Valparaíso,
Patrimonio de la Humanidad
Patricio
Vidal Walton
(*)
En
tus cerros y quebradas, las penas cotidianas de la pobreza,
la alegría, las ilusiones de gente humilde con los
ojos fijos entre el cielo y el mar esperando un barco, la
lluvia, un temporal y el viento que lo revuelve todo; la
virtud, el pecado, la esperanza y todo maravillosamente
desordenado.
Es
la vida que necesariamente debe pasar por aquí para
aprender del destino y del azar, de las cosas que no se
pueden enseñar.
¿Cómo
describir lo indescriptible?
Faltan
palabras, sobran emociones y sentimientos porque, en definitiva,
Valparaíso es eso: una cascada de emociones desordenadas
y sentimientos encontrados, esperanza y desolación.
Un contrapunto constante que valida la imaginación
de pintores y poetas, creando un mitológico sitio
cósmico; es el realismo mágico hecho una realidad
concreta, un ejemplo de que es posible, de que las leyendas,
a veces son ciertas.
Son
visiones únicas, personales e irrepetibles; cada
vez que estás allí cosas distintas suceden
y no vuelven nunca más a pasar.
Y
está también el mar, que es el país
de todos, los caminos de todos, que te llevan a todas partes
y que dejan solo estelas, como los barcos; cuando todos
somos barcos y nos mecen el viento y las olas de un destino
incierto y al que, por cierto, nos resistiremos.
Entrando
por mar a la rada de Valparaíso nos encontramos primero
con los lobos marinos amistosos y juguetones, después
los barcos esperando su turno de llevar y traer mercaderías,
allá los boteros y lanchas de paseo del muelle Prat;
pero si se sabe distinguir bien, uno puede reconocer, entre
esta multicolor muestra de actividades marineras, los remolcadores,
barquitos como de juguete que sortean las olas con mucha
gracia y movimiento; poderosos, empujadores, resistentes,
prestos a dar su batalla, son los caballos percherones del
puerto. Innegablemente hermosos, cenicientas de los marinos,
entran y salen, remolcando barcos mucho más grandes
que ellos, los empujan hasta dejarlos atracados, amarrados,
seguros. En los temporales son ellos los que salvan a las
embarcaciones que garrean hacia la costa empujados por la
furia del viento sur, las sostienen a contraviento y la
mayoría de las veces, vencedores, llevan a su remolque
a sitio seguro. Proa al temporal.
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(*)
Patricio Vidal Walton es esconomista
y escritor. Autor del libro Prepoesía (2004) y de
un próximo volumen sobre historias de Valparaíso
(Chile), ha sido Presidente del Santiago Wanderes, el club
decano del fútbol en Sudamérica.