Relato

Cuando el niño era niño

(Relato inspirado en la película "Las alas del deseo" de Wim Wenders)

Marcelo Roffé (*)

"Cuando el niño era niño" es un relato que pertenece al libro Mi hijo el campeón, del que son autores los psicólogos del deporte Alfredo Fenili, Nelly Giscafré y Marcelo Roffé, que prestan sus servicios en la selección de Argentina de hockey sobre hierba, en equipos profesionales de fútbol y en las categorías juveniles de la selección de Argentina de fútbol.

Ha sido publicado por Lugar Editorial en el 2003 y cuenta con ilustraciones de Sergio Langer, humorista gráfico de los diarios Clarín (Buenos Aires) y El Comercio (Lima) y del semanario El Jueves (Barcelona).

Para adquirir el libro, la referencia completa es:

ROFFÉ, Marcelo-FENILI, Alfredo-GISCAFRÉ, Nelly: Mi hijo el campeón. Buenos Aires: Lugar Editorial, 2003. ISBN: 950-892-150-1

Lugar Editorial SA. Castro Barros 1754. 1237 Buenos Aires. Teléfono: 4921-5174. Fax: 4924-1555. E-mail: lugared@elsitio.net

 

Cuando el niño era niño se hacia preguntas como estas:
¿Por qué yo soy yo y no soy tú?
¿Por qué estoy aquí y no estoy allí?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?

Preguntas incontestables por cierto, sea cual sea el interlocutor (en general adulto). Preguntas espontáneas, interrogantes que todos hicimos alguna vez a nuestros papis, a nuestros tíos, dejándolos en ridículo o tal vez obligándolos a respondernos con una respuesta poco creíble o con un silencio.

Hermoso mundo de fantasías, de colores, de juguetes, de payasos, de tomar la leche con el mejor amiguito, de ver los dibujos animados como un rito, de llorar por un paquete de figuritas, de emocionarse por haber sacado una difícil, sonreír y sentirse el ser más dichoso del planeta.

Allí era más fácil ser feliz. No había compromisos, números, mentiras, ambiciones, preocupaciones que valieran.

Y sin embargo el niño sueña con qué va a ser cuando sea grande.
El niño sueña ser futbolista, para ser como Maradona. Médico y ser famoso corno Favaloro. Astronauta y llegar a descubrir un nuevo planeta.

Ilusiones, fantasías, imaginación, sonrisas, alegrías, seguridad total junto a mami y papi, mundo de juguetes...

El niño no sabe que cuando sea grande va a ser un adulto. Más allá de la profesión que elija. Aunque la vocación lo guíe por su vida será una víctima más de esta sociedad denigrante que aliena y envilece hasta al más santo, hasta al más ingenuo.

El niño creía que el sol y la luna eran la misma cosa.

Que durante el día era un señor, el Sr. Sol, que impactaba con su traje amarillo fuerte, que era luminoso y que con sus destellos enamoraba a más de una. Que era un ser muy amigable, transmitía calor a todo el mundo sin egoísmo, que por eso mismo toda la gente lo quería y hasta había gente que lloraba cuando este señor desaparecía al atardecer (aunque sabían que al otro día lo volverían a ver). Y por la noche era el mismo Sr. Sol el que se disfrazaba en un ratito, sin que nadie se diera cuenta, y se vestía de señora, pero no de una señora cualquiera. No. De la nada menos encumbrada Sra. luna.

Irradiaba ella tanta luz como él. Pero era diferente. Tenía, tiene y tendrá siempre ese traje blanco como las novias, con sus formas bien marcadas, transmitiendo pureza y amor (igual que él).

Ella es muy seductora, pensaba el niño, me vuelve loco. Y pensar que sólo yo sé que ambos dos, el Sr. Sol y la Sra. Luna son una misma cosa, son la misma persona. ¿Pero de qué sexo, será varón o mujer? Y el niño pensaba y pensaba y esta vez se guardó su pregunta, no quiso interrogar a su padre, sabía de por sí que su padre no había podido responder preguntas más fáciles, y que ésta lo iba a dejar patas para arriba.

Y el niño continuó su dibujo con aire despreocupado.

Al ratito preguntó la hora (¡qué raro! ¿no?) y se fue corriendo a la plaza a jugar a la pelota con sus amigos. "Los deberes los hago después", se escuchó que respondía a la madre desde el ascensor.

Y el niño sonreía.

Y el niño creía que los muertos pensaban, y se lamentaba por ellos, porque no podían hacer nada de lo que pensaban. Ni hacerlo ni decirlo siquiera. Y el niño fantaseaba. Y el niño creía que las personas que aparecían en la tele, veían a los televidentes, que veían a cada uno en su casa a través de la pantalla.

Y el niño soñaba.

Y el niño esperaba como loco el día de su cumpleaños. Quería juguetes, quería que le regalen alegría. Cuando el niño era niño era más fácil ser feliz. Era más fácil SONREIR.

¿Y vos qué me regalaste, tía?"... ¡Ah... un piyama!... ¡Que porquería!... ¡Yo quería un juguete!. Y enseguida el reto de la madre, "¿cómo vas a decirle eso a la tía si te hacía falta un piyama?

Ese era el precio de la sinceridad, de su espontaneidad.

Y cuando el niño era niño eso no le importaba. Él decía siempre lo que sentía. Él decía siempre lo que pensaba. Él decía siempre lo que se imaginaba. Él decía siempre lo Í que soñaba. Él decía siempre lo que fantaseaba.

"Papi, me comprás un paquete de Sugus de ananá". "Bueno, hijo."

"Papi, me llevás a la plaza a jugar en la hamaca." "Bueno, hijo."

"Papi, te quiero un montón" y el beso cariñoso. Y el sentimiento ahí a la vista. Y al padre que le corre un chucho de frío por todo el cuerpo y el "yo también, hijo" que no se hace esperar.

Y ese momento que el padre o la madre guardarán en su corazón para siempre. Y el niño cuanto menos niño, cuanto más adulto, cuanto más grande, dirá cosas tan lindas muy esporádicamente, no porque no las sienta, sino porque ya no será un niño (aunque lo guarde en algún lugar).

Y el niño no decía como los adultos que repiten todo el tiempo "quiero ser feliz". El niño no lo decía y ni siquiera cabía en su cabeza. El niño era feliz. Auténticamente feliz. Y el niño veía lo que pocos pueden ver. Y el niño introducía su dedo en su hermosa nariz (sin complejos) para extraerse un moquito y no había censura.

Y el niño estrenaba cada día el verbo descubrir.

Y el niño descubría que la Sra. Luna tenía muchísimas amigas, que parecían todas iguales, que se llamaban estrellas.

Y el niño exploraba el universo con sus fantasías, con su mente inocente y comprobaba que no eran iguales para nada, es más, que cada una era diferente a la otra. Las apariencias engañan. Cada una es un mundo diferente, cada una siente distinto y cada una se comunica en forma especial y única con la Sra. Luna.

Y el niño descubría que el Sr. Sol tenía muchos amigos a su alrededor. Que la gente llamaba rayos solares (tenían nombre y apellido).

Y el niño exploraba y comprobaba que los rayos solares eran diferentes entre sí. Que cada rayo tenía una luminosidad diferente (igual que las estrellas). Que cada rayo tenía un alcance propio con su luz. Que siempre se sentaba alrededor del Sol y junto a enormes nubes.

Y el niño se quedó pensando. Y fantaseó volar un día como una gaviota o como Superman o como Astroboy y comprobarlo personalmente y poder charlar con el Sr. Sol y confesarle su admiración y respeto y aprender cosas de él y poder charlar con la Sra. Luna y observarla y contemplarla blanca como la nieve y preguntarle cómo hace para ser tan linda y seductora. Así sin maquillaje ni cremas, natural como es.

Y el niño soñaba con pasear junto con las estrellas y convidarlas con un helado que les iba a llevar desde la Tierra, porque seguro que allá no conocen Ios cucuruchones".

Y el niño lloraba espontáneamente. Sin tabúes. El niño no sabía que los hombres grandes no lloraban porque Ios hombres no lloran". ¡Que gran mentira de los adultos! Claro, de los adultos.y M mundo que se construyen, porque los niños nada saben de mentiras.

El niño reía hasta el hartazgo viendo a "Los Tres Chiflados" y Curly era su ídolo.

El niño también quería ser policía un día. ¿Ingenuidad? De adulto va a comprobar que inocente fue cuando pensó eso. Pero si el pensaba que los policías sólo querían combatir el mal...

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(*) Profesor de la Universidad de Buenos Aires y responsable del área psicológica de todas las categorías juveniles de la Selección Nacional de fútbol de Argentina.

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