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Centenario
del Tour
Las
ruedas de la elegancia y la emoción
Jesús
Castañón Rodríguez
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El
1 de julio 1903 se puso en marcha una gran aventura. Una vuelta
ciclista a un país que ha logrado dar la vuelta al mundo.
Con los repuestos al hombro, con las llantas cruzando los troncos
de los cuerpos de los corredores, con vehículos que seguían
el rastro de la polvareda que dejaban los ciclistas al transitar
por caminos de tierra... nació el Tour.
Desde
1910 alcanzó dimensiones épicas al disputarse las
primeras etapas en los Pirineos, que ganó Octave Lapize,
y el entusiasmo ante esta gran ronda ciclista pasó a ser
una escuela de humanidad donde vencer el miedo, controlar las emociones
o coordinar el cuerpo y la mente para esprintar en velocidad. Toda
una nueva dimensión de contrastes que se convirtió
en un gran atractivo para el periodismo y la literatura.
En
el pedal de la historia
Gracias
al impulso de sus épicos relatos y del apoyo de destacados
periodistas el Tour ha alcanzado su dimensión actual constituyendo
para muchos franceses y numerosos aficionados del resto del mundo
uno de los países de la infancia.
Las
imágenes sepia destacan el relevante papel desempeñado
por los periodistas Richard Lesclide, Maurice Martín y Pierre
Griffard en la organización, durante el último tercio
del siglo XIX, de las carreras París-Rouen, Burdeos-París
y París-Brest desde las publicaciones Vélocipède
Illustré, Véloce Sport y Petit Journal.
En
1900 Herni Desgrange y Victor Goddet crean L'Auto-Vélo y
tres años más tarde, gracias a la labor de Henri Desgrange
y Pierre Gifard, se da inicio a una historia de amor eterno entre
el ciclismo y el periodismo al impulsar este medio la creación
del Tour. Los periodistas no sólo organizaban sino que también
eran testigos creativos y escritores de la epopeya, resaltaban la
ronda como una fuente de bienestar social y un instrumento de libertades
individuales y colectivas. Y sus visionarios pioneros que tomaron
la cabeza, dieron el relevo a un pelotón de nuevas generaciones
y empresas, encabezados por Jacques Goddet o los diarios L'Auto-Vélo,
Le Miroir des Sports o L'Équipe.
El
discreto encanto de la bicicleta
El
ciclismo ha logrado inspirar a los escritores tanto en la pruebas
de carretera como en pista. Ya desde finales del siglo XIX, la bicicleta
había seducido a autores tan diversos como Alfred Jarry o
Robert Goffin y, especialmente, a Georges Clémenceau, que
describió la carrera Bordeaux-Paris; a Paul Valéry,
que cantó el vértigo del paisaje de montaña;
y a Émile Zola, que además de incluir refrencias ciclistas
en sus obras, recorría veinte kilómetros diarios para
ira a Médan y resaltaba el gusto de la sociedad de su época
por pasear en bicicleta en el bosque de Boulogne.
El
ciclismo en pista había convocado a Kleber Haedens, Paul
Morand y Maurice Leblanc para resaltar las figuras Charles Terront,
Jeanine Lemaire, Louison Bobet o Leon Georget. Pero la "Grande
Boucle" dio paso a un teatro de escenarios múltiples
donde han convivido las alas de los velocistas, la escuela moral
de valores para derrotar al miedo y al dolor, la mitología,
el control humano para vencer a la naturaleza, el espectáculo
de los sentimientos, la asociación del deporte y la cultura
en un nuevo ámbito.
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