por el
cuidapalos -explica, con voz pausada, el Viejo Suárez.
-¿De
dónde sacó esa explicación, Viejo?
-Es
la Teoría de la Relatividad de un tal Newton.
-¿Entrenador
de algún equipo brasileño?
-No.
Era un agricultor inglés. Cosechaba manzanas.
-Queloparió.
Eran
muy comentadas -y temidas- las corridas del Toro Turbo desde el
centro del terreno de juego, cuando avanzaba con pelota dominada,
superando en la carrera a sus marcadores. El pánico de los
cuidavallas ante esas embestidas inspiró ese apodo con doble
referencia: Toro Turbo.
Solano
Pérez, el peluquero, propuso el nombre de Toro, por su connotación
de fuerza y decisión: Julio Fuentes, camionero y conocedor
de mecánica automotriz, se inclinó por el apodo de
Turbo, por su sentido de velocidad, de potencia y por el encuadre
a los conceptos del fútbol moderno.
-No.
Le ponemos Toro.
-Mejor
le llamamos Turbo.
-Toro.
-Turbo.
-Toro.
-Turbo.
Y
quedó asi, Toro Turbo, porque a la gente le satisfizo la
sonoridad producida por la conjunción de ambos vocablos.
En varias oportunidades Arcelino fue tentado de jugar en instituciones
de renombre de Uruguay y de Brasil, pero su incorporación
nunca se hizo, por esto o por aquello. Cuentan que, en un partido
por el campeonato de liga local, fue observado por el conocido entrenador
de un poderoso team de la capital del país.
Dicen
que "El Pulpa" Etchamendi (de él hablamos), comentó
a su asistente:
-¡Qué
jugador, ché! Ocúpate de que acepte la firma de un
contrato para el Club Nacional de Fútbol.
El
Toro respondió que no. "No quiero complicaciones",
dicen que dijo.
Cuentan
que el laureado DT, al enterarse de la respuesta, comentó:
-Déjalo,
vo. Al fin y al cabo, con ese nombre ¿quién puede
pretender llegar a jugar en el fútbol profesional?
(Cuando
alguien intentó contrarrestar ese argumento citando el ejemplo
de un futbolista, quien, con el extraño nombre de Espárrago,
llegó a ser famoso en el mundo, Ramón Etchamendi ya
se desentendía del asunto y hablaba de otros temas con los
amigos.)
Acordadas
las condiciones del juego, todos se aprontan para el gran partido.
El equipo de la Ciencia busca compensar su más débil
formación con delanteros de oficio, mediocampistas de buen
armado y defensas de recia marcación y salida rápida
al contraataque. Merced a eficaces gestiones consiguen a un delantero
muy joven, de origen brasileño, un genial malabarista del
balón, ambidextro, rápido e inteligente para jugar,
quien visita a parientes que viven en las cercanías de Puntas
de Corrales, del lado de Brasil. Este jovencito, según se
comenta, alterna en las divisiones menores del Club Santos de San
Pablo y, en breve, será ascendido a las divisiones de privilegio.
Le apodan Pelé.
Sin
embargo, el Viejo Suárez, siempre cuidadoso de los hombres
que tiene a su cargo, lo mantendrá en la plantilla de suplentes
pues, según dijo, no quiere arriesgar el físico de
un muchacho tan prometedor como éste. Utilizará sus
servicios sólo en caso extremo, pues, hombre de gran visión,
vaticina un gran futuro al negrito.
-No
me falla el ojo clínico -afirma- este menino será
un grande del mundo en poco tiempo.
Y
otra gestión, tan eficaz como aquella, logra que acepte jugar
en el arco del Ciencias otro joven brasileño, de buen físico
y vocación de golero, codiciado por equipos de Porto Alegre
y San Pablo, quien anda por estos lugares en una recorrida turística
por varios países de Sudamérica. A este muchacho se
le conoce por el apodo de Manga y es oriundo de Pernambuco, Brasil.
Manga casi desiste de participar en el juego cuando se entera del
nombre del centrodelantero rival.
-¿O
Toro Turbo? ¡Vou embora! Tenho saudades do meu Pernambuco-
declaró.
Pero
después de mucho pensar y cuando le hicieron saber el motivo
del partido, aceptó. "Porque sou homem de Ciencia"-
afirmó solemne y salió a practicar con los demás.
El
día fijado llega y la asistencia al escenario se corresponde
con la expectativa generada por la controversia. Cartelones y pancartas,
dispuestos en cuatro tribunas atiborradas de fanáticos de
ambos equipos, revelan el fervor con que el pueblo tomó la
discusión: "Viva la Ciencia", "La Tierra es
la que gira", "Viva la verdad" "Gira el Sol,
Girasol", "Arriba Toro Turbo, Idolo", "Arriba
Supermanga", "Queremos como titular al negrito del Santos"
y otras consignas, atrapan la atención de la gente.
La
contienda comienza con mucho vigor y poca técnica (según
los entendidos) y es parejo en su desarrollo. Los actores del espectáculo
se brindan por entero, alentados por los cánticos victoriosos
de las barras bravas. Con juego muy caballeresco, pero recio, con
garra y pasión, no se dan ni se piden tregua. El equipo de
la Ciencia, con un original sistema de relevos de hombres en la
custodia del Toro Turbo, impide, hasta los últimos minutos,
que el temible delantero acierte alguno de sus disparos cargados
de peligro. Manga tiene un desempeño excelente en la portería;
detiene balones difíciles y provoca exclamaciones de admiración
de todos los aficionados. Las tribunas vibran con el fragor de la
contienda.
Faltando
pocos segundos para el final, los hombres del Ciencias se consideran
seguros triunfadores, pues el empate significa el triunfo, y esperan
ansiosos el último silbato del árbitro. Suárez
está eufórico, sabiéndose ganador y liberado
de su responsabilidad de haber hecho ingresar al joven delantero
del Santos, a quien mantuvo entre los suplentes. (En algún
momento del partido, cuando las cosas no iban bien para el equipo,
la presión de los aficionados se hizo sentir).
Pero
una acción ocurrida en los últimos segundos -ya en
los descuentos- ahoga las gargantas y suspende el latido de los
corazones: En un descuido inexcusable de los defensores del Ciencias,
el Toro Turbo, con celeridad, se lanza hacia un balón enviado
por el volante izquierdo justo al espacio vacío situado entre
él y el arco contrario. El goleador, impulsado por una fuerza
insólita, arremete, con la velocidad de un torpedo Exocet,
hacia la portería custodiada por Manga. Quienes intentan
marcarlo van quedando estáticos como menhires neolíticos.
La vertiginosidad de su carrera hacia la valla del cuadro rival
es tanta que se escucha el zumbido provocado por su cuerpo atlético,
al hendir el aire de la tarde. La fijeza de su mirada es el síntoma
de su resolución inquebrantable de llegar al gol. Tiene el
arco rival entre ceja y ceja.
(Aunque
la corrida duró escasos segundos, Suárez el Viejo
juraría que pudo advertir como el cuerpo del Toro Turbo se
hacía más pequeño, debido a la gran velocidad
a que estaba sometido. Pero después, en sus declaraciones
a los medios de prensa, guardó un prudente silencio sobre
el punto.)
Una
filmación en cámara lenta de ese instante, fugaz e
irrepetible, mostraría a la gente en las tribunas con el
rostro tenso por la atención, los ojos desorbitados, la mirada
hipnótica y la boca abierta por el asombro.
Manga
-quien más que verlo venir lo intuye- sale al descampado,
despavorido e indefenso, en procura de frenar la letal acometida.
Es inútil el esfuerzo. El delantero, con el balón
dominado, lo impulsa con suavidad de magia por la izquierda para
explotar el flanco débil de Manga, lo recoge luego por el
callejón derecho y se aproxima al arco adversario, libre
de marcas.
Pero
en ese instante preciso, algo extraño ocurre. Al llegar a
la línea del gol, sin nadie que le pueda impedir la conquista,
el Toro Turbo se detiene, pone el pie sobre la pelota, mira a compañeros
y a rivales con gesto de quien pide disculpas por lo que hará
y, ante el asombro de todos, tira la pelota afuera, por sobre los
muros del escenario deportivo, muy lejos.
Un
grito de asombro plural se despeña desde las tribunas hasta
el centro del terreno de juego. El goleador, haciendo caso omiso
a estas reacciones, saluda al árbitro y se encamina al vestuario
con paso parsimonioso y decidido. El público, enmudecido,
lo sigue con la mirada empañada por el estupor. Luego, cuando
uno de sus compañeros le pide explicaciones, dirá:
"Recordé el motivo de este partido cuando estaba por
hacer el gol. Disculpen, pero nadie preguntó mi opinión
sobre el punto en discusión, para saber qué pienso
y en cual de los cuadros quería alistarme. Hubiera jugado
en el equipo de la Ciencia, pues estoy de acuerdo con sus ideas".
Alguien
comentó:
-Demoró
más tiempo en dar explicaciones que lo que duró esa
formidable corrida hacia el arco rival.
Es
la primera vez -se dice- que el Toro Turbo, pudiendo hacer un gol,
no lo hace.
La
explicación satisfizo a todos, aunque los del Deportivo Verdad
se quedaron con el sabor amargo de una derrota, acaecida cuando
ya el partido llegaba a su fin.
Aquel
muchacho sencillo, de pueblo pequeño, tenía una austera
dignidad y la gente lo comprendió. Era consciente y justo
y demostró estar dispuesto a sacrificar la fama y el nombre
en beneficio de una causa.
En
Punta de Corrales, desde ahora y gracias a esa actitud bravía,
la gente resolvió que la Tierra gira en torno al Sol. En
cuanto al destino del goleador de Puntas de Corrales, dicen que
vendrá una Comisión especial, dirigida por el actual
entrenador del combinado nacional, un profesor de apellido Borrás,
con el único objetivo de convencerlo de integrarse a las
prácticas del seleccionado de su país. El conocido
técnico tiene confianza en sus posibilidades de persuadir
al Toro Turbo de aceptar tan patriótica responsabilidad.
En conversaciones con allegados, el profesor comentó: Con
este jugador este país estará en inmejorables condiciones
de salir nuevamente campeón del mundo. Sin él será
difícil -por no decir imposible- no ya de estar primeros
en la contienda ecuménica, sino de figurar en los primeros
puestos de la ronda de clasificación en el área sudamericana.
-Con
eso le digo todo -terminó diciendo el veterano entrenador.
Quienes
conocen al buen delantero fronterizo vaticinan: El viaje de esa
Comisión será inútil; Uruguay desperdiciará
otra oportunidad de volver a los lugares de privilegio del fútbol
del mundo.
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