I Premio 'Idioma y deporte' de relatos deportivos

Con motivo de su quinto aniversario, Idioma y deporte organizó en 2004 este concurso con el portal Premiosliterarios.com

Ganador: Estilo libre l Mención especial: El goleador l Finalistas: Timódeno de Egina, Arma de Zeus, Todos saben quién es Roberto y El salto

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Relato finalista

Timódeno de Egina, arma de Zeus
Carlos La Casa

A Claudia Blasetti.
"Que los hechos pretéritos, cumplidos con justicia o sin ella
resulten anulados, ni el Tiempo, padre de todas las cosas,
lo podría lograr;
pero el Olvido, con la ayuda de un hado favorable,
puede imponerse al fin."
PÍNDARO, OLIMPICA II

Quizá buscando mantener impoluta la leyenda de la más grande civilización que habitó nuestro planeta, la Antigua Grecia, se cometen omisiones o faltas que podríamos calificar de injustas. Valgan como ejemplo: el celebrado blanco marmóreo de sus esculturas, en realidad producto del paso del tiempo, ya que originariamente estaban rebosantes de colores; hablar poco y solapado de dos actitudes tan comunes y corrientes que corrían parejas con el talento y la belleza de la época: la homosexualidad (son de amante las lágrimas que Aquiles derrama sobre Patroclo) consecuencia necesaria del culto al cuerpo masculino. Actitud, actividad o elección que no era vista como es hoy, y quizá por eso no se la menciona, una anormalidad o desviación de la Naturaleza. Y por último, la corrupción, que no estaba tan ausente como se piensa. No preciso ejemplos: trasladen cualquier caso contemporáneo y ubíquenlo en aquel tiempo y espacio. La Luz y la Oscuridad que conviven en el alma humana ya se manifestaban con todo su esplendor en aquellos siglos. Otros sucesos y actitudes deben haber sido enterrados por el Olvido, pero lejos de mí pretender destruir la imagen de esos seres majestuosos, de sus actos y discursos igualmente dignos, apagar el fuego helénico que todavía nos alumbra y tanto le costó a Prometeo. Solo quiero rescatar la tragedia de un campeón, del primer gran atleta de la humanidad: Timódeno de Egina.

No tenemos la fecha exacta de su nacimiento, que podemos situar a fines del S. V a.c. Es criado en el seno de una familia acaudalada, lo que desde el comienzo de su vida le permite dedicarse de lleno a la preparación para la Gloria Absoluta: la Victoria en los Juegos Olímpicos. Lo único similar que nuestra época mantiene con aquella, en lo que a este acontecimiento respecta, es su nombre y que se realizaban cada cuatro años. Pero otras eran las intenciones, otro el espíritu, los modos: las pruebas eran menos; las mujeres no participaban (incluso tenían prohibido asistir como público) y sí los niños; el premio era una simbólica corona de olivo pero también el honor eterno, la fama inmortal alcanzada con una estatua que Fidias realizaba en oro y otra de Píndaro hecha con palabras (1).

Hay comentarios de que Timódeno, con sólo trece años, participa ya en la carrera (llamada stadion) para adultos. Vale aclarar que estos y los niños realizaban las mismas pruebas. Timódeno venía ganando con excesiva facilidad en su categoría las últimas ediciones de los juegos menores en importancia (Píticos, Nemeos, Ístmicos.). Ese día se acercó a los jueces, y con una voz que parecía angelical, pero no melosa ni estúpida, seria y firme a la vez, levantó el brazo señalando el monte Olimpo. Daba la sensación de abarcarlo con la mano. Dijo: "La carrera es un saludo y una ofrenda a los dioses, un intento de llegar ahí arriba. Disculpen mi retiro, pero yo no puedo seguir considerándola un juego de niños" (2). Conmovidos, lo autorizan a participar y termina segundo, pisando los talones de Evorio de Salamina. Furioso, humillado, decidido, redobla sus prácticas, no participa en los juegos intermedios y a partir de los Olímpicos siguientes, y por el lapso de veinte años, ganará absolutamente y de manera rotunda todas las carreras en que compita, habilidad que le confiere el apodo de Hombre Rayo o Arma de Zeus.

El comienzo de su caída sucede en los Juegos Nemeos del año 502 a.c. Los atletas convivían en una villa dispuesta a tal efecto. Allí el destino le muestra a Cleandro, conocido por todos como efebo de Hierón de Siracusa, gran tirano y absoluto campeón en las carreras de caballo. Un joven de diecisiete años, bucles amarillos, ojos azules que recuerdan el Mediterráneo y cuerpo de rasgos apolíneos. El hechizo de Afrodita es instantáneo para ambos. La aurora de rosados dedos los encontraba caminando por las colinas con alegre y deliberado aire furtivo. Al igual que la relación de Cleandro con Hierón, no explícita pero a todas voces conocida, la noticia de la pasión entre ellos circula, se expande. Hierón no actúa de inmediato, es un militar, un racionalista, y se exige pruebas. Obtiene una de manera impensada pero definitiva: se esconde y observa la stadion de aquellos juegos, que Timódeno gana con facilidad. Y este, sudado y victorioso, busca la mirada de Cleandro, que le responde con un dulce guiño de ojo. La evidencia resulta concreta e infame, a Hierón se le presenta la Venganza como las Musas del Helicón a Hesíodo. Dos años tarda en prepararla, quiere que sea inolvidable, que a Timódeno se le recuerde por su fin y no por sus pies alados. Durante este tiempo el amorío prosigue. Cleandro, para encontrarse en un lugar secreto con su amado, sale con regularidad de Siracusa, argumentando visitar a sus padres. Al fallecer estos cambia la excusa y prosiguen los viajes.

El final de esta historia nos lleva a los Juegos Olímpicos del año 500 a.c. Esta sería la última carrera de Timódeno, que tenía ya edad y premios y Gloria suficientes como para retirarse a vivir tranquilo. También notaba que sus piernas, si bien continuaban siendo las más veloces, no tardarían en ser aventajadas por alguien. La mañana de la competencia, el hombre que sirve el desayuno de los atletas coloca una pócima en el plato de Timódeno. Inútil aclarar que todos y cada uno de los que mencione a partir de ahora, incluídos en el maquiavélico plan de Hierón, habían sido muy bien pagados por este. La pócima produce en el miembro de Timódeno una erección vigorosa y constante.

Me detengo no por pudor, porque no lo tengo, porque estoy siendo fiel a la Historia, sino para aclarar otro detalle acerca de la época. Cierta vez, durante una competencia muy anterior al nacimiento de Timódeno, en el ardor del deseo de triunfo, un corredor se arrancó su túnica de lino, la única prenda que lo mantenía vestido. A partir de allí se les permitió a los atletas participar de esa manera: totalmente desnudos. O sea que relean mi historia y cambien sus imágenes, si es que al decir yo palabras como "competidor" o "atleta" los veían con ropas.

Que un miembro se erecte es normal en cualquier circunstancia, mas aún tratándose de hombres que convivían desnudos y entre ellos se atraían; el problema radicaba en que el de Timódeno no volvía a su estado de flaccidez con nada (probó bañándose en agua helada). No quería hacerlo por vergüenza, sucede que le dolía en exceso. Cansado de las estrategias, llegada la hora de la competencia, se presentó a la pista como estaba, lo que parece causó la admiración de muchos. Algunos envidiosos (de su miembro y/o de su velocidad) se irritaron leyendo que deseaba inhibir a sus contrincantes, que exhibía su grandeza. Hay algo de melancolía en el aire: el público se ha enterado de que esta es la última carrera de su aclamado Hombre Rayo. Ahora sabemos que el final era más exacto, más absoluto: era el término de sus días.

A la señal de largada la gente aplaude a su favorito. Un joven cuyo nombre desconocemos gana la vanguardia, Timódeno va detrás, un grito abstracto pero enojado de Hierón, al costado de la pista, le recuerda al insolente que fue pagado para perder (al igual que el resto de los corredores) Este simula tropezar y cae. La carrera le resulta demasiado fácil a Timódeno, tanto como para que puedan llamar su atención los dos hombres al final de la pista, pegados a los jueces. Imagina que los dioses lo querían más veloz que nunca en su despedida, le insuflaron rapidez divina, y por eso gana con tanta holgura. Timódeno está llegando feliz a la línea de llegada, al final de la carrera y también, no lo sabe, de su vida.

Aclamadísimo, alcanza la meta. El ritual es el de costumbre: mira a la gente, los aplausos y vítores acarician su cuerpo como una lluvia. Hoy se toma más tiempo: es la despedida definitiva. Entonces (todo esto sucede en pocos segundos casi simultáneos; mi torpeza de escritor y el lenguaje, que es lineal, apañan el suceso, lo exageran y ralentan.) los hombres que llamaron su atención saltan a la pista y le toman las manos, que tiene levantadas en señal de festejo. Hay un brillo de relámpago en la mano de uno de ellos y de pronto el miembro de Timódeno caído, cercenado. El grito de la multitud horrorizada resuena en las colinas, ahogando el de la víctima. Algunos padres tapan los ojos de sus niños. La estupefacción es tal que nadie reacciona, los asesinos huyen por un camino arbolado (la pista estaba en una colina al aire libre) que Hierón les había indicado como salida. Entienden tarde el engaño, se llaman estúpidos por confiar en un tirano: allí dos guardias apostados los ultiman con flechas (3).

Nadie, por el placer morboso de mirarlo, por asco o por miedo, se acerca en un principio a Timódeno, que está en el suelo de la pista, sangrando. Sólo Cleandro, bañado en lágrimas, lo toma en brazos. Timódeno también llora, pensar en su angustia es recordar el Ayax de Sófocles (4). Despacio, arrastrando las sandalias sobre la pista de tierra, el público forma un círculo a su alrededor. Hay un profundo silencio de respeto: es la muerte del héroe. Se murmuran palabras que nadie oye, que jamás se conocieron. Timódeno ha dejado de respirar, Cleandro sigue acariciando su pelo.

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(1) "Pero este honor, este orgullo, eran tan grandes que tenían su correspondencia material: en algunos casos, los Estados natales de los vencedores en las pruebas se encargaban de mantener de por vida a su hijo prodigio, que tanto orgullo les traía. La victoria individual era la victoria de la polis toda, porque constituía la señal de que la divinidad auxiliaba a sus ciudadanos." (García, Pablo. Polis y Juegos Olímpicos. Su importancia en el nacimiento de la filosofía. EUDEBA, 1999. Pags. 166-167.)

(2) La joya ineludible de Sir. Thomas Grounauer (Reading Píndar, Royal Books, 1968.) el mismo de García; el excelente y poco conocido libro del Licenciado Bernard Franchesse (Sociología actual aplicada a la Grecia Clásica, Paidós, 2003), entre otros, apoyan la anécdota. También hay jugadores del otro equipo. Grandes sabios insensibles y poco propensos a la imaginación (aunque viajeros del tiempo, ya que hablan como si hubiesen presenciado los acontecimientos) Cito sólo uno: el español Rodolfo Tagini y Tévez (Mentiras que sostienen las cariátides: la Verdad acerca de algunos asuntos helénicos, Ed. Cruz del Sur, 2000) Como advierte su título, considera apócrifo no solo el episodio sino la existencia misma de Timódeno.

(3) Pausanias cuenta, con precisión matemática, que a los siete días exactos del hecho, las veinte personas implicadas (jueces, corredores, ayudantes, etcétera) sumados quienes podían saber algo del asunto, habían muerto o estaban desaparecidos.

(4) "No tengo una razón lógica de por qué Píndaro no escribió una Oda luego de esta carrera. ¿Puede haberla? Es factible que la haya escrito y hoy esté perdida. Yo tengo mi propia teoría: por más que la poesía fuera un "atributo adivino", la escena era demasiado poderosa como para osar escribir algo, rebajarla a palabras. No era poética; entendiendo el adjetivo como algo que despierta o activa en el poeta la necesidad de escribir, de poetizar. Como la amada de Becquer que pregunta qué es poesía, la escena en sí ya era poesía.

Imaginen que estamos allí, imaginen ustedes su escena. En la mía, yo no miro el miembro caído, no me interesa el signo de virilidad arrancado. Aunque es indudable la fuerza de la imágen. Pero yo veo la cara de alguien humillado muriéndose en los brazos de quien más ama (una suerte de Piedad de Miguel Ángel, pero ésta respira) un hombre infinitamente triste, el sol de su rostro que comienza a apagarse, un niño que no entiende, que mirando al cielo pregunta "¿Padre, por qué me has abandonado? Y sólo recibe como respuesta un trueno." (Grounauer, Thomas. Op cit, Pág. 15.)

 

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