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I
Premio 'Idioma y deporte' de relatos deportivos
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Con
motivo de su quinto aniversario, Idioma y deporte organizó
en 2004 este concurso con el portal Premiosliterarios.com
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Ganador:
Estilo
libre l Mención
especial: El
goleador l Finalistas:
Timódeno
de Egina, Arma de Zeus, Todos
saben quién es Roberto y El
salto
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Relato
finalista
Todos
saben quién es Roberto
Flavio Schiaffino
Lo
único que quiero es subirme a un taxi para dar una vuelta
larga y olvidarme de todo. De la gente en la calle, en los bares,
en los negocios. Todos me daban el pésame, todos decían
"tu viejo es el mejor, el número uno" y hablaban
en presente como si aún viviera. Un tipo me llamó
de una radio y, al aire, dijo "hay muchos que dicen haber sido
los mejores pero tu padre fue, en verdad, el mejor de todos".
Después me saludó y, con la voz quebrada por la emoción,
pidió ir a la tanda.
Ganas
de olvidarme, de salir para no ver las fotos que inundan la casa
de mis abuelos. Fotos de mi viejo a los doce años, con la
camiseta del equipo del pueblo, feliz por haber cumplido su sueño,
por creer que eso era lo máximo a lo que podía aspirar.
Pero luego vinieron muchas fotos más. Mi viejo en andas,
con el torso desnudo, en algún estadio de algún lugar
del mundo y rodeado de fervorosos simpatizantes. Todas esas camisetas
que ahora decoran hogares italianos, españoles o ingleses,
familias alemanas, turcas o francesas que, en lugar de fotos de
sus parientes en andas, tienen esas camisetas que a mi viejo le
gustaba regalar; camisetas que los hinchas le arrebataban en la
euforia por la Copa o el Campeonato ganados, fiesta en la ciudad
o el pueblo durante los dos o tres días siguientes, bebida
gratis para todos, camisetas que decoran hogares como las fotos
que decoran las paredes de la casa de mis abuelos.
Fotos
de mi viejo, ahora con decenas de presidentes de varios países,
fotos en las que se aprecia cómo su pelo encanece y ralea
a medida que en las fotos pasa el tiempo. Mi viejo con distintas
camisetas de distintos equipos de fútbol, y los presidentes,
reyes o diplomáticos con impecable traje azul, o gris, o
negro. Corbatas serias que contrastan con las caras de todos, incluidas
las de ellos mismos, que sonríen a una multitud embanderada
que ruge el nombre de mi viejo. Alegría incontenible a la
hora de entregar medallas, de levantar copas, de estrechar manos,
de recibir miles de abrazos anónimos.
El
taxista ve mis señas y detiene su marcha. Un tipo de unos
treinta años, al verme entrar al taxi, se aferra a la puerta.
Pega su cara a la ventanilla y mientras el auto comienza a avanzar
cada vez con mayor rapidez sólo alcanza a decir "tu
viejo es lo más grande que hay". Miro hacia atrás
por la luneta: el hombre con la cara entre las manos, los hombros
que se agitan levemente en medio de la calle justo cuando empiezan
a caer las primeras gotas, como en el final de una mala película.
Un hombre que llora a su ídolo en medio de una calle del
pueblo donde nació y donde mi viejo volvió al fin
de su carrera para morir rodeado por su gente, aunque la muerte
lo haya sorprendido antes de lo esperado. Volver para estar cerca
del colegio primario donde todos lo conocían y veneraban,
cerca de los salones de baile donde sus compañeros le decían
a las chicas "Roberto vive enfrente de mi casa" para impresionarlas,
porque todos le dicen Roberto y ya todos saben, nadie necesita adivinar
nuestro apellido. La gente, al saber quién soy, me mira con
respeto. Hasta las chicas, con ojos brillantes, se acercan al oír
mi nombre. El hijo de Roberto, dicen. Todos saben quién es
Roberto.
El
taxista me mira y dice "adónde, pibe". Le doy la
dirección de la casa de sepelios. Es lejos. El taxista no
mira por el espejito y pienso que va a ser un viaje tranquilo hasta
que después de un rato, al observarme, dice "sos igual
a él". Yo, en silencio, apenas muevo la cabeza. Y él,
que tendrá unos sesenta años, dice que cuando leyó
el diario no lo podía creer. Luego de unos segundos asegura
que no es por ponerse de mi lado ni por hacerse el amigo, pero que
él siempre fue hincha del Albatros Fútbol Club. Desde
chico, agrega mientras saca de la guantera un banderín en
celeste y púrpura. Y lo guarda enseguida porque, según
dice, hay gente que no entiende, mirá si me rompen el auto
porque son de otro equipo. Y en la décima de segundo que
pasa desde que abre otra vez la boca hasta que pronuncia la siguiente
palabra, sé que durante el viaje va a desgranar la historia
de mi viejo. Porque mi viejo dejó los lujos y las luces de
Europa para retirarse en un club popular pero lejano, en la otra
punta del mundo.
Mientras
miro cómo la lluvia gana en intensidad, él me dice
que lo que más festejó fue cuando el Albatros ganó
la Copa y el Torneo.
-Vestí
el taxi de celeste y púrpura y salí a la calle a festejar,
tocaba la bocina como loco. Era una fiesta, ¿sabés?
Conseguí bolsas de plástico con los colores y las
corté en tiras, las até del baúl al capot,
estuve horas trabajando con eso hasta que el auto quedó como
yo quería. Pero valió la pena, una fiesta, ya te digo.
Y la verdad, la vez de los Juegos Olímpicos, aunque ganamos
la medalla de plata, también salí, ¿eh?- y
hace un gesto con la mano como para que no me atreva a contradecirlo,
para dar fe de una fe inquebrantable. Le digo que sí, que
le creo.
Esos
Juegos. Los juegos. Porque para nosotros "los" juegos
fueron sólo uno, una foto que dio la vuelta al mundo. Mi
viejo, la mirada fija al frente en la nada, alguien que oprime el
botón de la cámara y deja constancia de ese momento
para siempre. Aquella vez, mi viejo aplaudió apenas y recibió
su medalla de plata sin decir nada. Y cuando la otra selección
volvió al campo para dar la vuelta olímpica, para
festejar con los compatriotas que estaban en las gradas, los compañeros
de mi viejo se sentaron en el pasto a llorar la derrota. Pero él,
que nunca lloró, que nunca lo vi llorar, les gritó
que eso no era de hombres. Los levantó uno por uno, les dijo
algo al oído y los llevó a todos donde estaban algunos
de los nuestros, el único lugar del estadio donde había
llantos, gestos tristes, caras que se preguntaban por qué,
por qué nosotros. Ellos, nosotros, que habíamos tenido
al más grande en la cancha, al mejor. Por qué no ganamos.
Mi viejo, entonces, en otra foto se saca la remera y se la tira
a los hinchas, que parecen despertar de golpe. Bértez, el
otro delantero, lo imita y todos los jugadores tiran sus camisetas
hacia donde estaban los nuestros. La fiesta de pronto cambia de
lado, se traslada del césped de los campeones al pequeño
codo donde están los pocos que pudieron ir. Más tarde,
por radio, a mi viejo le preguntarían por qué hizo
eso.
-"...
porque esta gente, que viajó tanto para vernos, se lo merece.
Por eso". Eso dijo. Te juro que cada vez que me acuerdo se
me pone la piel de gallina- dice el taxista. Para decírmelo
se da vuelta y veo cómo la enorme rueda de un colectivo se
acerca al taxi. Un bocinazo largo, el taxista dice "está
bien, ya te vi" y acomoda el auto. Luego continúa:
-Ya
te digo, esa vez acá pasó lo mismo. Cuando terminó
el partido había un silencio terrible, nadie quería
salir. Pero cuando vimos cómo tiraba la camiseta, alguien
gritó "Vamos Roberto todavía" y empezó
a golpear algo, una sartén, algo para hacer ruido. Y en dos
minutos la ciudad entera golpeaba cosas, tiraba petardos, había
banderas por todos lados... Festejábamos como si hubiéramos
salido campeones.
Él
se interrumpe, como sorprendido de sus palabras, y busca en el bolsillo
de su camisa. Cuando saca un paquete de pañuelos de papel,
me doy cuenta de que no puede hablar por la emoción. Llora.
Me ofrece el paquete, digo que no y él se pasa un pañuelo
por los ojos, sin sacarse los anteojos, mientras un poste de luz
se acerca a la insignia que campea en el medio del capot, la insignia
alguna vez decorada con tiras de nylon celeste y púrpura.
El taxista corrige el rumbo al tiempo que se suena la nariz.
-Tu
viejo fue el más grande, de verdad. Y eso no lo digo yo,
lo dice todo el mundo, ¿sabés? Aunque no hayamos salido
campeones, eso no importa. Fue el mejor, qué importan los
demás, no son nadie. Los demás no son nada- asegura
mientras su dedo índice se mueve con énfasis de izquierda
a derecha.
Pronto
me relata partidos memorables, jugadas imposibles, emocionados comentarios
de los relatores. A lo lejos, sobre la avenida, distingo las luces
de las cámaras, camionetas de los canales de TV y le digo
que me deje un poco antes. Cuando le pregunto cuánto le debo,
él saca una foto de mi viejo, una foto en blanco y negro
con los bordes recortados como si fuera una artesanía. Busca
en la guantera con desesperación y luego me extiende la foto
y una birome.
-Por
favor, firmámela, poné "Para Hernán con
cariño". Con tu firma, no importa, pero aclará
"Roberto". Es que a Hernán, Hernán es mi
hijo, lo hice del Albatros por tu viejo, ¿sabés?,
y esta noche, cuando le muestre la foto, no lo va a poder creer.
Le voy a decir que la tenía guardada para él desde
hace mucho. Si te lo encontrás, decile que la firmó
tu viejo, ¿sí?
Yo
pienso en la mínima probabilidad de reconocer a su hijo.
Le sonrío y digo que no se haga problema. El, entonces, extiende
su brazo y me despeina con cariño.
-Portate
bien, hijo. Y decile a tu viejo... -una vez más, la voz quebrada-
decile que lo voy a extrañar. Que todos lo queremos mucho.
El
taxi se queda ahí, con el motor en marcha y el chófer
que saca un pañuelo tras otro mientras camino hacia la casa
de sepelios. Aunque debí esperarlo, me resisto a creer en
lo que veo: muchísima gente, hombres que sobre el traje llevan
camisetas de los clubes donde jugó mi viejo y de otros que
no conozco; jóvenes de mi edad con jeans y remeras de fútbol
que, al verme, al reconocerme, se acercan. Muchos lloran y quieren
abrazarme, algunos me palmean y me dicen "fuerza". Todos,
con algunas variaciones, me dicen que mi viejo es un ídolo,
el más grande, el mejor, un genio, Dios. Tu papá es
Dios, dice un viejito de lentes empañados por la tristeza.
Muy
pocos saben que la relación con mi viejo no era buena. Nadie
supone ni por un instante que todo esto me causa más sorpresa
que dolor. Mis viejos se separaron porque mamá no quería
vivir en Europa. Ella quería estar acá, ir al cine
del barrio, tomar mate en la puerta de casa, saludar a algún
vecino que le dijera "qué golazo hizo su marido, señora"
y responderle con una sonrisa. Ella lo siguió, pero siempre
quería volver. El decía que tuviera paciencia, que
se debía al club que lo había contratado, a los aficionados.
Nos
fuimos a España cuando yo tenía apenas unos meses.
Después, a los tres años, nos mudamos a Italia. Cuando
cumplí cinco y las discusiones eran continuas, mamá
dijo basta. Me trajo de vuelta y nos instalamos en la casa de mis
abuelos; desde entonces al viejo lo veía apenas tres o cuatro
veces al año. Cuando acá era pleno invierno, él
venía bronceado. Pasaba a la salida del colegio y se armaba
lío, todos querían verlo, mis compañeros preguntaban
cuándo venía, si podía conseguirles un autógrafo,
una foto, un banderín, algo. Yo le escribía cartas
en las que pedía que tratara de estar, de venir. El "señores
padres" del boletín de calificaciones lo firmaba solamente
mi vieja. Él no entendía, decía "pero
hijo, mirá cómo me quieren, cómo no voy a devolverles
el cariño". Pero yo lo necesitaba tanto o más
que todos los simpatizantes juntos, más que la enorme cantidad
de camisetas que regaló a lo largo de su carrera deportiva.
Es
verdad, tu viejo es Dios, dice una mujer joven que me abraza mientras
se seca las lágrimas. Yo paso entre gorritos que lloran desconsolados
y periodistas que pugnan por acercarse para preguntar lo obvio:
-¿Cómo
te sentís? ¿Qué pasó por tu cabeza cuando
supiste lo de tu papá?- grita uno por sobre el resto. Alguien
dice que el presidente va a decretar feriado y que tuvieron que
cortar el tránsito por la cantidad de gente que viene a ver
a mi viejo. Paso a una habitación donde están mis
familiares directos: tíos, primos... mis abuelos no, aunque
es seguro que estarán tristes e impresionados por la muerte
de su yerno.
Me
acerco de a poco, con miedo a desmayarme. Su cara tiene un brillo
irreal, como si lo hubieran pintado con cera. Tiene puesta la camiseta
de Kerzov, el defensor ruso del TNK Mockba que lo sufrió
todo el partido que mi viejo ganó con el Real Sanlúcar
por dos a cero, golazo suyo de tiro libre. Dos a cero, el Sanlúcar
campeón de la Copa Inter-Europea, delirio en las calles de
Andalucía. Calles, plazas, monumentos con el nombre de mi
viejo. "Al Gran Roberto", dicen las placas, ya todos saben.
Kerzov, al terminar el partido, se le acercó, se sacó
la camiseta y le ofreció cambiársela. Y mi viejo,
por esa única vez, aceptó. Cuando el comentarista
le preguntó, él dijo:
-"...
porque fue un gesto único, porque aceptar la derrota es un
gesto de valentía que en el fútbol se da muy pocas
veces. Por eso se la cambié"- había dicho mi
viejo. Y yo, que sabía la historia de memoria, le pedía
que me la contara una y otra vez. Le preguntaba si sabía
algo de Kerzov, si alguna vez habían vuelto a encontrarse.
El decía que no pero que ya se irían a encontrar.
Luego
las cosas mejoraron un poco. Mi viejo vino para retirarse en el
Albatros cuando yo tenía trece; hacía tiempo que la
plata había dejado de ser un problema para nosotros. Pero
el peor golpe fue cuando mi vieja murió. Él me pasó
a buscar por el colegio, nos metimos en un taxi y recién
entonces dijo "vamos al hospital que tu mamá no se siente
bien". Sentí tal angustia que cuando el taxista le dijo
que no le cobraba y que en cambio le firmara dos autógrafos,
me largué a llorar. A mi vieja alcancé a verla llena
de sondas; ya no me reconocía. El médico que la atendía
dijo que no soportaría mucho tiempo, y murió pocas
horas después.
Aquella
vez, mi vieja tenía el mismo brillo irreal que ahora tiene
mi viejo. Supe que ya no escucharía las canciones que tarareaba
todas las mañanas para despertarme, que no volvería
a decir "mucho cuidado con lo que decís de tu padre"
cuando me enojaba porque él no venía a verme en vacaciones.
Entonces lloré apenas me acerqué para verla. A mi
viejo, sin embargo, nunca lo vi llorar. Ni aquella vez ni nunca.
Ahora,
mi prima Clara me toma de la mano y pregunta si estoy bien. Tiene
los ojos enrojecidos. Nos abrazamos fuerte y siento como si la garganta
me quemara. Lo miro otra vez y señalo la camiseta. Como él
pidió, dice Clara con voz apenas audible. Nos quedamos así,
en silencio, sin saber qué decir ni qué hacer.
Qué
vas a hacer, dice ella, cada vez hay más gente, más
periodistas. Y yo pienso que es la hora de la verdad: ahora puedo
decir que mi viejo, pese a ser un grande, nunca me cuidó
lo suficiente. Que Roberto siempre me faltó, que siempre
estuvo lejos. Voy a decir una sola cosa y vengo, digo. Querés
que te acompañe, ofrece ella y amaga ir hacia la puerta pero
la detengo con un gesto. Abro la puerta y salgo a enfrentar los
flashes, los reflectores y los micrófonos que vienen hacia
mí. Todos piden algo, yo pido silencio con un gesto y les
digo que sólo diré una cosa. Y en la fracción
de segundo en que se produce un silencio que espera mis palabras,
distingo entre la multitud al taxista, anteojos mojados por las
lágrimas, empapados pañuelos de papel.
"A
mi viejo... a mi viejo lo voy a extrañar mucho", alcanzo
a decir justo antes de que se me quiebre la voz, antes de ver al
taxista taparse la cara con las manos, antes de que todos, periodistas
y curiosos, empiecen a aplaudir, a llorar y a corear el nombre de
mi viejo, Roberto no se va...
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