Tren de alta serenidad

Marcos Palicio (*)

El Transcantábrico es estrecho, pero en sus vagones cabe mucho más de lo que parece. Imitando con el tiempo esta forma impecable de aprovechar el espacio, algo similar se podría decir también de los tres días escasos que dieciséis deportistas de élite del norte de España compartieron a finales de noviembre con un grupo de periodistas en los trece vagones del tren turístico más antiguo del país. Sólo transcurrió en total algo más de un fin de semana, pero mirando hacia atrás habrá que convenir que dio de sí bastante más de lo previsible.

No sólo por la actividad, que la hubo frenética, ni siquiera por los más de quinientos kilómetros del recorrido, de un lado a otro de Asturias. Fue así, sobre todo, por el modo de exprimir la convivencia, la distensión del ambiente y el regalo de poder pararse avanzando, de abrirle un saludable paréntesis a la vida cotidiana en un tren que caminaba sin prisas. El pasaje paladeaba el paisaje, saboreaba esta oportunidad de saberse liberado de toda responsabilidad ajena al disfrute de la experiencia.

"Una sinfonía de raíles que nos llenó de sensaciones inefables". Así quedó definido en el libro de honor del Transcantábrico al final de un viaje por vías estrechas con muy anchos márgenes para el cultivo de la amistad, "el generoso sentido del humor y de la convivencia" con el apoyo indispensable del personal de Feve. De todo eso pudimos dar fe todos, incluso los que, reclamados por las competiciones, tuvieron que abandonar el tren casi en marcha, pero ni así dejaron pasar la oportunidad de reincorporarse el último día para la despedida. Lo hicieron entre otros los ciclistas profesionales Chechu Rubiera y Carlos Barredo o el multicampeón mundial de piragüismo Manuel Busto. Después de poco más de tres días con sus noches, de la tripulación se cayó incluso alguna lágrima al decir adiós en la estación de Gijón.

Viaducto de Canero

El tren, por fortuna tren de baja velocidad, nos condujo a todo eso y a comer muy bien y a recorrer en bicicleta la Senda del Oso entre Proaza y Quirós, a practicar con los karts en el circuito de Soto de Dueñas o a caminar de Pesués a Colombres; también a visitar el Museo de la Sidra de Nava, el Etnográfico de Quirós o el Archivo de Indianos de Colombres. Pero es que además se mueve. Recorrió Asturias de extremo a extremo, de Lugo a Cantabria, y enseñándonos la provincia desde otro punto de vista hizo evidente el buen gusto de quienes decidieron diseñar precisamente así el trazado de este ferrocarril diferente que rinde tributo al viajero ignorando en ocasiones la línea recta.

Ría del Eo

La vía estrecha de Feve prefiere bordear la ría del Eo, atravesar la del Deva, dejar ver el verde de los valles de las Luiñas, perseguir al Sella de Arriondas a Ribadesella, tocar el mar en las playas de Llanes -literalmente en San Antolín-, mirar en plano picado Luarca y la ría de Navia o ponerse como marco la nieve de los Picos de Europa. No era el camino más corto, ni falta que nos hacía.

 

Entre Oviedo y Gijón hubo esta vez más de quinientos kilómetros que aportaron alguna pista de por qué nació el Transcantábrico en parte de la evocación literaria de Juan Pedro Aparicio en su "Viaje en el Hullero" (1980). El tren, según el retrato del escritor leonés, "se ciñe al terreno como un animal de los montes, como un mitológico ciempiés". Más de once años después de su origen, el Transcantábrico hace "cruceros sobre raíles" de una semana, de mayo a octubre y de Bilbao a Santiago de Compostela.

Ésta del pasado noviembre fue una píldora de quinientos kilómetros por la parte asturiana del recorrido, pasando por prácticamente todas las líneas que Feve tiene en el Principado, pero a todos nos bastó para regalarnos otra perspectiva desconocida de Asturias; a los deportistas, jugando con las palabras, tal vez también otro modo de ver el entrenamiento, mucho más agradable este otro "en-tren-amiento" de aprender a descansar disfrutando.

Y resultó que para ellos, por una vez, no era lo importante llegar más lejos, más alto o más rápido. Que incluso puede que ni siquiera hiciera demasiada falta llegar. La meta era el viaje y, ahora sí, todos habían ganado participando.

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(*) Periodista. Redactor de deportes del diario ovetense La Nueva España.

 

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