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I
Premio 'Idioma y deporte' de relatos deportivos
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Con
motivo de su quinto aniversario, Idioma y deporte organizó
en 2004 este concurso con el portal Premiosliterarios.com
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Ganador:
Estilo
libre l Mención
especial: El
goleador l Finalistas:
Timódeno
de Egina, Arma de Zeus, Todos
saben quién es Roberto y El
salto
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Relato
finalista
El
salto
Paco Rengel
El
silencio sólo era roto por el murmullo de expectación.
Jamás le había conmovido tanto una situación.
Ochenta mil personas poblaban las gradas del estadio olímpico
de Atenas y quedaban unos segundos para que empezara su carrera.
El listón, a 2,40 metros de altura, lo había sobrepasado
repetidas veces aquel año en las sesiones de entrenamiento,
pero era entonces cuando tenía que superarlo. Si lo hacía,
¡medalla de oro!
Recordaba
las consignas de su entrenador en la soledad de los ensayos: "¡Bien,
bien! Pero la diferencia entre un buen atleta y un campeón
es que éste ha de conseguir los logros a la hora de la verdad,
cuando un título está en juego". Le martilleaban
esas palabras en la cabeza de forma reiterada. Estaba frente a la
oportunidad de su vida; la que le consagraría como el mejor
saltador español de todos los tiempos, la que le abriría
las puertas de becas, grandes premios sólo por participar
y fama y gloria para siempre. Y dinero, mucho dinero.
A
sus 25 años, Antonio Serrano acariciaba lo que se propuso
en plena adolescencia. Había empezado en el colegio, en una
clase de Gimnasia, cuando el precavido profesor le enseñó
el salto de altura a estilo rodillo. El miedo a una mala caída
prohibía otras fórmulas. Pero él se enamoró
del riesgo. Tuvo la habilidad de quedarse en el grupo de los que
tenían que guardar las colchonetas y el listón al
final de la clase, cuando el profesor ya se había marchado.
Ante la perplejidad de sus compañeros de recogida, Antonio,
que había visto en la tele cómo saltaban los grandes
atletas, empleaba el método Fosbury y superaba el hierro
colocado tres o cuatro cuartas más alto que el metro escaso
al que se situaba durante la clase. Fue un flechazo entre Antonio
y el listón, un estímulo marcado por la osadía
juvenil. Desde entonces, siempre competía por llegar más
arriba. Los letreros de los establecimientos comerciales cuando
paseaba por la calle con los amigos eran objetivo inmediato de apuesta.
Suponía el entrenamiento para la siguiente clase de Gimnasia.
Bueno, más bien para la próxima cita con la recogida
de colchonetas.
Quizás
habían pasado en Atenas diez o doce segundos del tiempo de
concentración antes del salto más importante de su
vida. Para Pepe Hidalgo, el preparador, todo iba normal. ¿Cómo
iba a apreciar algún indicio sobre el intento de su pupilo
si apenas habían transcurrido una decena de segundos de saltitos
impulsivos y sin avance? ¿Cómo la mente del técnico
iba a imaginarse dónde estaba la cabeza del atleta? Era imposible;
por muy bien que le conocía, jamás le había
visto en una situación tan extrema. No había tiempo
para ese tipo de reflexión. Sin embargo, Antonio, consciente
de que el marcador señalaba que habían transcurrido
diez segundos de concentración, reparó de inmediato
en que su cabeza, plagada de recuerdos, le concentraron varios años
de su vida en tan escasísimo tiempo. Era rememorar a velocidad
de vértigo. Jamás le había pasado. Si acaso,
alguna noche de esas que se levantaba con sed y mientras bebía
agua adormilado disfrutaba del sueño que había interrumpido
esa necesidad orgánica.
"¡Chico,
tú tienes futuro en esto!". La frase, de un entrenador
malagueño, le cambió la vida. Tenía 14 años
cuando se le acercó Rafa Montes al final de una competición
escolar que se celebró en las pistas de Carranque. "¿Quién
te ha enseñado a saltar así?", le preguntó
el técnico. "Nadie", fue su respuesta. De hecho,
aquel día su profesor de Gimnasia se quedó estupefacto,
pero no se atrevió a llamarle la atención: Antonio
saltó 45 centímetros más que su inmediato seguidor
y había dado al colegio la gloria del triunfo en salto de
altura. Además, para no quedar en evidencia frente a entrenadores
de atletismo con experiencia que asistieron a aquella competición,
el 'profe' prefirió felicitarle para que los asistentes le
consideraran partícipe del éxito de Antonio Serrano.
El afán de notoriedad, una vez más, fue elegido antes
que la sinceridad; una moneda de curso diario en el mundo de la
miseria humana. El atleta revivía aquella tarde en fracciones
de segundo mientras se concentraba en el estadio olímpico
heleno.
Era
tal la naturalidad que mostraba Antonio Serrano en sus saltos que
al profesor le desapareció el miedo por el método
que empleaba para superar el listón. Ya todas las clases
terminaban con una exhibición del niño prodigio. Sus
compañeros se sentaban alrededor de la recta final del recorrido
para apreciar, entusiasmados, cómo Antonio saltaba cada día
con más espectacularidad, seguridad y eficacia.
Y
allí estaba el héroe, casi una docena de años
después, pendiente de que su zancada larga y parsimoniosa
empezara la carrera hacia la gloria. El silencio roto por el murmullo
del diálogo de los ochenta mil espectadores del Olímpico
de Atenas no lo oía el saltador. El público se preparaba
para empezar esas palmadas rítmicas que contribuyeran a marcar
los pasos de un atleta que no entraba en los pronósticos,
que había establecido antes de llegar a la cita una mejor
marca personal de 2,28 metros. "Amparado por los dioses",
habían llegado a titular un reportaje sobre el español
en un prestigioso periódico griego. La rememoración
de la mitología envolvía aquellos días felices
de Antonio Serrano, un chaval que fue prematuro en el riesgo y que
ahora rozaba el cielo con las yemas de sus dedos.
Pero
su cabeza, antes de un salto trascendental, era un torbellino de
recuerdos que ahora le trasladaban a sus primeros pasos fuera de
casa. Tanta pasión por el atletismo, por el salto de altura,
le marcaron la vida: decidió estudiar Educación Física
y el destino inevitable fue Madrid, donde su condición de
internacional en categorías inferiores le obligó a
una dedicación plena al entrenamiento. Horas y horas de esfuerzo,
de potenciación de músculos, de carreras, de ensayos
No le pesaba. Observaba y disfrutaba de su progresión; lenta,
pero suficiente para reforzar su ambición y capacidad de
trabajo.
"¡El
culo, Antonio! ¡El culo!". Varios años oyendo
la misma frase después de un salto fallido. Serrano tenía
unas piernas portentosas que le llevaban a la altura suficiente
para dejar debajo el listón, pero la falta de sincronización
para elevar la pelvis le perjudicaba en muchas ocasiones. Estaba
hastiado del roce leve de la barra de hierro con el glúteo
derecho. Fueron meses complicados, pero el título de campeón
de España logrado en el estadio Anoeta le supo a gloria.
Sus rivales no sólo le expresaron la felicitación,
sino que le preguntaron por el progreso en ese movimiento tan pronunciado
que había conseguido cuando estaba encima del listón;
se planteaban cómo podía arquear de esa forma el tronco,
que parecía que su cuerpo era una suave pluma curvada que
eludía el hierro como si se tratara de un objeto teledirigido
con precisión científica.
Antonio
sabía que no era cuestión de cualidades innatas. Ni
mucho menos. Se trataba del producto tras una labor de empeño,
de obsesión por ser el mejor
de horas y horas de trabajo.
A los más íntimos competidores les contó su
decisión de aprender yoga, con lo que aumentó de forma
considerable su capacidad de concentración y la flexibilidad
de sus articulaciones. Durante las horas de estudio repasaba mentalmente
lo aprendido en la alfombra de su habitación: memorizaba
lo leído al mismo tiempo que la sangre le subía a
la cabeza por los cada vez más pronunciados 'puentes' que
hacía arqueando su columna vertebral. Llegó a plantearse
colocar un tapiz milimetrado para comprobar los progresos y cerciorarse
de la distancia exacta a la que quedaban sus manos de los pies.
Antonio, a veces, parecía más un bailarín clásico
que un atleta. En realidad, él tenía que danzar en
el aire, como lo haría un pájaro sin alas que irremediablemente
después se estrellaría con el suelo.
Apenas
le quedaban veinte segundos para empezar el salto. Toda España,
casi todo el mundo, estaba pendiente de él. Ganar el oro
olímpico en esa especialidad era algo inédito en la
historia del atletismo nacional. Atenas estaba entregada a su progreso,
a sus movimientos ágiles y coordinados, a la estética
de su esfuerzo y a la sencillez y humildad que había demostrado
durante la competición. Tantos años de entusiasmo
se condensaban en unos segundos, pero los recuerdos inundaban su
cabeza. Seguía dando saltos continuos y pequeños sobre
ambas piernas antes de empezar a calcular la distancia que le separaba
del listón. Ya se había calentado apropiadamente.
¡Veinticinco, son veinticinco zancadas! Las tenía perfectamente
memorizadas; tanto que ni siquiera necesitaba contarlas mientras
las completaba. Es más, la precisión de la longitud
de extensión de las piernas también estaba controlada
por su cerebro. La reiteración en los ensayos, la perfección
que había impuesto a lo largo de su vida a sus progresos
técnicos, sus ansias de ganar, de ser grande, de alcanzar
el privilegio de ser el mejor del mundo
Allí estaba,
enfrente, un listón a 2,40 metros del suelo; último
intento: si lo superaba, oro; si no, bronce. El error no iba a resplandecer;
el acierto le convertiría en leyenda.
Era
la hora de la verdad. Su cerebro le dio la orden de enfrentarse
al salto de su vida. Había mucho en juego. No sólo
su futuro como atleta de élite, sino también el de
su entrenador, que recogería grandes frutos de aquel éxito
sorprendente en unos Juegos Olímpicos. Los cinco primeros
pasos de Antonio fueron perfectos; su cuerpo estaba diseñado
para ejecutar aquellos movimientos con facilidad, de forma autómata.
Era el fruto de la repetición. Curiosamente, su cabeza no
dejaba de repasar todas las etapas clave en su formación
como deportista de élite; el orgullo de unos padres que comprobaron
que su hijo, lejos de dejarse llevar por la pasión hacia
el atletismo, terminó sus estudios universitarios con brillantez;
la admiración de sus alumnos más jóvenes en
el Instituto madrileño en el que empezó a hacer compatibles
los entrenamientos con una labor docente que también le apasionaba;
el amor de una novia que le conquistó mediante una sonrisa
un día que le vio tocar con los dedos el cartel de una óptica
de una calle de Málaga
A Antonio se le empezaron a
saltar las lágrimas de emoción a partir del sexto
paso. Su cuerpo estaba capacitado para superar el listón.
Lo sabía; desde que dio la primera zancada estaba convencido
de que Atenas se iba rendir a su exhibición, a su medalla
de oro, al triunfo de una vida plenamente identificada con un objetivo
Ya
las imágenes de su mente se entremezclaban con las de atleta
consagrado subido en lo más alto del podio y recogiendo la
medalla de oro de manos de Juan Antonio Samaranch. Ya se veía
en el 'Marca', junto a una foto pequeñita de Ronaldo, ocupando
toda la portada con sus dos manos en alto después de saltar
como un resorte tras rebotar sus huesos en la colchoneta de gomaespuma.
Y los telediarios repitiendo una y otra vez el salto de su vida.
De
pronto, algo empezó a confundirle. "¡No, no!",
llegó a musitar en plena carrera. Los pasos iban milimetrados,
la distancia recorrida era cada vez mayor. Eso iba bajo el control
absoluto de un cuerpo preparado para alcanzar la perfección
Lo que fallaba era el programado recuerdo que su cerebro se había
encargado de mostrarle en instantáneas vertiginosas durante
aquel momento cumbre. Empezaron a asaltarle situaciones confusas
de los últimos meses: cuando apareció aquel médico
extranjero que había contactado con su entrenador y se reunió
con él para explicarle los beneficios que podría obtener
de la ingestión de unas vitaminas no conocidas en España.
Él no le había dado la mayor importancia, pero en
aquel resumen que se ampliaba en cientos de detalles en sólo
milésimas de segundos, su cabeza empezó a atar cabos,
a entender que las razones de su progreso a los dos meses de tomar
aquellas pastillas amarillas insípidas no se basaban exclusivamente
en su esfuerzo personal. Recordó que en los entrenamientos
había disminuido su fatiga de forma considerable, que su
entrenador empezó a meterle más caña que nunca
y él no lo acusó, que había superado los 2,40
un mes antes de ir a la cita de Atenas cuando empezó aquella
temporada viendo complicadísimo saltar más de 2,30
metros
La confusión del principio se transformó
en convencimiento. Antonio ya había dejado de dar las zancadas;
estaba en el aire, con su espalda frente al listón, elevándose
ante la expectación de ochenta mil personas que no perdían
un movimiento de su cuerpo, un esqueleto ya entregado a la flexibilidad
de aquel pájaro sin alas para eludir la barra de hierro.
Sus hombros habían superado la barrera; el recorrido de la
espalda era perfecto: primero, las vértebras cervicales;
después, las dorsales
La columna se arqueaba como cuando
hacía 'el puente' en sus ratos de estudio. "¡Antonio,
el culo!", volvió a recordar. No; esta vez el glúteo
no iba a rozar el listón. Todo iba sincronizado. Era el salto
de su vida. El oro le esperaba.
Pero
Antonio había llegado a una conclusión despiadada
y determinante justo a tiempo: sabía que el noventa y cinco
por ciento de su éxito había sido su trabajo, su esfuerzo
Pero las 'vitaminas' ingeridas durante los últimos meses
y ahora rociadas en su mente en forma de imágenes habían
puesto el cinco por ciento de lo que le faltaba para superar el
listón a 2,40 metros. Fue cuando Serrano cambió sus
lágrimas de emoción por un llanto amargo que sólo
él apreció en medio de la pasión de 80.000
espectadores ya levantados de sus asientos, saltando con él.
Justo en ese mismo momento su cabeza ordenaba a la pelvis que diera
un espasmo hacia abajo suficiente para derribar la barra de hierro.
Su glúteo rozó el listón. Acababa de renunciar
al oro, a la leyenda, a la grandeza
Pero desde aquel momento,
Antonio se sintió más satisfecho consigo mismo que
en todos los días de su vida. Serrano acababa de ascender
al olimpo más valioso del ser humano: la cumbre de la honradez.
Lloró de felicidad.
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