† Max Schmeling (1905-2005)

También las leyendas mueren

Ricardo Bada (*)

No llegó a cumplir la centena de años que se había propuesto. El miércoles 2 de febrero de 2005 se interrumpió la cuenta regresiva en la vida de Maximilian Siegfried Adolpho Otto Schmeling, nacido el 28 de septiembre de 1905, y el gran exboxeador quedó definitivamente noqueado por un Adversario mucho más fuerte.

Max Schmeling era el verdadero ídolo de los alemanes, un puesto que ni Franz Beckenbauer ni Boris Becker ni Michael Schumacher pudieron ni podrán disputarle. Existen para ello diversos motivos, y no es el menor que Max Schmeling fue una de las pocas personas que sobrellevó de una manera digna el funesto período nazi.

Es cierto, y sería tonto discutirlo, que cierta vez, en 1935, saludó brazo en alto al subir al ring en Hamburgo. Pongamos ese gesto mínimo en un platillo de la balanza, y en el otro la lealtad a prueba de presiones que mantuvo hacia su amigo y promotor judío, Joe Jacobs, hasta la muerte de éste en 1939. Por otra parte, en materia de saludos brazo en alto, recuérdese que hasta la selección inglesa de fútbol lo hizo en Berlín, en el Estadio Olímpico, el 19 de mayo de 1938. La foto de esos once brazos ingleses alzados a la manera fascista merece figurar en la historia universal de la infamia.

La carrera como pugilista de Max Schmeling comienza en esta ciudad de Colonia desde la que escribo y donde el joven Max, de 18 años recién cumplidos, se inscribió en el club de boxeo del barrio de Mülheim. Debutaría como profesional el 2 de agosto de 1924, y algo menos de seis años más tarde, el 12 de junio de 1930, ya se proclamaba en Nueva York campeón del mundo de la máxima categoría, al ser descalificado su contrincante, Jack Sharkey, por un golpe bajo.
Schmeling se resistió a aceptar el título en esas condiciones, pero su promotor lo convenció de que si renunciaba al mismo podía enterrar sus ambiciones profesionales por siempre jamás.

Jack Sharkey ganó la revancha, por puntos, de nuevo en Nueva York, dos años y nueve días después, el 21 de junio de 1932, y otro día de junio, el 19 del año 36, se produjo así mismo en Nueva York la segunda y sensacional aspiración al título por Max Schmeling al derrotar por KO, en el duodécimo asalto, al bombardero de Detroit, el hasta ese día considerado invencible Joe Louis. Y es curiosamente en ese mes, y también en Nueva York, el 22.6.1938, cuando Joe Louis, entranto campeón mundial, se desquita de su derrota del 36 con otro KO a los tan sólo dos minutos y cuatro segundos del primer asalto.

Está claro que los nazis instrumentalizaron la victoria del blanco Max Schmeling sobre el negro Joe Louis en 1936, y le quitaron fierro a la derrota en 1938. Pero Schmeling se convirtió en un ídolo de los alemanes a despecho de la imagen que le arrimaban Goebbels y su ministerio de Propaganda, donde se incluía un té tomado en compañía de Hitler a su regreso de los Estados Unidos. La imagen que perduraría no habría de ser ésa, sino la de un hombre sencillo y afable, modesto y amigo de sus amigos, a los que ayudaba sin hacer la más mínima ostentación. Y el mejor ejemplo de ello fue el auxilio económico que le brindó espontánea y casi anónimamente a su legendario contrincante, a Joe Louis, cuando supo que el otrora campeón mundial de los pesos pesados se encontraba en la miseria.

En 1958 la ciudad de Los Ángeles lo nombró ciudadano de honor, y en 1987 los periodistas deportivos alemanes lo eligieron como el deportista número 1 del país, con carácter vitalicio. Ese mismo año había sufrido la más terrible derrota que le infligió la vida: la muerte de su esposa, Anny Ondra, una exactriz checa, con quien se había casado 54 años antes.

Leo en un diario alemán que los réditos de la Fundación Max Schmeling, fundada en 1991 con un capital de casi cinco millones de dólares, van a parar a instituciones de beneficencia y a la parroquia de su pueblo natal, Klein Luckow, porque -¡qué característico del estilo del fundador!- "¡Quién sabe mejor que un párroco dónde se halla la miseria!". Valgan estas pocas palabras, pues, como merecido homenaje a un hombre que siempre supo estar en su sitio y cuya filosofía queda resumida en una frase: "Cuando a uno le va bien, no se debe olvidar del prójimo que se encuentra en apuros".

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(*) Periodista

 

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