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Copa
del Mundo 2002
Porqué
los españoles de mi generación torcemos por Brasil

Ricardo
Bada (*)
Hoy
ha comenzado en Corea el Campeonato del Mundo de Fútbol,
con el partido inaugural Francia-Senegal, del que estoy seguro que
no necesito decirles el resultado a pesar de las catorce horas de
diferencia entre Bogotá y Seúl.
Muchos de ustedes me atrevo a apostar que habrán madrugado
hoy para no perderse el espectáculo. Espero que les haya
valido la pena.
Espero
también que a los supervivientes del legendario Batallón
Colombia, en la guerra de Corea, les haya traído imágenes
y recuerdos no necesariamente trágicos ni dolorosos, algún
momento de expansión también deben haber vivido, según
se
refleja en la novela «Mambrú» de Rafael Humberto
Moreno Durán.
Pero
dejemos la actualidad, porque de lo que hoy quiero hablarles es
de algo que se remonta a 1950, al primer campeonato mundial de fútbol
después de la segunda guerra mundial, que se celebró
en Brasil, y para él se construyó expresis pedes,
habría que decirlo así, el mítico estadio de
Maracaná. En ese campeonato hubo un par de novedades que
no sé hasta qué punto son conocidas de los aficionados
actuales.
Aparte
de la inauguración del gigantesco Maracaná, fue la
primera vez que Inglaterra, la mamá patria del balompié,
condescendió a bajar de su trono y participar en un torneo
del deporte rey, y España la eliminó de la ronda final
gracias a un prodigioso gol de Zarra, el centroforward más
famoso en la historia del fútbol español. La descripción
de la jugada a través del reportero de la radio española
(aún no existía la televisión en mi país),
relumbra en los anales de aquella historia. ¿Qué niño
español de aquellos años (yo tenía once recién
cumplidos) no se sabe de memoria aquella escena?:
"Tiene
en estos momentos la pelota Gabriel Alonso. Avanza con ella. Sigue
avanzando. Envía un pase largo sobre Gaínza. Gaínza,
de cabeza, centra. El balón va a Zarra. Chuta y... ¡Gol!
¡Gol! Señoras y señores, Zarra acaba de marcar
para España un gol maravilloso".
¿Y
qué niño español de aquellos años no
se sabe también de memoria la épica alineación
que humilló a la Inglaterra de sir Stanley Matthews?
Todavía hoy puedo recitarla como si fuese (y ustedes perdonen
la comparación) los versos de Homero describiendo la flota
aquea. Era la siguiente:
Ramallets;
Gabriel Alonso, Parra, Gonzalvo II;
Gonzalvo III, Puchades;
Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gaínza.
Y
bueno, otra de las cosas que quizás no sean conocidas de
los aficionados actuales, es que la ronda final de los cuatro finalistas,
por primera y única vez en la historia de estos campeonatos,
no se jugó por el sistema de eliminatorias sino por el de
todos contra todos: Brasil, Uruguay, Suecia y España. Pero
contra el destino nadie la talla, como dice el tango.
Brasil
le ganó a Suecia y España, por clamorosas goleadas,
mientras que Uruguay le ganó a Suecia pero empató
con España. Y el último partido era entre Brasil y
Uruguay. Brasil con cuatro puntos, Uruguay con tres. A Brasil le
bastaba empatar
para proclamarse por primera vez (otra novedad) campeón del
mundo.
Comienza
el partido. Y gol de Brasil. La apoteosis en Maracaná. Pero
sigue el partido. Y el Uruguay empata: gol de Schiaffino. No importa.
Brasil sigue siendo campeón con el empate. Ay, ay, ay...
Yo
les cuento que muchos españoles de mi generación torçemos
por Brasil desde esa final de 1950 perdida en Maracaná frente
al Uruguay por el 2:1 que vino después, a pocos minutos del
final del encuentro, ¡aquella galopada de Chiggia por la banda
derecha y coronada con un gol de antología! Como dijo
Chiggia muchos años después, en una entrevista al
semanario montevideano Brecha: "Tan sólo dos personas
han hecho enmudecer por completo a Maracaná; el papa Juan
Pablo II y yo".
En
1950 no había televisión en España, como ya
les dije, de manera que sólo oímos la transmisión
del partido por radio, pero lo que se nos quedó grabado en
el alma fue ver a la semana siguiente, en el noticiero cinematográfico,
al equipo uruguayo con la Copa del Mundo en alto dando la vuelta
de honor ante un público brasileño puesto en pie y
que aplaudía...que aplaudía llorando. A partir de
entonces, Brasil fue nuestro equipo. Ay don Quijote, qué
hondo te llevamos...
Y lo que son las paradojas: de los cuatro finalistas, España
quedó en el cuarto puesto, pero, eso sí, le cupo la
gloria de haber sido el único de los cuatro al que no pudo
ganarle el campeón mundial. El que no se consuela es porque
no quiere.
__________
(*)
Periodista
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