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Seis
que atacan, seis que defienden
José
Palacios Royán (*)
La
monótona monotonía de cada jornada vino a quebrarse
de golpe aquella mañana de nubes. Era aún temprano.
Nos llamaron al "Estudio" y allí, todos los de
Primero, infantes de unos diez años, empezamos a descubrir,
boquiabiertos, el mundo del Balonmano.
Rafael
Llamas, "el Colegiado Señor Llamas", presentó
a un señor de Antequera: D. Teodoro. Allí, en el "Estudio",
arriba, a la izquierda, aquella mañana gris que iba a ser
distinta, D. Teodoro nos explicó eso de "seis jugadores
que atacan, seis que defienden".
Con
nuestros baberos encima, calle Real abajo, nos llevaron hasta el
Parque Nuevo, que es ancho, y tenía entonces el suelo albo
del albero. Vimos cómo descargaban de un camión unas
porterías pequeñas y de postes cuadrados. Había
llovido; el suelo estaba aún mojado. De pronto, del "Cuartéfalange"
salieron dos equipos con pantalones cortos: el que había
venido de Antequera, y el equipo de fútbol de Sexto de nuestro
Colegio.
Habían
pintado con blanco yeso unas áreas raras que no conocíamos.
Trajeron un balón pequeño. D. Teodoro había
explicado todo esto en el Estudio, pero una cosa era oírlo,
y otra, verlo allí, "in situ", en el Parque Nuevo,
sobre el albero mojado aquella mañana, con nuestros propios
ojos sorprendidos.
Comienza
el partido. Aquello era una locura. El balón entraba una
y otra vez en la portería que ¿defendía? Guerra
(Llevaba el jersey que heredé yo cuando llegué a Quinto).
Guerra, aterrado ante los misiles que le soltaban los de Antequera,
miraba desconsolado a sus desconsolados conmilitones. Sus conmilitones,
- hasta ese día jugadores de fútbol -, miraban a Guerra
acongojados. De pronto, D. Juan Cantano, nuestro muy mejor maestro,
artífice de aquella mañana de fiesta sobre el albero
mojado del Parque, saltó gritando a gritos: ¡Teodoro:
están pisando el área! Todos lo estábamos viendo;
aquél largo rubio saltaba y caía con el balón
casi dentro de la portería de postes cuadrados y pequeña.
¡Eso no era! El juego se interrumpió y D. Teodoro le
explicó a nuestro D. Juan aquello de que al saltar no se
pisaba
D.
Juan pareció entenderlo y se sentó desolado en su
banquillo, que era uno de los bancos del Parque. Nosotros permanecimos
mudos, aterrados ante lo que pudiera ocurrirle a Guerra, admirando
las diabluras del rubio largo aquél, y viendo cómo
enfrente de nuestro portero había otro portero distinto,
el de Antequera, ancho, de tez morena y ensortijado el cabello,
a quien no hubo manera alguna de marcarle un solo gol aquella mañana
bajo las nubes plomizas de mi pueblo.
Los
nuestros tiraban a puerta desde fuera de ese área tan rara
y tan doblada; y mirando bien la raya, no fuera que la pisaran y
todo aquél esfuerzo de Titanes que habían hecho por
llegar hasta ella quedase en nada.
Fue
una mañana hermosa y distinta gracias a un balón pequeño
y a unos hombres que, con pantalones cortos, atacaban y defendían.
Como había dicho D. Teodoro. Como no había entendido
D. Juan ni habíamos comprendido ninguno de nosotros, niños
con babero.
¡Disfrutad,
amigos de Antequera, vosotros que nos enseñasteis a los de
Campillos qué era eso de "seis que avanzan y seis que
defienden"!
Artículo
publicado en

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José Palacios Royán es profesor de Latín de
la Universidad de Málaga, en la que ha sido vicerrector y
responsable de deportes.
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