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I
like hablar en español: cuando el anglicismo es inevitable
Paco
Rengel
(*)
Texto
de la intervención en el Encuentro "El idioma español
en el deporte", Universidad Internacional Menéndez Pelayo,
Sevilla, 2006.
Premisas
básicas sobre el comportamiento de los periodistas y los
periódicos:
a)
Realmente pocos diarios muestran verdadero interés por cómo
se escribe. Sólo hay que observar sus errores. Es más
importante no molestar a las fuerzas vivas y que las fotos sean
grandes y el diseño atractivo, que acentuar la vigilancia
sobre la herramienta clave del negocio. Así van las cosas:
la prensa escrita, con la deportiva al frente, ha perdido credibilidad,
el talismán de esta profesión. Y esos descuidos también
contribuyen a tan preocupante merma.
b)
El periodista, consciente de la trascendencia de terminar pronto,
actúa con prisas.
c)
Para desarrollar esta charla -me parece presuntuoso denominarla
conferencia- he buscado apuntes y anglicismos en las páginas
web fundeu.es e idiomaydeporte.com. También he repasado el
libro 'El neologismo necesario', que en 1992 editó la agencia
Efe. Por tanto, lo que oigan con cierta coherencia a continuación
ha sido gracias a esas valiosísimas fuentes.
"Aunque
tenía noticias de que aquella empresa estaba demandada por
'mobbing', decidí acudir al 'casting'. Dejé el coche
en el 'parking' próximo y me dirigí al 'hall', donde
había empezado el 'cocktail', cuyo 'catering' era responsabilidad
de 'Steak House'. Como hice 'footing' aquella mañana, me
permití degustar algo sólido. Mi 'manager' me adelantó
que el trabajo sería 'full time'. Los 'free lance' pululaban
por allí. A la media hora, el responsable de 'marketing'
me abordó y me dijo, 'off the record', que tendría
que hacer un 'striptease' ante el jefe". Firmado: la 'top model'
Jessica Samantha, de Puente Genil (Córdoba).
La
invasión de los anglicismos es palpable como han podido comprobar
en esas líneas. Es más, está tan asentada que
todos hemos comprendido el texto. A nadie le ha chocado ningún
vocablo. En mi búsqueda de anotaciones y apuntes sí
que me llamó la atención una palabra de nuestro idioma:
jira. Comprobé haciendo uso del diccionario -tarea que ejercemos
con escasísima frecuencia- que es el término correcto
para sustituirlo por el picnic campestre. Me ha venido bien esta
invitación para obligarme a seguir aprendiendo.
Bueno,
tras esa historia de Jessica Samantha, en la que no hay una referencia
al deporte sino una intención de que sonrieran, creo que
entenderán perfectamente que resulta fácil justificar
que el idioma inglés y otros se nos haya colado por la misma
escuadra de la portería del idioma deportivo.
El
dominio que tengo del idioma inglés es el propio de un adulto
que estuvo los dos primeros meses del curso yendo a la Escuela Oficial
de Idiomas. O sea, que de lo que me acuerdo es del 'I like', 'good
moorning', 'good afternoon'
Inglés de guardería
para entendernos. Por lo tanto, se pueden reír lo que quieran
de mi pronunciación. Les entenderé perfectamente.
Hace
unos meses, con motivo de la presentación de un libro de
estilo para el periodismo deportivo de José Luis Rojas, me
apunté estas frases:
Desde
el 'green' un 'putt' certero le permitió completar un 'eagle'
que celebró por todo lo alto su 'caddie'. Éste, muy
aficionado al basket, llevaba una jornada extraordinaria: por la
mañana vio cómo su equipo alcanzaba el 'Top Sixteen'
merced a un 'sky hook' del 'center' Santiago.
O
sea: Desde el verde un golpe certero le permitió completar
un -2 que celebró por todo lo alto su portador de palos.
Éste, muy aficionado al baloncesto, llevaba una jornada extraordinaria:
por la mañana vio cómo su equipo accedía a
la segunda fase de la Euroliga gracias a un gancho del pívot
Santiago.
Disponía
de un 'match ball' y decidió intentar un 'ace'. Al no conseguirlo,
el 'drive liftado' se estrelló en la red y hubo 'deuce'.
Después, con un `lob´ y un `passing shot´ salió
victorioso.
Era la bola de partido e intentó un saque directo. Pero no
lo logró, y el golpe con efecto que devolvió se estrelló
contra la red. Iguales. Un globo y un preciso golpe de derecha colocado
sobre la línea le dieron la victoria.
Pues
bien, debido a estos parrafillos, el bueno de José Luis interpretó
que yo era un especialista en anglicismos y me puso en el aprieto
de que hoy esté aquí para hablar del asunto, con escuchantes
de reconocidísimo prestigio en la materia que, seguramente,
saquen como conclusión que valiente ridículo estoy
haciendo.
Como
de lo que se trata es de exponer la experiencia de uno en la profesión
y de entretener
espero, al menos, conseguir esto último.
Pues
bien, esos párrafos, que no tenían más pretensión
que abrir un debate entre los asistentes a la presentación
del libro de José Luis fueron los culpables de que ahora
me encuentre inmerso en este lío. Tenía la opción
de ir copiando de un lado y otro y hacer algo políticamente
correcto para superar este trance. La verdad es que he leído,
he buscado y he comprobado lo que ya sabía, que mi buen amigo
Jesús Castañón sí que es un auténtico
especialista en la materia. Así, por él he sabido
que este fenómeno de la invasión idiomática
en nuestro país empezó a oficializarse entre 1938
y 1950. O sea, que no estamos hablando de ninguna novedad. Sin embargo,
el propio profesor y amigo, cuando leyó mi primer borrador
de la charla, hizo la siguiente precisión: "La invasión
es desde finales del siglo XIX, se acrecienta con la divulgación
de las diferentes federaciones y con la alta competición
en los Juegos Olímpicos. Lo que ocurre entre 1938 y 1950
es que se intenta crear oficialmente desde las instituciones terminología
en español para responder a esta situación. Sólo
completaría diciendo que esto es lo de nunca acabar. Primero
los deportes olímpicos, luego los paralímpicos, los
rurales, los de aventura, el deporte extremo...", Castañón
dixit.
Es
obvio que el aumento de anglicismos y otros extranjerismos tiene
mucho que ver con el desarrollo de la sociedad. Es lógico
que el deporte acaparara la atención de las inmigraciones
en forma de vocablos en la segunda mitad del siglo anterior. Fue
cuando este tipo de disciplinas empezaron a asentarse en nuestro
país. Sin ir más lejos, el balonmano comenzó
a practicarse en España en los años 40. ¿Demasiado
joven? Es posible. Y quizás esa razón temporal o,
tal vez, su menor difusión en los medios de comunicación
es lo que le tiene vacunado de términos extranjeros. ¿O
será que se trata de un deporte nacido en Alemania y este
idioma nos cuesta más cobijarlo en nuestro español?
El
origen anglosajón de muchos deportes es lo que, inevitablemente,
ha extendido el uso de una terminología sin raíces
españolas. Ha habido casos en los que se ha adaptado con
éxito algún que otro término, pero son muchos
los vocablos ingleses que han triunfado, como esa españolización
de fútbol, que dejó para la denominación del
Betis a su competidor español: balompié que, según
Lázaro Carreter, es una palabra tan inglesa como fútbol,
ya que la fórmula correcta para construir y traducir el nombre
del deporte rey debió ser pie balón. Aunque se permite
el uso de básquet y basquetbol, también triunfó
el baloncesto en ese pulso con la denominación del deporte
que inventó el profesor Naismith hace más de un siglo,
al menos en el español de este lado del Atlántico.
Lo mismo ocurrió con el balonmano, aunque no con el voleibol,
porque balonvolea (un caso semejante al balompié) yo no lo
oigo desde que era escolar, y ya ha llovido.
No
descubro nada si les menciono que la informática ha superado
por goleada a cualquier deporte en los últimos lustros en
la incorporación de terminología extraña que
se ha hecho familiar con facilidad entre los hispanohablantes. Enviamos
un e-mail, escribimos en un documento word y, al menos, no cliqueamos
con un 'mouse', sino con el ratón. Imagínense lo que
tiene que ser iniciarse en la informática y, al mismo tiempo,
ir asimilando la terminología establecida. Con esos obstáculos
propios de cualquier comienzo, no les extrañará que
les cuente la anécdota que vivió un amigo mío:
empezaba con el ordenador y era su esposa la que dominaba el asunto.
Pretendía enviar un correo electrónico, pero no lo
conseguía. Llamó desesperado a su mujer. Ésta,
nada más llegar y ver que tenía en la pantalla del
ordenador muchas ventanas (windows) abiertas, le dijo: "Pero,
por favor, ¡cierra ventanas!". Mi amigo, anonadado, pensando
en la obsesión de su mujer por el orden en el hogar, se levantó
malhumorado y empezó a cerrar la ventana y la persiana de
la habitación. ¿A lo mejor si le llega a decir 'window'
le hubiera entendido? ¿Tanto invade la terminología
específica?
El
fútbol arrasa en la información deportiva española.
La habilidad de los gestores de este deporte y de los propios periodistas
para convertir en trascendental cualquier leve esguince de tobillo
en un entrenamiento le coloca en un lugar de privilegio para convertirse
en una catapulta de terminología anglosajona. O, simplemente,
para aplicar modismos incorrectos en nuestro idioma.
El
fútbol le ganó al balompié, el corner se impuso
a la esquina y el 'fair play' ha podido más que la deportividad.
El 'transfer' puja con fuerza con el pase cada vez que fichan a
un jugador foráneo. Y en ese tipo de pugnas tienen mucho
que ver los periodistas. ¿Qué hacemos los profesionales
de la información deportiva en medio de esa batalla? Unos
aplican siempre el término extranjero porque entienden que
puede ser un signo de distinción, de conocimiento, de dominio
del deporte, de cultura
La audiencia o los lectores empiezan
a oír reiteradamente 'grupetto' y acaba por convencerse de
que el italianismo es lo más correcto para determinar a un
número reducido de corredores que se han escapado del pelotón,
aunque la etapa no sea del Giro ni la televisión que estén
viendo la RAI. Si al poco tiempo oye 'duetto' ya se convence de
que el grupo es una pareja, un dúo. Con el tiempo y la reiteración,
llega un día en el que los académicos optan por incorporar
los términos más utilizados en nuestro diccionario,
aunque confiamos en que nunca ocurra con estos últimos casos.
Sería ridículo.
Otros
periodistas, la minoría, intentan aplicar la terminología
española. En medio de la estresante labor de los profesionales,
siempre acuciados por el tiempo y ahora por la moda de multiplicarse
en prensa, radio, televisión e internet, es casi imposible
que éstos dediquen tiempo a engrasar la herramienta fundamental
de su trabajo, el idioma. Se dejan llevar. Tampoco las empresas
periodísticas parecen muy ocupadas en mejorar la forma de
comunicarse de sus profesionales: primero se ocuparon del diseño;
después, de buscar alternativas a la caída del formato
papel, y nunca han prestado una especial atención a lo que
les estoy comentando. Sí, han editado libros de estilo e
intentado que se apliquen esas normas, pero sin la perseverancia
precisa para que realmente el periodista sea consciente de la trascendencia
del empleo del lenguaje.
Existen
otras actitudes loables en las que periodistas se las han ingeniado
para hacer traducciones o transformaciones excelentes de palabras
extranjeras. No se me olvida que mi admirado Carlos Jiménez,
pionero de la información del baloncesto y ex redactor jefe
de 'As', rescató del baúl del diccionario la palabra
escolta para aplicarla al alero bajo, al ayudante del base, al jugador
que actúa en la posición denominada '2' en baloncesto.
Los
periodistas somos como esponjas. El poder de los medios audiovisuales
no se demuestra sólo por sus audiencias, sino por la capacidad
que tienen para trasladar sus formas a los escritos. Alarmantemente,
cada vez es más frecuente leer, sí leer, no escuchar,
"Roberto Carlos avanza por banda izquierda". Y, desgraciadamente,
el modismo más reciente "Para nada" también
lo podemos encontrar en medios escritos.
Si
se trata de términos anglosajones, entonces la capacidad
de reproducción es aún mayor. En el momento que un
'plumilla' oye 'hat trick', rápidamente lo busca para ver
cómo se escribe correctamente
en inglés claro.
A lo mejor el mismo que ha hecho ese esfuerzo, un día antes
dijo que Ronaldinho fue el goleador de la noche porque marcó
el único tanto del partido que midió al Barcelona
con su rival.
En
definitiva, que en líneas generales no existe en la profesión
una gran sensibilidad hacia estos asuntos, que es preferible escribir
lo que se oye o dice la mayoría y que no hay tiempo para
corregir y aplicar la terminología más coherente.
Por tanto, creo que los periodistas somos el principal caldo de
cultivo de errores gramaticales y de la inmigración de términos
extranjeros en nuestro idioma.
Podría
extenderme en múltiples términos de numerosos deportes
que se han asentado en el idioma deportivo. Seguramente no les aportaría
grandes novedades. Prefiero, para concluir, contarles lo que entiendo
como un claro ejemplo de anglicismos inevitables que se podría
trasplantar a cualquier otra disciplina deportiva.
A
finales de los años 80 me tocó cubrir la información
de un torneo de golf en Marbella, concretamente el Peugeot Open
-o, si lo prefieren, el Abierto Peugeot-. Llegué al campo
de Las Brisas y me asaltó una gran duda: ¿cómo
seguía las evoluciones de la jornada? Me puse cerca de Severiano
Ballesteros y allá que le seguí durante los dieciocho
hoyos del recorrido. ¡No saben ustedes a qué velocidad
andan los golfistas! ¡Ni el sofoco que pasé campo través
durante las dos horas y pico que duró! Cuando llegué
al hoyo 18, vi una carpa con un gran letrero en el que se leía:
"PRENSA". Entré y comprobé que allí
estaban los periodistas, con una pizarra con todos los resultados,
y un monitor de televisión en cada uno de los hoyos. Lógicamente,
no se lo dije a nadie, pero fue uno de los ridículos más
espantosos que he vivido. ¡Ah, claro! En la carpa había
aire acondicionado, todo tipo de bebidas y canapés.
Bueno,
pues cometí aquel error de principiante, pero no el de ir
desnudo al acontecimiento: me aprendí la lista con toda la
terminología de ese deporte, y me llevé una chuleta
en mi bloc de notas por si se me olvidaba alguna palabra. 'Birdie',
'bogey', albatros, 'green', 'tee'
Eso sí que me lo
preparé a la perfección.
El
golf nació a mediados del siglo XV en Escocia y, por tanto,
como deporte anglosajón utiliza términos imposible
de traducir en muchos casos. Es lógico que el aficionado
al deporte se haya familiarizado con los mismos, entre otras cosas
por el progreso espectacular de ese deporte en España y,
lógicamente, por su proporcional aumento de difusión.
Debemos
aceptar como natural que disciplinas que se han asentado entre los
aficionados mantengan términos de origen. Aplaudimos cuantas
traducciones o españolizaciones acertadas se lleven a cabo,
pero no debemos rasgarnos las vestiduras si nadie es capaz de traducir
'birdie' en una palabra y lo único que pueda sustituirlo
sea por uno bajo par. El académico Don Valentín García
Yebra ya lo dijo en su discurso de ingreso en la Real Academia:
"Para que una lengua conserve y acreciente su pujanza, necesita
elementos nuevos".
Salvo la pelota vasca, no se me viene ahora a la memoria ningún
deporte de origen español. Bueno sí, la lucha canaria.
Seguro que tienen términos que serían complicadísimos
de traducir en Estados Unidos.
Imagínense
que la fiesta de los toros hubiera cuajado en un país anglosajón
-algo realmente complicado, obviamente (sobre todo si José
Tomás está inactivo)-, ¿cómo traducirían
manoletina, natural, montera, picador y tantos otros términos
propios de la fiesta nacional? Pues es lo mismo que el golf u otros
deportes, pero al revés.
En
conclusión: el idioma está vivo, abierto a novedades
y en el periodismo deportivo somos generosísimos a estas
últimas. Esforzarnos en evitar anglicismos y aceptar con
naturalidad los mismos cuando sea imprescindible supondría
un equilibrio que con el tiempo agradecerían generaciones
que nos sucedan. Quizás estamos tan abiertos a palabras extrañas,
a lo mejor nuestro subconsciente está tan empachado de anglicismo
que eso ha provocado volver al lenguaje más descarnadamente
rústico y hemos colocado como canción del momento
al 'Opá yo viazé un corrá' de mi paisano El
Koala.
Muchas
gracias por su atención.
__________
(*)
Periodista
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